Mi Cuarentena (compendio)

 

MI CUARENTENA

Luiyith Melo García

 

INTRO

Este es mi exorcismo interno, la manera como logro con la magia de la palabra derrotar mis demonios, mis miedos, mis limitaciones y la misma falta de expresión apagada en la ansiedad del verbo.  Es la manera como le robo un trozo de vida disfrutable a la vida, como puedo conjurar la depresión que el raudal de las angustias agolpa como empalizada en la quietud de mi momento.

Este soy yo puesto frente a mí mismo, buscándome desesperadamente frente al espejo de mis días y tratando de leer las señales que me llegan de todas partes, sobre todo las dadas por don Juan Matus a Castaneda en su 'Viaje a Ixtlán', que tanto me abren el entendimiento.

Con ellas logro llenar de alguna certeza la incertidumbre, darle un poco de sentido a lo que no lo tiene, restarle fuerza a la trascendentalidad de este mundo que –entiendo- sólo es representación imaginaria en el espacio y el tiempo, y cuya historia es mi propia responsabilidad, quizá borrable, sí y solo si así lo quiero.

También es la forma como trato de rescatarme del olvido al percatarme de nuevo que existo en la escritura y la palabra, en el ensayo inconcluso de las cosas que he emprendido. Y, a falta de psiquiatra y de diván, tengo que hacer un esfuerzo por recorrer mis íntimas estancias por mi propia cuenta, persiguiendo los fantasmas que me acechan cada noche cuando pongo la cabeza en la almohada sin sueño y se abren las compuertas del abismo para darle paso a una estampida de engendros envueltos en fantasías, deseos, luchas absurdas, embestidas, frustraciones, persecuciones, remordimientos y coitos interrumpidos.

Al final de la pesadilla sigo vivo y me percato que continúo en la cuarentena, que es como la obligada quietud de mis días para poder mover mi comprensión. Sí, necesitaba estar quieto para poder moverme sin el afán del mundo callejero, y más bien vibrar al ritmo del universo que me susurra al oído sus secretos.

I. Buscándome

1

No me daba cuenta que el mayor engañado por mí era yo mismo y he vivido con esa mentira. Me convertí en la víctima de mí mismo, la mayor de una novela de ficción en la que me contraté como protagonista suponiendo ser una estrella, que ciertamente no soy, interpretando un papel que parece montado sobre un guión equivocado. 

Leo a Chomsky sobre la crítica del poder y la política frente al coronavirus y creo que eso lo debo saber, porque es parte de ese conocimiento universal contemporáneo que necesariamente debe estar en mí; porque si me preguntan, debo saber; porque así no pregunten, debo poder discutirlo cuando sea necesario; porque ‘soy intelectual’ (presumo), soy periodista informado y no se concibe que no sepa. Y si me preguntan por lo demás, cualquier cosa, algo que se sintonice con las tendencias cognitivas e informativas del momento, debe estar en mi conocimiento, porque soy ese ‘portento’ que debe saber poco más de lo básico para no desentonar en una conversación o en el juego de las ideas. 

¡Ja! Y me monto en ese video, construyo esa película para mí y quiero que los demás la vean como la proyecto. Resulta que no, que no soy así y que los demás no la ven de la misma manera; que ellos simplemente ven lo que ven en mí, que no es propiamente lo que yo percibo, porque muy a mi pesar tengo otras imágenes que transmito, mucho menos ampulosas que las que quiero proyectar y, entonces, los otros me ven como el tipo simple que soy: limitado, a veces timorato, medroso, circunspecto, sin fuerza, sin entusiasmo, sin iniciativa, de limitada inteligencia, apenas ahí, como cualquier mortal. Esa es la película que ahora me devuelven.

Sin embargo, interiormente yo (ese que creo ser) me sobreestimo. Aunque, claro, exteriormente logre un efecto contrario. En mi universo interno pienso que lo puedo todo, que soy capaz de hacerlo todo, que yo sería más que el otro, que eso que él hace es para mí, que soy más inteligente que el inteligente (lo que pasa es que soy prudente –me digo--) y que, por qué él está ahí y no yo…. En realidad, es solo delirio, apenas presunción o mera ilusión, porque en la práctica esa idea no se acompaña de acción, de gestión, de movimiento hacia aquello que supuestamente puedo ser o superar, y que es lo que finalmente premia el universo.

La aparente verdad de esta mentira es que tengo una fachada construida por mí mismo, de la cual no parezco haberme percatado. Siento que no armonizo con otros porque yo tengo una idea diferente de la que ellos tienen de mí y a veces de las cosas y, sin proponérmelo, hacemos cortocircuito cuando interactuamos, porque espero que me traten de la manera como yo me percibo, y ellos me tratan como realmente me perciben, como me expreso físicamente, intelectualmente, actitudinalmente, emocionalmente, y esto es lo que el observador desde afuera observa de mí. Yo, desde adentro, creo observar otra cosa. Por eso, como no abro mi emoción ni mi realidad y no siempre expreso lo que soy, los demás no me reciben como debería ser (como lo imagino). Me perciben más bien como pedante, soberbio, engreído y hasta estúpido, todo lo contrario de lo que quiero proyectar. Lo lamento.

