Mi Cuarentena ( Mi Misión)
SUPERARME A MI MISMO
Superarme a mí mismo: esa era mi misión en esta vida. Esa es la revelación que ahora tengo de lo que realmente he venido a hacer en este mundo. El tren de mi vida se detuvo durante este tiempo, no solo por la pandemia, para notificarme que tengo que hacer un alto en el camino desbocado e inútil que traía y aprender a reconocer el propósito que me trajo a este mundo. Despistado, desviado, obnubilado y perdido en los atajos, perdí también la brújula que había encontrado desde temprano en este viaje y cambié de rumbo. No sé si tenía que hacerlo, si era parte del aprendizaje y del destino que esto ocurriera, pero presumo que estar en manos del libre albedrío como estamos las criaturas humanas en esta tierra para tomar decisiones, a menudo, sin la madurez o asertividad suficiente, nos expone a los extravíos y eso siento que me ocurrió.Los momentos difíciles vividos durante esta cuarentena obligada por el coronavirus y por el desempleo en mi caso, me han notificado de una verdad que traía oculta bajo las mangas de mis mentiras, oculta en la apariencia de los actos y las cosas. Una verdad irrefutable, contundente, que no quise ver de frente, aunque siempre sospeché, pero que ahora veo en medio de la invalidez física temporal que sufro por el ataque de ácido úrico en mi tobillo derecho, notificándome lo poco que somos y lo mucho que presumimos, cuando en realidad ni siquiera podemos movernos… Cuando la vida te puede reducir a tu mínima expresión, a la cama, a casi nada… Cuando veo que tengo encima una deuda que no puedo solventar, fruto del afán de tener un mejor carro con el que ahora no puedo lidiar, de comprar compulsivamente, como si con eso comprara mejor vida, sin tener el cuidado y la responsabilidad de responder… Cuando me veo sometido a la incapacidad de poder comprar ahora lo mínimo, que es como tener cercenada la capacidad de decidir, sobre todo cuando tengo que decidir acerca de la relación familiar deteriorada que me ha puesto en condición adversa, de tensión de pareja, cansada ella también de ponerle el pecho a la brisa ahora que no puedo tomar el timón del barco ni dejar de consumir, lo que resulta ser el epílogo de una historia de resistencia y maltrato mutuo, soportado acaso para mantener las formas consensuadamente, o no enfrentar el pánico a la soledad o la pérdida múltiple… Cuando veo el abandono de la amistad para tender una mano y, sobre todo, cuando veo a los ojos mi ingenuidad, la incapacidad para advertir de qué se trataba todo aquello que me tocaba hacer, la falta de comprensión y visión de los asuntos que otros veían claro y, por supuesto, la total ausencia de acción y respuesta que se notaban rápidamente: mi pasividad, casi impotencia y falta de talla en un momento dado… Cuando me veo desencajando en lo que estuve haciendo en los últimos tiempos y ahora buscando qué hacer para emplearme y tener ingresos, no importa qué sea (puesto que estoy vendiendo arepas por WhatsApp) como el viajero que busca coger un bus que lo lleve a alguna parte sin saber bien a dónde, porque no tiene rumbo… Cuando todo esto me pasa y estoy lleno de una inmensa tristeza y vacío por dentro, me doy cuenta que navego por fuera del tiempo, que vivo una realidad que no es mía, porque la mía la he perdido o no la he encontrado, y que, tal vez, el asunto que me tiene en este momento del circuito vital que sigo es ‘superarme a mí mismo’.Yo vine a este mundo con todas las dificultades que un atleta puede tener para emprender su carrera. Sabiendo qué era la pobreza, casi la miseria; sin mayores perspectivas de desarrollo por todas las limitaciones sociales, económicas, de salud, educación y desarrollo que tenía; en un pueblo pequeño, una zona marginada, un entorno político y étnico adverso, a veces con hambre, a veces con frío, pero ciertamente con el comprometido esfuerzo de mis padres para que no nos faltara lo básico. Y lo hubo, pero el vuelo no parecía muy alto. Así que el desafío era superar esas limitaciones para algo más que sobrevivir. Para crecer como persona. Para ser grande. Y entendí pronto que la Educación era el camino, porque no tenía otro, ni fortuna para lograrlo. A eso me apliqué, a estudiar y logré avanzar. Con la educación se me abrieron otras puertas: la política y el periodismo. Pero, simultáneamente, la posibilidad de superarme profundamente como ser humano y ser espiritual, y hallé un camino, o mejor, unas claves de cómo podría ser el asunto. Sin embargo, el torrente de la vida, con sus tentaciones y veleidades, rápidamente me arrastraron corriente abajo y se me olvidó a qué fue qué vine y por dónde es que estaba andando.Por ese nuevo camino encontré piedras y remolinos, playas ilusorias que me llenaron de ilusiones, y de nuevo piedras y remolinos que no me dieron tiempo sino de nadar desesperadamente hasta esta rama de la cual hoy estoy prendido, esperando no caer definitivamente al fondo. Entonces pienso: ¿qué es lo que debo hacer? Y recorro los momentos reflexivos de esta cuarentena y la cuarentena misma. Siento que ha sido la parada obligada para mirar atrás, ver el desastre y tratar de limpiar. De ver que, en serio, si no hago algo por superarme esto va a colapsar, porque el problema no es la deuda con el banco, el conflicto con los míos, la falta de trabajo, sino yo, que no he sido capaz de superar mis propias