La repartición de las oportunidades

 

Por Luiyith Melo García

 

Siempre que miro atrás, al principio de mi existencia, no dejo de estremecerme ante la posibilidad de que la lógica del destino haya podido dictar su decreto inexorable sobre mi futuro. El pobre muere pobre, el rico muere rico, el que tiene puede y el que no, se fregó. Porque las oportunidades para cambiar la regla son escasas, no muchos siguen el método ortodoxo de cambio y, si lo siguen, corren el riesgo de que les cambien el resultado.

La nuestra, además de inequitativa, es una sociedad excluyente y estigmatizante. Sobre todo, en las oportunidades de cambio individual y, por supuesto, colectivo. Las esclusas solo se abren para algunos que se arriman bien o para quienes abrazan la revolución de la educación y el esfuerzo bien dirigido para lograrlo.

Son dos caminos diferentes que hablan también de dos concepciones diferentes que pugnan en la sociedad y terminan definiendo el tipo de organización que somos. Una correcta y decente, o una tramposa e indecente.

Mi historia es la historia de la mayoría en un país lleno de carencias. Una familia buena y humilde, numerosa y escasa de recursos para sobrevivir, localizada en un entorno semimarginal y sin mayores oportunidades sociales y económicas.

La única oportunidad buena disponible era la educación. La básica era posible, pero la superior muy difícil. No había universidad, ni recursos para entrar a ella. Acceder implicaba, además, costos de transporte y mantenimiento que hacían falta para sostener al resto de la familia. Muchos compañeros sucumbieron a esa realidad. La universidad privada era y sigue siendo muy costosa y la pública muy demandada, donde la oportunidad de ingreso podría ser de mil a uno. Tal vez más.

Sin embargo, no había lugar para quedarme en la duda ni conformarme con ese sentido común de la meta improbable. Como decía Descartes, había que dudar para buscar la certeza, sabiendo, además, que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Creo que intuitivamente su método seguí. Las recomendaciones de amigos ilustres de mi padre, con anquilosada mentalidad proletaria y rechazo de la oligarquía y sus riquezas, eran que el niño aprendiera un oficio técnico, porque la universidad no era para nosotros. Yo desoí el consejo.

Me aterra saber que la universidad en su momento era uno de los primeros filtros de selección social y aún lo sigue siendo (aunque hoy ya el 52% de los bachilleres acceden a una carrera técnica, tecnológica o universitaria, según el Ministerio de Educación)

El problema es que una vez acceden a la educación superior y ‘coronan’ una carrera se encuentran con el filtro de las oportunidades. Pero nuestros genios de la selección social se inventaron los emprendimientos y nos metieron el cuento que los empleos son escasos y no son para todo el mundo, por lo cual debemos buscar nuestro propio empleo en el emprendimiento y fundar nuestra propia empresa. Como si eso fuera algo fácil de hacer sin terminar en la informalidad.

Dice Comfecámaras que buena parte de esos emprendimientos mueren durante los primeros cinco años, porque su formalización es compleja, tienen poco acceso al crédito ordinario, casi ninguno al crédito de fomento del gobierno cuando existe, no tienen capacitación técnica suficiente y no crecen en distribución y mercados, sino que apenas sobreviven. Como en la informalidad.

Aplaudo a los que surgen, pero en estas circunstancias, muchos emprendedores tienen que volver al mercado del empleo, engrosando, primero, las hordas de desempleados hasta que se les abra una oportunidad. Y, para que esta se abra, necesita de un padrino en el sector público, donde la meritocracia no es tan indispensable. O, del otro lado, tener méritos académicos y personales suficientes para lograr un puesto en el sector privado. Si es muy preparado vale mucho y no es buen candidato y si no está bien preparado tampoco es bueno. Así que los preparados a medias parecen tener mejores oportunidades en este medio nuestro de la tacañería y la mediocridad.

Por eso digo que las oportunidades son las más mal libradas en la repartición de los bienes sociales (como lo es el sentido común) y no es sino echar un vistazo al Estado cuando provee cargos de alto valor para darse cuenta que muchos personajes llegaron ahí, no por méritos propios, sino por amiguismo o el clientelismo que paga favores políticos o de otra índole.

No reniego, por supuesto, de mi extracción humilde ni menos de la familia que me tocó. Por el contario, es motivo de orgullo y de gratitud por la oportunidad de superación que significó y el carácter que forjó en mí, como en todos los emergentes que luchamos por romper la predestinación de la caprichosa selección social, que no hace lo suficiente por repartir mejor las oportunidades antes que el dinero. Esa repartición de oportunidades debería ser la prioridad de un modelo social y económico decente, que hoy tras los planes y proyectos que defiende no hace más que repartirse el erario y el poder entre algunos.

El gran triunfo para los que nos ha tocado andar este camino emergente es que no hemos ganado posición ni dinero. Hemos ganado dignidad social y personal. Un sentido de la vida, un mejor criterio de las cosas y un método, también digno, para luchar por ellas.


Diario CALI 24 HORAS, febrero 3 de 2021

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