Mi cuarentena 8
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No sé si la pandemia llegó como parte de un
inextricable proceso de enseñanza para hacernos más guerreros, pero me está
ayudando, como a muchos, a recorrer ese camino. Una nueva forma de enseñanza y
de aprendizaje para el conocimiento de una nueva realidad. Las aguas se aclaran
y el barro se asienta, los grandes peces volvieron a los canales de Venecia,
los animales a las autopistas de los carros y el horizonte se despeja para
mostrarnos que los objetivos son distintos y las formas de lucha que
emprendieron uno y otro lado de las ideologías no son correctas ni suficientes.
Que hay otra verdad tras la realidad aparente y vive dentro y fuera de nosotros,
porque el tiempo no es lineal sino circular y la cronología solo es una forma
de contar.
Por eso es necesaria el alma del guerrero, así sea forjada
por la fuerza como lo hace don Juan Matus con su alumno Castaneda o como el
coronavirus lo hace con nosotros. No necesitamos las alucinaciones que la
fantasía cuelga en los sueños del deseo para enajenarnos en esta vida ilusoria,
de la misma manera que el alumno de don Juan tampoco necesitó el peyote que
inicialmente buscaba para encontrar su alma de cazador.
¡Humm! Tengo fiebre –pienso– y me paso la mano por la
frente. Pero la calentura está en otra parte, tal vez en el alma que se llena
de angustia y en la respiración del aire caliente. Hago una pausa para pensar y
recuerdo que hacerme consciente de que pienso significa una perturbación para
el mismo proceso de pensamiento, ya que dejo de fluir y termino en la duda de
la mente, en la amañada selección de las palabras a ver cuál es la más
conveniente, en el pudor del que piensa. En nada.
Me quedo, entonces, detenido en el tiempo, como en el
principio, hurgando en el silencio. Quiero saber del espíritu dubitativo que
también ha vivido detrás de mi muro y me confundo en ese cruce de caminos entre
la duda cartesiana que me enseñaron para acceder al conocimiento (para hacer
periodismo), y su eliminación en la presunta certeza de la nueva intuición
cognitiva de la realidad, de don Juan.
El dilema de dudar es saber cuándo dudar y cuándo no.
El que lo piensa dos veces pierde y el que lo piensa de nuevo acierta. Esa
parece ser la contradicción. Pero la realidad y cada situación en concreto
podría darnos la posibilidad de escoger la mejor alternativa, pienso. Dudar de
hacer algo cuando se tiene la cierta intuición de que debe hacerse o dudar de
hacerlo cuando racionalmente no hay certeza y hay que mirar dos veces. He allí la
cuestión.
De alguna manera la pandemia me ha puesto, de nuevo, esos dilemas e, incluso, a dudar de ella misma: sí existe en verdad o es un invento y si vino para bien o para mal. Si, como dicen, vino de manera más efectiva que una guerra nuclear para cambiar el orden del poder y de las cosas o llegó para matarnos de hambre y de miedo. Tal vez para probarnos que somos más vulnerables de lo que creemos o demostrarnos que podemos ser más fuertes de lo que pensamos.
En todo caso, esos dilemas me notifican que no andamos ciertos por la vida, que las cosas no necesariamente son como las concebimos y que hay decisiones tomadas –bien a la ligera o bien en medio de la duda– que no son las que debieron ser. Que la indecisión puede o no ser una opción. Que acertamos y nos equivocamos, lo que es propio de nuestra condición humana, pero que la cuestión está en el proceso que surtimos para llegar a esas decisiones. No tenemos certeza en el proceso, en cuándo dudar y en cuándo no, y tal vez allí radique el problema más que en la decisión. Por supuesto, somos humanos con nuestras grandezas y miserias y eso influye en lo que decidimos, por lo cual –sin duda– también acertamos o nos equivocamos a propósito. Pero ya esto es más filosofía sobre la naturaleza humana para decidir.
Lo cierto es que esta cuarentena que vivimos obligada
por el coronavirus –deliberada o espontánea, inducida por la mano humana o por
la misma naturaleza– me ha puesto a dudar de todo, incluso de la duda misma, de
la posición del hombre en el planeta y de la que ocupan los animales en él,
ahora que viajan por las autopistas como ciudadanos y vuelven a los canales de
Venecia como sus dueños submarinos. En el fondo, de lo que dudo aún más es de
la comprensión del hombre y de su capacidad para derrotar todos sus virus... ¿O
no?
Interesante forma de ver este momento. Y me llama la atención cuando planteas hacerte consciente de que piensas, para mí es la mejor manera de activar el observador consciente del que habla Eckhart Tolle en "El Poder el Ahora" y tanto bien nos hace para vivir el presente y dominar nuestra mente.
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