limitaciones. Que la vida me está diciendo: su tiempo está avanzado, ya camina por la recta definitiva y el resultado no aparece. ¿Qué va a hacer con el tiempo que le queda?, ¿qué va a hacer con sus cosas, con su realidad, con su vida? Y yo me pregunto si es que me queda el suficiente tiempo para hacer las cosas que no he hecho en más de cinco décadas hasta ahora. Si tengo oportunidad, si puedo y vale la pena volver a empezar. Si volver atrás es la forma de seguir. Si puedo, realmente, superarme con tanto error y capricho, con tanta limitación y tardanza.Esto va siendo un lamento de vida, de algo así como “el tiempo perdido los santos lo lloran”. Pero reflexiono, a la vez, que la confrontación que hubieran podido hacer la vida de mí, a estas alturas, podría haber sido peor, porque la vida o el destino o quien lo controle fue indulgente y me puso en situación de desempleado y no de despojo absoluto, y me trajo un ataque de gota y no una pérdida de pierna para no seguir caminando, en una especie de advertencia misericordiosa que dice que la próxima vez puede ser peor o definitiva. No sé, eso se me ha ocurrido. Y, claro, eso me despierta otros temores, porque estoy ante el imperativo de superarme ahora sí, en serio, ya no solo de la precaria condición socioeconómica en que nací, sino de la miseria humana en que me fui convirtiendo, sin saberlo, cuando crecí. Porque cada noche apenas pongo la cabeza en la almohada empiezo a repasar la película de mi vida, capítulo por capítulo, uno, dos o más cada vez, los cuales proyectan en mi mente momentos de vida a manera de remordimientos por errores y conductas incorrectas que me avergüenzan, porque me dañan, han dañado a otros, a los míos, han sido ingratas, desleales, ineficaces, disolutas, agresivas, egoístas, impropias. Y eso va pasando cada noche, previo al sueño, proyectándose como la película final de mi vida por fragmentos, así como dicen que se proyecta la existencia antes de morir. Pero esta vez por pedazos, por entregas. Como una muerte lenta.Y me parece que todo esto ocurre como un ejercicio obligatorio de despertar de consciencia que me invita a entender cuál ha sido la magnitud de mi obra, el alcance de la tragedia, y descubra en cada acto el hombre que he sido. Para que tome consciencia de ese hecho y corrija, limpie y reelabore una nueva historia. Para que pueda perdonarme y pedir perdón. Soltar las ataduras que me impiden seguir adelante, remover las piedras y saltar. Saltar sin temor al vacío donde habrá algún piso esperándome. Saltar a una nueva realidad y tratar de terminar mis días de mejor manera, pudiendo cuadrar el balance para evitar la quiebra. Mejor, saltar bien alto para agarrar el propósito que extravié en el camino y cumplir la meta que debo cumplir esta vez en mi destino.Me pregunto si para ello no solo debo soltar y saltar, sino volver a atrás. Volver al principio. Volver a empezar. Borrar y volver a contar. Volver a caminar con la certeza de la misión que traigo entre manos, que es la de superarme a mí mismo. Pero, ¿volver al principio para un nuevo comienzo, sí resultaría oportuno, cuando de lo que se ha tratado todo este ejercicio vital es de construir limitaciones que debo superar con denuedo, como una forma de probarme en el esfuerzo, de realizarme en el intento, de hallarme finalmente vencedor frente a mi propia dificultad? La respuesta que se me ocurre es volver al sentido de la lucha por la superación, partiendo desde adentro; sabiendo que esa victoria me garantizaría los triunfos que busco por fuera, de manera más consistente y sostenible.Vuelvo -conceptualmente- al principio, que es como volver a la esencia, con la experiencia de las luchas y las lecciones aprendidas de los triunfos y las derrotas. Para continuar -realmente- hoy el camino. Reescribir la historia con mejor letra, de manera más consciente, acatando la liturgia intrínseca de cada acto y lo que va del acierto a la equivocación.Porque ser grande, pensar en grande y elevar el tamaño; darme la estatura que me doy y, a la vez, ser humilde, no quiere decir ser pequeño. Tener no quiere decir dejar de ser sencillo o sofisticado, pero sí dejar de ser pedante y vano. Es decir, poseer no debe verse como algo malo, pecaminoso o incompatible con lo bueno o lo justo, si no lo es. Hay que procurar que no lo sea. Así que en esta búsqueda que estoy haciendo de mi propia identidad, de mi misión y proyección en este mundo, la provisión generosa es admisible, no incompatible y, más aún, resultado de lo bueno y lo mejor hecho. Y no resultaría impropio disfrutarla, siempre que no sea fuente de perdición o de discordia, y observe las leyes de Dios y de los hombres. Él (ese Dios) no nos quiere pobres o miserables, tampoco ricos 'per se', sino poderosos y evolucionarios, cada vez mejores. Por eso los bienes deben disfrutarse en su justa dimensión y no interferir con el desarrollo espiritual, sino más bien hacer parte de él, así parezca contradictorio.
La misión de superarse a sí mismo, pues, va a orientada a conseguir esa provisión, esa riqueza proverbial, que es primero del espíritu, para que sus conquistas nos den luz, nos coronen como vencedores frente a las dificultades superadas y nos dejen disfrutar mejor las comodidades de la vida. ¿Ese será, acaso, el desafío misional que ahora enfrento?
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar