Mi cuarentena 7
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“Forzar gradualmente los ojos a ver por separado la misma imagen”: ese era el desafío que don Juan Matus imponía a Castaneda para enseñarle a identificar el lugar más conveniente en dónde estar o quedarse en un momento dado. Es decir, para tomar decisiones acertadas y ubicarse. Independizar cada ojo en una misma mirada es algo que biológicamente no parece posible, porque ambos funcionan en forma dependiente, coordinada y simultánea. Pero a lo mejor la técnica de lanzar miradas cortas y rápidas por el rabillo del ojo, una para un lado y otra para el otro, con el fin de atrapar imágenes diferentes de un objeto en una misma mirada, pudiera funcionar. Es algo que requiere mucha práctica y tiempo.
Sin
embargo, el mensaje del viejo Juan tiene un sentido más profundo y está relacionado
con la necesidad de lograr “una percepción doble del mundo”, que nos da la
posibilidad de “evaluar cambios en el entorno” que una sola mirada es incapaz
de percibir. Lo he sabido, tal vez, aunque no siempre lo hago: A las cosas hay
que echarles una doble mirada, repasarlas, volverlas a ver con una actitud más
serena y detallada, casi que sentirlas con los ojos más que verlas, como dice
el viejo Juan, porque más allá de la fotografía ocular hay un pálpito en la
imagen, como un latido de corazón en el cerebro donde esa imagen se forma y da la otra información que va por dentro, invisible al ojo externo.
Como periodista sé que las primeras versiones
requieren de contraste, que deben ser confirmadas y sometidas a otros criterios
a fin de obtener una versión completa y veraz. Esa es la norma de conducta y
debería serlo no solo para el ejercicio periodístico sino para el ejercicio de
la vida. Las tres bardas que proponía considerar Sócrates antes de emitir un
juicio o poner a correr un rumor (que sea verdadero, bueno o necesario) son
vitales en este propósito. Pero, a menudo se olvida, sobre todo ahora que navegamos
con frenesí en el piélago de las redes sociales.
Debo aceptar que muchas veces no me he detenido a
contrastar, a confirmar, a darle una segunda mirada a algún mensaje recibido en
el celular y, por el contrario, movido por la emoción del instante, lo he
compartido sin mayor fórmula de juicio. Con ello lo que se evidencia es
ligereza en la conducta y liviandad en el criterio, toda una irresponsabilidad
que hizo parte de la vieja cultura de la ‘chiva’ o de salir primero con una
noticia aún a riesgo de que no sea cierta, solamente por el afán de llegar antes
en la competencia de informar.
A lo mejor, de esa cultura algo me quedó y mucho de
ella sobrevive en los nuevos informantes de las redes sociales, donde no
siempre se hace periodismo y la ética no parece un valor exigible y, antes bien, los ‘fakes’ son parte de una conducta antiética para la distorsión y
la destrucción. Los intereses que ahora se defienden en la comunicación son
otros.
Saber que, pese al rigor aprendido en la formación
académica, suele colarse por las hendijas cierta irresponsabilidad en los
actos, porque no tienen la doble mirada o no superan las bardas puestas por el
filósofo, me hace ver como los necios que no se lavan las manos o salen a la
calle sin tapabocas pese al coronavirus. Sí, con la diferencia que esta necedad
no mata pronto en el intento, sino que acaba de a poco con la salud ética y
moral. Casi que escucho a don Juan decirme ‘mentiroso’ como se lo dijo a
Castaneda, que creía que toda su vida había sido ejemplo de rectitud, hasta que
el brujo empezó por mostrarle que su acercamiento de antropólogo a él para
saber de las plantas no era genuino sino interesado, y ese ya era un primer
engaño. Imagínese usted qué tanto no habrá hecho un periodista a lo largo de su
carrera para conseguir una información, incluso mentir un poco sobre su
verdadero propósito o asumir una fachada parar lograrlo, porque, claro, muchas
veces el fin justifica los medios y estas son pequeñas mentirillas que no hacen
daño a nadie y, por el contrario, sí mucho bien a la defensa del interés común
que persigue. Eso decimos. No dejo de sentir un mea culpa por ello.
Cuando pienso en la angustia que me genera la
cuarentena, o más bien, la falta de empleo, las deudas, la fatiga afectiva,
emocional y la encrucijada profesional mientras repica en mí el eco de todo lo
dicho por don Juan, no dejo de sentirme tan impotente y ridículo como el
presumido Castaneda que va derribando sus muros y fachadas entre los
chaparrales, camino a Ixtlán.
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