Mi cuarentena 6

5

Los caminos se habían cruzado. Yo me había encontrado tantas veces con el destino en esas citas invisibles que lograban que el plan desconocido se cumpliera y que siempre se diera el siguiente paso. Claro, esa mujer que alguna vez conocí y se me puso en el camino en una fiesta fortuita, en un encuentro de amigos, en una rueda de prensa frustrada, en una llamada contestada por casualidad. Esa mujer no llegó por casualidad. Realmente no sé bien cómo llegó, pero infiero que tenía que llegar, bien porque la precipitó el paso previo, o bien porque era necesaria para dar el siguiente paso. A lo mejor ambas. Llegó para quedarse o para despertar algo nuevo, para mostrar un camino, un sentido o ponerme en algún sitio. Creo que cada una fue una puntada necesaria en el tejido interminable de la vida y cruzar nuestros caminos debió tener algún propósito más allá de mi comprensión que, en algunos casos, apenas puedo ahora entender.

Lo mismo pasó con el amigo que me tendió su mano para sobrevivir a la adversidad e ir a la universidad, entrar a la radio, perderme en la rumba, volver al trabajo sin dejarme ir. O el que temprano me mostró otro camino de vida, seguramente uno de los caminos arcanos que nos es dable recorrer para trascender en esta vida.

Ese cruce de caminos es el tejido invisible que hace posible la expansión de la vida. Claro, cómo no lo había pensado. Si es que lo que somos y donde estamos es el resultado de esos cruces de caminos, que no es más que la construcción, paso a paso, de una inmensa telaraña en la que se entretejen cada una de las acciones y situaciones que vivimos. Lo hacemos inconscientemente, como si fuera un proceso natural marcado en nuestros genes y en las moléculas de la cultura social; lo aprendemos naturalmente y mediante el ejemplo. Tenemos que hacer una cosa para que venga la otra: comer para vivir, educarnos para saber, prepararnos para alcanzar un lugar o un puesto en la sociedad, cortejar para conseguir el amor. Una ley inexorable de causa y efecto, que es como una información genética que sienta una verdad categórica que no ponemos en cuestión, pero que no siempre racionalizamos como debe ser ni logramos manipular como un virus de laboratorio para que mute a otra cosa, o no mute y se destruya, o simplemente tengamos la habilidad de experimentar con él.  No, no lo hacemos de esa manera, pocos saben cómo hacerlo, creo, como no lo han podido hacer hasta ahora con el coronavirus. Pero lo cierto es que cada uno de nosotros somos un tejido inmenso construido en nuestro espacio y tiempo planetario y, quizás, sobre todo, en la dimensión del espíritu, esa esencia que va más allá de nuestra experiencia humana, que de alguna manera la determina y trasciende a ella. Pero sin consciencia de esto, tal vez, arrancamos y seguimos nuestro periplo.

Estaba pensando cómo he llegado a donde estoy (lo que no es mayor cosa) como lo haría cualquiera en su proceso vital en este mundo. Tomé una decisión de ser periodista y en qué momento la tomé. Qué vi o a quién vi y escuché. Sobre la motivación profunda de esa decisión no es el caso indagar ahora, sino sobre la decisión misma. La asumí, recuerdo, con determinación y me responsabilicé de ella hasta sus consecuencias. Era lo que quería que fuera y realmente me veía en el ejercicio de periodista, ocupando un espacio mío en ese mundo, creciendo en él, emulando paradigmas humanos y sociales que tenía e, incluso, superándolos, porque creía firmemente que podría hacerlo. 

Con esa decisión lo que hice fue activar una nueva creación mía en el campo de la potencialidad pura del universo, según las leyes espirituales de Chopra, provocando la eclosión, la fecundación para hacer que naciera un nuevo prospecto: si yo lo pienso, lo hago, asumo mi responsabilidad hasta el final, lo que garantiza su realización. Y, también, por ley de afinidades, voy propiciando encuentros, provocando mi cruce de caminos con otros, con otra situación para generar circunstancias, cada vez una nueva oportunidad de ir avanzando. Y esta puntada (como dicen las tejedoras) me permite dar la puntada siguiente (porque la naturaleza no da saltos) para armar las diferentes capas del tejido y que el tapete vaya tomando forma. 

Estoy considerando, por supuesto, cruces de caminos que son hitos en la vida, no solo de la vida lineal o secuencial que se edifica día a día como una pared de ladrillos, sino de los encuentros que realmente te cambian la vida, le dan un sentido o una dirección. Como el encuentro mismo con esta pandemia que a lo mejor no vino por casualidad, sino como parte de ese plan secreto que se cumple inexorablemente en mí, como en todos los demás.


Comentarios

  1. Reflexión real, todo es consecuencia de nuestros decisiones, todo tiene una razón de ser pero uno construye el mañana que sueña.

    ResponderEliminar
  2. Es un deleite leer la Quarentena por la magia envolvente de su narración, la profundidad que dan los años y la reflexión silenciosa de la sabiduría que la guía. Y como en un espejo al que resistimos mirarnos en tiempos de alegría, descubrimos con sorpresa que nuestras experiencias humanas son más comunes de lo imaginado.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por comentar

Entradas populares de este blog

La vida ‘softwarizada’

Cali, bajo intervención