Mi cuarentena (Epílogo)


         

Soltar y saltar

 

Saltar implica también soltar. Dar un salto al vacío, con la seguridad de que habrá un piso esperándome. Es un acto de fe en lo que viene y de desprendimiento en lo que se deja. Y solo con esa profunda confianza en lo que se deja y lo que viene es que es posible dar ese paso en el vacío. No es un suicidio, es la muerte de la muerte. Un nuevo nacimiento. La renovación de la vida.

Es un volver atrás para seguir adelante. Un desaparecer para reaparecer en la historia. Un despreocuparse por la vida y por la muerte. Es simplemente viajar, porque lo verdaderamente importante es el viaje.

Un viaje ligero, fluido, sin pesadez, desprovisto de las cargas pesadas de los egos y las banalidades. Sin arrogancia, sin pedantería, sin mentiras, sin dilemas, sin extravíos. Pero también sin timidez. Un viaje a la conquista de su propio paso, de su propio sentido, del acto mismo de viajar que consiste en ser y estar.

Un viaje que lleva implícita su ruta y su destino, con los afanes del ahora más que de la hora, y de la acción más que de la estación. Que no se sabe cuándo empieza ni cuando termina, porque ese no es su asunto. Que solo es, porque para eso existe y no aspira a más que a ser el viaje de la fe y el desprendimiento que a sí mismo se conquista.

Es a este viaje al que aspiro. El que está aquí y está allá a la vez, sin preocupación ni itinerario rígido, y va del sentido al espíritu, de las cosas que son a las que aún no son, como de lo humano a lo divino y viceversa, como en un círculo reproductivo. Al viaje sencillo, tan simple como un paso, tan incierto como un salto y, pese a la provisión, tan desprendido como un niño. Tan sorprendente como un viaje de cristal o de barro, equipado de fe en la incertidumbre, de total confianza en mí mismo. Ese es el viaje al que aspiro.

 

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