La vida ‘softwarizada’

 

Por Luiyith Melo García

La súbita caída esta semana de las redes sociales que más utilizamos en Colombia y que usa el mundo occidental para comunicarse (Facebook, Instagram y WhatsApp) desnudó los riesgos y vulnerabilidades que vivimos en la sociedad de la información de hoy.

No hay duda de que las comunicaciones, sobre todo las que se mueven a través de estas redes, son el nuevo poder del mundo. Son un poderoso instrumento de más de 2700 millones de seguidores en Facebook, 2000 millones en WhatsApp y 1200 millones en Instagram que inciden globalmente para bien o para mal.

Ambos usos extremos han quedado demostrados en eventos públicos como, por ejemplo, en las elecciones de Estados Unidos, donde el presidente Barack Obama utilizó las redes sociales para mover su campaña como nunca antes se había hecho en estos canales y ganar su elección en forma legítima en 2008. Y el presidente Donald Trump también las usó con el mismo propósito, pero de manera perversa, con la presunta injerencia del gobierno ruso para desinformar y meter miedo al electorado en su favor durante los comicios de 2016.

El uso de las redes sociales entre nosotros también se ha convertido en un instrumento para provocar, atemorizar y desinformar. La polarización que ha vivido el país en los últimos años entre las extremas izquierda y derecha o los simpatizantes de Petro y Uribe, es una clara muestra de esa instrumentalización perversa de las redes. Sobre todo, de una cuarta que para los colombianos es importante como Twitter, desde donde se gobierna, se emiten partes oficiales, se miente o se descalifica como lo hace el alcalde de Cali y muchos funcionarios más.

Las llamadas ‘bodegas’ que han quedado en evidencia de parte y parte, para mover masivamente mensajes de odio y descalificación del adversario en procura de apabullar, confundir y desinformar son una muestra de la plataforma de lucha en la que se han convertido las redes sociales. Y los controles que estas compañías tienen sobre esos mensajes violentos o desbordados son mínimos, casi inexistentes.

Según lo revelado por Frances Haugen, la ingeniera de datos que trabajó en Facebook y destapó el manejo interno que la compañía le está dando a la información de sus usuarios, sólo el 3 % o 5 % de esos mensajes son censurados, y los controles son realmente efectivos solo para un selecto grupo de celebridades, artistas y personajes poderosos que pagan para que Facebook o Instagram bloqueen fotos y mensajes que atentan contra su imagen y buen nombre.

Y, claro, este comportamiento de la red social responde fundamentalmente a un negocio económico. “Facebook se dio cuenta de que, si cambiaban el algoritmo para que fuera más seguro, la gente pasaría menos tiempo en el sitio, haría clic en menos anuncios y la empresa ganaría menos dinero”, explicó Haugen.

Como era previsible en el capitalismo salvaje del siglo XXI signado por la tecnología digital, a Facebook le importa más sus ganancias que el daño social: los discursos de odio y la desinformación que circulan por sus redes. En otras palabras, la calidad de la sociedad de la información poco cuenta frente a la jugosa registradora de los ‘likes’.

En ese contexto tampoco importa la formación de la gente, porque a lo mejor entre menos formación sólida tengan, más fácil son de instrumentalizar. Como dicen algunos expertos, la vida hoy se ha ‘softwarizado’ porque dependemos de las redes sociales. Casi todo el mundo tiene un celular y difícilmente puede estar 5 minutos sin la yema del dedo en la pantalla, moviéndolo arriba y abajo, haciendo ‘scroll’ -como llaman a ese ejercicio- para ver qué hay en las redes, cuál es la tendencia, abrir el video, ver quién le ha escrito, responder mensajes o reaccionar ante alguna publicación que capte su atención. Nuestras mentes han sido ‘hackeadas’ en detrimento del ejercicio de pensar, de la lectura profunda, del aprendizaje crítico y reflexivo, como decía un profesor.

No resulta racionalmente aceptable que una desconexión de una página de internet provoque el colapso y confusión que produjo esa semana. El profesor Kevin García, de la Universidad del Valle, recordaba que en el mundo hay 1890 millones de páginas web y la caída de una provocó este colapso, lo que da cuenta de la concentración de datos y de mercado que maneja, con los riesgos que implica ese oligopolio para el emprendimiento y la sociedad de la información. Porque son más de 3000 millones los usuarios y millones los negocios que dependen de ella.

Es hora, pues, de revisar la gobernanza en internet y en redes sociales porque no puede haber una dependencia tan grande de una, dos o tres páginas que pongan en riesgo la cotidianidad del mundo con su propia vulnerabilidad. Hay que alentar el debate sobre la manera de aliviar la toxicidad de las redes y la concentración de poder que Mark Zuckerberg ha propiciado comprando pequeñas compañías para alimentar su oligopolio de Facebook. Y ‘softwarizar’ la mente de todos.

 

CALI24HORAS, octubre 7 de 2021

 

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