Mi cuarentena 10
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Así, pues, conquistarme, sin timidez, a mí mismo con
mi verbo y lograr el exorcismo que persigo cuando vomito de mi estómago todo el
daño que tengo, va a ser la mejor recompensa que alcance con este ejercicio de
cuarentena, lo siento. Es un ejercicio de limpieza del cual, tal vez, debo
cuidarme de que surja una nueva pretensión: la de sentirme más limpio, más
humilde, más sincero o menos peor.
Pero, cuidado, que esto no deja de ser otra pretensión
y por ese camino es posible volver a levantar el muro de equivocaciones que desde
temprano construí en la vida y que voy demoliendo. Bueno, parte de la vida,
porque también sería una mentira pretender que se ha destruido la mentira. Una
falacia pretender que se ha repasado y exorcizado toda la existencia y que en apenas
una cuarentena ya estamos más allá del alcance del demonio. No puedo aspirar a
tanto. La pretensión tampoco es pasar al escenario de los ángeles, ni más
faltaba, sino ser consciente de que entre ángeles y demonios hay seres humanos
que pueden tener de lo uno de lo otro y deben saber llevarlos consigo y
decantarse, construyendo, tal vez, el sendero interminable de su destino. Sin
embargo, quiero celebrar en este breve retiro la conquista temprana de saberme
más claro ante el espejo, más liviano que mi peso y menos porfiado que antes
para abordar mis propias veleidades.
No soy un ser nuevo, todavía, (¿y quién dijo que deba
serlo?) No creo que sea mejor, ni siquiera que ya esté mejor por dentro, pero
vamos caminando. El solo hecho de parar la vida para mirar atrás y repasarla ya
es un acto valiente y un logro importante. Es la obligada sintonía de parar con el mundo,
por la fuerza del virus, bajarle a la velocidad para no estrellarse, disfrutando del
paisaje y, más bien, acelerar por dentro para meterse en la carrera
interminable que va de los sentidos al espíritu, llevándose por delante la
mentira, el miedo, la timidez, la arrogancia, la duda, la casualidad y el
capricho del tiempo, como ha sido mi propia tentativa en esta cuarentena. Mirar
la televisión como quién se mira a sí mismo; el libro, como quien se lee a sí
mismo; el espejo del mundo, que nos devuelve la imagen del actor que somos en
él.
Voy caminando despacio, por tramos, sin saber
claramente hacia dónde, como lo hizo Castenada detrás de don Juan, sin tener
ahora mismo un guía como el viejo brujo que parecía saberlo todo de la vida y
de la muerte. Más aún, no sé si mañana caiga o me devuelva, me arrepienta y
arroje los pasos al abismo porque ya no quiero el camino. Pero procuro que eso
no me turbe, ni que la incertidumbre me preocupe, ni que el pasado me pese
porque es una carga con la que no podría seguir. Más bien la pongo a un lado,
que algún ser superior me ayude con ella o que se quede en la vera del camino
si es que no me derrota, porque lo que tengo ahora es esto: lo que escribo, lo
que exorcizo; el alivio que se siente después del vómito y que constituye mi
único presente. Sin nada más en las manos, sin nada en los bolsillos, con el
carro amohosándose en el garaje a la espera de que el banco venga por él. Con
el trabajo en el limbo. Ya nada importa, ni siquiera el coronavirus. Este fue
solo un pretexto para detener el tiempo en la habitación y salir a la sala a
ver televisión y practicar el rito efuminante de las palabras. Para mecatear,
también, como un niño.
MUY CHÉVERE. Los ejercicios de introspección pueden ayudar a una catarsis y esa pretensión es sana, mas que pretensión puede ser un objetivo justo,con actividades sistemáticas, el punto es que no puede asegurar resultados definitivos a menos que la catarsis se haga con regularidad. Esa propuesta de regularidad está en la liturgia cristiana, ademas en Aurelio Agustín e Ignacio de Loyola (ejercicios espirituales).
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