Mi cuarentena 3

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No soy el único al que lo asalta la duda inevitable de su existencia -estoy seguro- y se estrella contra el muro de sus limitaciones, pero sí uno de los que ha tratado de enfrentar el asalto. Me ronda un fantasma de preocupación de que a lo mejor no me vean como yo quisiera, de no mostrar mi postura y quedar desnudo y ridículo. Sí, es el miedo al ridículo que limita la acción, abre las puertas a la incertidumbre y me pone en la duda de sostener un edificio que puede implosionar en cualquier momento. Un cliché social, tal vez, una imagen. Pero, también, una inseguridad fruto de cierta inconsistencia en la formación personal, espiritual, académica, familiar; por los errores y los atajos que extravían el camino. Eso, claro, me genera todos los temores e incertidumbres porque no me deja mover con seguridad. Abandonar temprano los estudios superiores que terminé mucho después, el camino espiritual, el seno familiar, la fidelidad, el enfoque, el respeto, todo agravado por el compromiso con la rumba y sus detritos, son monstruos que toman forma en la soledad y el sueño y no se resignan a morir por más vencidos que parezcan.

Con todo esto han llegado otras pérdidas, además de la propia estima o la distorsión de la misma. La pérdida de brújula en la vida, del buen gusto por las cosas, de la propia voluntad y, entonces, me invade una falta de entusiasmo con el trabajo y el esfuerzo intelectual. La visión distorsionada no deja valorar el paso a paso y el esfuerzo de largo aliento para alcanzar objetivos. Apenas un coqueteo espiritual me llega a veces cuando rezo el Rosario y un rayo cenital del cosmos atraviesa mi manto oscuro entre las hojas de papel de arroz del Libro de Urantia.

Los mensajes percibidos en esta pandemia me hablan de falta de desprendimiento, de desapego; necesidad de aprender a soltar. Soltar cosas, prácticas, costumbres, personas, trabajos… Desapegos. Como una manera de no estancarme ni obstruirme, de dejar fluir para que la vida misma fluya en mí y a mi alrededor, porque si no dejo seguir su corriente, como el río, se va a represar y a hacerme daño. Sí, esta es de aquellas cosas que he sabido hace mucho, que incluso he predicado, pero que en la vida real no practico. Pegado al carro, a la casa, al dinero, al asueto, al paseo, al restaurante y lo demás. Deteniendo, egoísta, el curso de la vida. A lo mejor esto es lo que ha pasado a pesar del desprendimiento que a veces pregono de mí, sobre todo cuando del bienestar de mi familia se trata.

Y, entonces, cuando pasan cosas como ahora que no tengo empleo, que estoy en casa cinco meses sin percibir un ingreso, confinado en cuarentena por la pandemia, me desespero, me angustio, me deprimo, no me hallo, no sé qué hacer. Empiezo una lucha interna entre el pensamiento racional de mantener la serenidad y la calma, la prédica espiritual de que hay que saber esperar y tener fe versus la sensación de vacío y la compulsión angustiante del encierro, no solo físico sino emocional, laboral y financiero… El peso mismo de esa fachada construida que se me viene encima, se me cae a pedazos, porque cómo así que esto me esté pasando a mí, por qué yo, qué dirán los demás… Y, sobre todo, la confrontación y el remordimiento de lo que no hice bien, lo que hice mal, que es como cuestionarme mi propia capacidad y ahí es donde el mundo se me derrumba. Caigo, entonces, a una retrospectiva abismal en la que me siento sin visión, pasivo, lento para decidir y hacer, que me muestra que todo ha pasado por el lado sin perturbarme. Yo, falto de audacia para meterme en el poder, romper sus anillos, hacerme importante y hasta indispensable en la toma de decisiones, es un desafío extraviado que pone sus manos furiosas sobre mi cuello y aprieta hasta asfixiarme. Entonces, empieza a rodar la película final de los últimos años de vida donde me veo naufragando en un mar de responsabilidades e inexactitudes, eludiendo remolinos como si no fuera capaz de hacer varias cosas a la vez, tal cual les toca a los ejecutivos.

Eso, siento, es lo que ahora me angustia y me confronta, y ha logrado lo que no debería lograr ninguna adversidad por más dura que sea, y es ponerme a dudar de mí mismo y hacer tambalear mi sentido de supervivencia, de trabajo y de futuro. En el fondo sé que esta incertidumbre, esta duda existencial, podría ser temporal, fruto de la coyuntura laboral y el coronavirus y que superando estas circunstancias el panorama sería diferente. Sí, muy seguramente es así. Pero no puedo evitar arrastrar con mis miserias personales y contagiarme de la febril melancolía del virus.

He tratado en esta cuarentena de suplir algunos vacíos profesionales que creo tener, como la tecnología. Hice un rápido diplomado online en Comunity Management dada mi ignorancia en el manejo hábil de las redes sociales, el marketing digital y todo eso, tan importante en la comunicación de hoy en día. La conectividad que en mi tiempo se circunscribía a la máquina de escribir y el papel, luego al procesador de palabras en word star, después el correo electrónico, google y whatsapp más recientemente, ahora es toda una producción sofisticada de contenidos, de gestión de los mismos, de interactividad, plataformas de última generación y de formas de hacer y comunicar en la web y por fuera de ella, que sobrepasan mis límites y me ponen como dinosaurio en la nueva era. Esa ausencia de capacidades en este nuevo mundo digital ha sido parte de mi incertidumbre y de mi actual decisión de generarlas.

Sin embargo, siento que no es suficiente, que hay que hacer más en ese ámbito y en otros, reinventarse como dicen, o ser resiliente como lo exige ahora la moda. Y en esa corriente he pretendido meterme; pero no navego, es una corriente que más bien me arrastra y no puedo fluir en ella. No puedo evitar que eso me confunda y me deprima. Sé que ya no soy el más persistente (como tal vez lo fui al principio de los años), pero es como si hoy los mismos años conspiraran contra mí en este empeño. Para completar, los mensajes desafortunados que he tenido estos meses con trabajos posibles que no llegan, entrevistas que se frustran, llamadas anunciadas que no se hacen, peticiones que no se responden y citas que se eluden atizan más este fuego de dudas que me quema.

Hay sinnúmero de situaciones a mi alrededor que no me dejan tranquilo, que me estremecen como un terremoto que no termina y no sé qué daños puedan causar. El amor, la familia, la amistad, la enfermedad, las deudas financieras y la deuda vital son algunas de esas preocupaciones.

Tengo entre mis mensajes --esos que acaso envían los dioses a través de los sueños y las coincidencias de la cotidianidad-- que debo acercarme más a un sentido espiritual de mi vida como lo más importante y realmente valioso si quiero seguir adelante a mis años con posibilidades de éxito, “abandonando con donaire las cosas de la juventud”, como diría Desiderata.  Y tengo las señales oníricas que a veces no recuerdo al despertar o no anoto rápido y se me olvidan con los días, que insinúan conductas, hacen advertencias como arúspices y previenen malestares con la esperanza de que le dé un giro a este viaje incierto e interminable.

Por ahora, nada es precisamente claro. Tengo una confusión mental y emocional que me inmoviliza y, a la vez, una necesidad imperiosa de desatarme para emprender vuelo, así no sepa cómo.


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