Mi cuarentena 2
Buscándome
1
No me daba cuenta que el mayor engañado por mí era yo mismo y he vivido con esa mentira. Me convertí en la víctima de mí mismo, la mayor de una novela de ficción en la que me contraté como protagonista suponiendo ser una estrella, que ciertamente no soy, interpretando un papel que parece montado sobre un guión equivocado.
Leo a Chomsky sobre la crítica del poder y la política frente al coronavirus y creo que eso lo debo saber, porque es parte de ese conocimiento universal contemporáneo que necesariamente debe estar en mí; porque si me preguntan, debo saber; porque así no pregunten, debo poder discutirlo cuando sea necesario; porque ‘soy intelectual’ (presumo), soy periodista informado y no se concibe que no sepa. Y si me preguntan por lo demás, cualquier cosa, algo que se sintonice con las tendencias cognitivas e informativas del momento, debe estar en mi conocimiento, porque soy ese ‘portento’ que debe saber poco más de lo básico para no desentonar en una conversación o en el juego de las ideas.
¡Ja! Y me monto en ese video, construyo esa película para mí y quiero que los demás la vean como la proyecto. Resulta que no, que no soy así y que los demás no la ven de la misma manera; que ellos simplemente ven lo que ven en mí, que no es propiamente lo que yo percibo, porque muy a mi pesar tengo otras imágenes que transmito, mucho menos ampulosas que las que quiero proyectar y, entonces, los otros me ven como el tipo simple que soy: limitado, a veces timorato, medroso, circunspecto, sin fuerza, sin entusiasmo, sin iniciativa, de limitada inteligencia, apenas ahí, como cualquier mortal. Esa es la película que ahora me devuelven.
Sin embargo, interiormente yo (ese que creo ser) me
sobreestimo. Aunque, claro, exteriormente logre un efecto contrario. En mi
universo interno pienso que lo puedo todo, que soy capaz de hacerlo todo, que
yo sería más que el otro, que eso que él hace es para mí, que soy más
inteligente que el inteligente (lo que pasa es que soy prudente –me digo--) y
que, por qué él está ahí y no yo…. En realidad, es solo delirio, apenas presunción
o mera ilusión, porque en la práctica esa idea no se acompaña de acción, de
gestión, de movimiento hacia aquello que supuestamente puedo ser o superar, y
que es lo que finalmente premia el universo.
La aparente verdad de esta mentira es que tengo una
fachada construida por mí mismo, de la cual no parezco haberme percatado. Siento
que no armonizo con otros porque yo tengo una idea diferente de la que ellos
tienen de mí y a veces de las cosas y, sin proponérmelo, hacemos cortocircuito
cuando interactuamos, porque espero que me traten de la manera como yo me
percibo, y ellos me tratan como realmente me perciben, como me expreso
físicamente, intelectualmente, actitudinalmente, emocionalmente, y esto es lo
que el observador desde afuera observa de mí. Yo, desde adentro, creo observar
otra cosa. Por eso, como no abro mi emoción ni mi realidad y no siempre expreso
lo que soy, los demás no me reciben como debería ser (como lo imagino). Me
perciben más bien como pedante, soberbio, engreído y hasta estúpido, todo lo
contrario de lo que quiero proyectar. Lo lamento.
Este cortocircuito, creo, no me deja llegar al
corazón ni avanzar y, como consecuencia, no me abre espacios, ni permite
generar empatía, afecto, cariño, receptividad, amistad y acompañamiento.
En la melancolía de mis días me resulta evidente que
mi mundo de subjetividades no se ha sintonizado con el mundo real. Me siento
flotar en la nube de mis concepciones y preconceptos sin poder aterrizar en la
realidad de los demás. Soy el único que cree que soy mucho, todo aquello que
generosamente pienso que soy, y el espejo ahora me muestra otra imagen. Sin
embargo, he creído que los equivocados son los demás y no yo, y me molesto con
ellos y no conmigo mismo. Incluso razono, a veces, sobre la ignorancia de otros
y su incapacidad para interpretar el mundo y no sospecho siquiera que el
ignorante soy yo. Irónicamente digo que la ignorancia es atrevida, que no solo
no saben, sino que no saben que no saben, cuando quien realmente ignora y no
sabe soy yo. Lo devuelve la imagen del espejo.
Así que, como diría algún sicólogo: sin modestia, la
falta de humildad es grande, y su dictamen sería que habría que recoger la
imagen del espejo, reconocer la distorsión y corregir. Ser consciente de esta
fachada para empezar a deconstruir y remodelar la casa que ha sido montada
sobre un andamiaje de dudosos preconceptos que mueven mis actitudes y relacionamientos,
a fin de edificar algo nuevo, sintonizado y con realismo. Al protagonista de
esta novela le toca cambiar de papel.
Desaprender para aprender será un ejercicio constante que nos deja ser mejores seres humanos. El auto conocimiento, la auto crítica y el re diseño serán tareas optimizadas en tiempos de reflexión y desde luego, de cuarentena.
ResponderEliminarGracias Bethsa, un abrazo
EliminarExcente. Mi Quarentena simplemente hace que afloren esos intangibles negativos que llevamos dentro y sabemos que están ahí pero no nos atrevemos a enfrentarlos y la consecuencia es ésta que duces:
ResponderEliminar"hacemos cortocircuito cuando interactuamos, porque espero que me traten de la manera como yo me percibo, y ellos me tratan como realmente me perciben, como me expreso. . . .. . y esto es lo que el observador desde afuera observa de mí."
Por eso esta es la enhorabuena para reflexionar e impulsarnos hacia ese cambio que necesitamos y necesita el mundo. Un abrazo.
Una reflexión con la esperanza de ser mejor. Un abrazo.
EliminarLa vida es una constante "destrucción creativa" en la que nos superamos a nosotros mismos en forma continua para seguir surfeando felices en la cresta de la ola.
ResponderEliminarLos espejos reflexionan, reflejan nuestra imagen dependiendo del angulo. En todo caso la reflexión que vale mas no es la del espejo, es la que vos mismo hacés.
ResponderEliminarEs la última reflexión tuya que hagás la que es determinante.