La pandemia económica
Por Luiyith Melo García
La olla a
presión en que se ha convertido la ciudad está a punto de explotar. La válvula
de contención de las medidas del gobierno no está dando lugar a que salga de
manera regulada el vapor y su estallido parece cuestión de poco tiempo. Aquí
hay que bajar el fuego que atiza la presión, mover un poco la válvula para que
salga el vapor caliente y desactivar esa bomba porque nos puede hacer mucho
daño.
Los empresarios,
aquellos que viven de la economía de servicios (que significó ni más ni menos
que el 70% de la participación en el total de la economía regional en el último
quinquenio, según cifras de la Cámara de Comercio de Cali) son los más
afectados. Pertenecen al sector terciario de la economía. Es decir, el
complementario del primario que produce materias primas (extractivo) y el
secundario que las transforma (manufacturero), los cuales claramente tienen
menor afectación.
Este sector
terciario de servicios (comercio, transporte, almacenamiento, restaurantes,
bares, turismo, entre otros) es el que más lleva del bulto con los toques de
queda y los confinamientos y es el que, para mal o para bien, mueve la economía
caleña y vallecaucana.
Porque como lo
ha recordado muchas veces el presidente de la Cámara de Comercio, Esteban
Piedrahíta, aquí no somos una economía minera, no tenemos carbón o petróleo
para generar los ingentes recursos de otros departamentos que sí tienen esos
yacimientos.
Aquí vivimos
del comercio, la vida nocturna, la gastronomía, el turismo y el entretenimiento.
Ese es el sector de servicios que sostiene nuestra economía, junto al
financiero que en esta oportunidad logró sobrevivir a la pandemia, en parte por
el mismo pavor del gobierno que lo sostuvo para no repetir la historia de la
recesión de los 90 cuando se quedó sin soporte bancario.
Pero el resto
del sector de servicios no ha contado con esa manito. Para ellos no hubo
subsidios, alivios económicos y tributarios, renta básica y, antes, por el
contrario, muchos de los recursos oficiales ofrecidos como créditos para los
pequeños empresarios en decretos de emergencia y a través de los bancos, se
quedaron en la caja de estos, robusteciendo su operación, porque no llegaron a
su destino.
Hoy, los
pequeños empresarios no solo no tienen la ayuda del gobierno, sino que cuentan
con su castigo. Están clasificados en la lista negra de la pandemia como
responsables de contagio del covid, porque supuestamente a sus locales la gente
llega a comprar, comer, beber y relajarse perdiendo el control, aglomerándose y
transgrediendo las normas de bioseguridad. Entonces, los cierran todas las
noches y todo el fin de semana como ha ocurrido durante los últimos tres puentes.
Por lo
observado esta semana con el plantón que hicieron frente al CAM, la sacada de
mesas a la calle en la zona gastronómica de la Novena, y los desesperados
reclamos por redes sociales, medios de comunicación y comunicados sectoriales,
la presión a estos empresarios está llegando a su límite.
Manolo
Vergara, el dueño de El Habanero, hizo en CALI 24 HORAS una radiografía
palmaria de la situación extrema que están viviendo. Citando al Centro de
Inteligencia Económica y Competitividad (CIEC), dice que en Cali se perdieron
344 mil empleos el año pasado, de los cuales 62 mil (el 20%), son del sector
del entretenimiento, donde están los teatros, los gastrobares y discotecas (el
sector de la rumba). De los 1600 negocios legales de diversión, el 50 % ha
cerrado y lo mismo ha ocurrido ya con 400 restaurantes. Ni qué decir de los
hoteles y otras actividades asociadas al turismo. O de las tiendas y negocios
de barrio, o de los emprendimientos y negocios informales que perdieron el plante
económico y se quedaron con la deuda del gota a gota.
Tal vez las
cifras de inseguridad nos den una idea de lo que puede estar pasando con
quienes están perdiendo su empleo.
Todos
entendemos el momento crítico por el que estamos atravesando con esta pandemia.
La necesidad de protegernos y proteger a los nuestros. La urgencia de tomar
medidas institucionales para garantizar condiciones de salud y vida para todos.
Pero tal vez nos estamos olvidando de que mitigar el hambre de la gente es condición
fundamental de ese mismo propósito de vida y salud.
A lo mejor
habría que meditar un poco más allá de la epidemiología de la salud, escuchar
más a la gente, no pegarse tanto a la ortodoxia académica y darle la
oportunidad al intercambio de opiniones y alternativas posibles para manejar de
manera más inteligente y menos nociva las restricciones sociales y económicas.
Porque la epidemiologia económica del hambre también existente y se expande
como virus por falta de apoyo y atención.
Los afectados
están reclamando ser escuchados, pero no en unas mesas de concertación donde se
sienten a botar corriente con funcionarios que les dan contentillo para bajar
la presión de la olla, sin propósitos claros y honestos que pasen de la
intención a la realidad.
Rebajar
impuestos y tributos, brindar subsidios de arrendamiento, rebajar servicios
públicos domiciliarios, nada de eso es posible de manera práctica, sino dentro
de un marco legal y procesos burocráticos dispendiosos que pasarían luego por
el Concejo y terminarían en un proyecto de acuerdo quién sabe cuándo.
Estos empresarios
dicen no querer ayudas asistencialistas del gobierno, porque no son pedigüeños,
sino que los dejen trabajar dentro de unas reglas claras y precisas, que les
permitan reactivar sus negocios, mantener empleos y salir adelante.
¿Será que ese
dilema entre salud y economía con el que se sigue manejando esta coyuntura es
el más conveniente para superar el covid? Y, entre tanto, ¿el hambre quién la
supera cuando no hay una renta que garantice quedarse en casa? Es hora de
explorar soluciones seguras e ingeniosas para que la pandemia sanitaria no se
convierta en pandemia económica que haga estallar la olla a presión que está
por explotar. Lo cual sería peor que el covid.
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