Este cortocircuito, creo, no me deja llegar al corazón ni avanzar y, como consecuencia, no me abre espacios, ni permite generar empatía, afecto, cariño, receptividad, amistad y acompañamiento.

En la melancolía de mis días me resulta evidente que mi mundo de subjetividades no se ha sintonizado con el mundo real. Me siento flotar en la nube de mis concepciones y preconceptos sin poder aterrizar en la realidad de los demás. Soy el único que cree que soy mucho, todo aquello que generosamente pienso que soy, y el espejo ahora me muestra otra imagen. Sin embargo, he creído que los equivocados son los demás y no yo, y me molesto con ellos y no conmigo mismo. Incluso razono, a veces, sobre la ignorancia de otros y su incapacidad para interpretar el mundo y no sospecho siquiera que el ignorante soy yo. Irónicamente digo que la ignorancia es atrevida, que no solo no saben, sino que no saben que no saben, cuando quien realmente ignora y no sabe soy yo. Lo devuelve la imagen del espejo.

Así que, como diría algún sicólogo: sin modestia, la falta de humildad es grande, y su dictamen sería que habría que recoger la imagen del espejo, reconocer la distorsión y corregir. Ser consciente de esta fachada para empezar a deconstruir y remodelar la casa que ha sido montada sobre un andamiaje de dudosos preconceptos que mueven mis actitudes y relacionamientos, a fin de edificar algo nuevo, sintonizado y con realismo. Al protagonista de esta novela le toca cambiar de papel.

2

No soy el único al que lo asalta la duda inevitable de su existencia -estoy seguro- y se estrella contra el muro de sus limitaciones, pero sí uno de los que ha tratado de enfrentar el asalto. Me ronda un fantasma de preocupación de que a lo mejor no me vean como yo quisiera, de no mostrar mi postura y quedar desnudo y ridículo. Sí, es el miedo al ridículo que limita la acción, abre las puertas a la incertidumbre y me pone en la duda de sostener un edificio que puede implosionar en cualquier momento. Un cliché social, tal vez, una imagen. Pero, también, una inseguridad fruto de cierta inconsistencia en la formación personal, espiritual, académica, familiar; por los errores y los atajos que extravían el camino. Eso, claro, me genera todos los temores e incertidumbres porque no me deja mover con seguridad. Abandonar temprano los estudios superiores que terminé mucho después, el camino espiritual, el seno familiar, la fidelidad, el enfoque, el respeto, todo agravado por el compromiso con la rumba y sus detritos, son monstruos que toman forma en la soledad y el sueño y no se resignan a morir por más vencidos que parezcan.

Con todo esto han llegado otras pérdidas, además de la propia estima o la distorsión de la misma. La pérdida de brújula en la vida, del buen gusto por las cosas, de la propia voluntad y, entonces, me invade una falta de entusiasmo con el trabajo y el esfuerzo intelectual. La visión distorsionada no deja valorar el paso a paso y el esfuerzo de largo aliento para alcanzar objetivos. Apenas un coqueteo espiritual me llega a veces cuando rezo el Rosario y un rayo cenital del cosmos atraviesa mi manto oscuro entre las hojas de papel de arroz del Libro de Urantia.

Los mensajes percibidos en esta pandemia me hablan de falta de desprendimiento, de desapego; necesidad de aprender a soltar. Soltar cosas, prácticas, costumbres, personas, trabajos… Desapegos. Como una manera de no estancarme ni obstruirme, de dejar fluir para que la vida misma fluya en mí y a mi alrededor, porque si no dejo seguir su corriente, como el río, se va a represar y a hacerme daño. Sí, esta es de aquellas cosas que he sabido hace mucho, que incluso he predicado, pero que en la vida real no practico. Pegado al carro, a la casa, al dinero, al asueto, al paseo, al restaurante y lo demás. Deteniendo, egoísta, el curso de la vida. A lo mejor esto es lo que ha pasado a pesar del desprendimiento que a veces pregono de mí, sobre todo cuando del bienestar de mi familia se trata.

Y, entonces, cuando pasan cosas como ahora que no tengo empleo, que estoy en casa cinco meses sin percibir un ingreso, confinado en cuarentena por la pandemia, me desespero, me angustio, me deprimo, no me hallo, no sé qué hacer. Empiezo una lucha interna entre el pensamiento racional de mantener la serenidad y la calma, la prédica espiritual de que hay que saber esperar y tener fe versus la sensación de vacío y la compulsión angustiante del encierro, no solo físico sino emocional, laboral y financiero… El peso mismo de esa fachada construida que se me viene encima, se me cae a pedazos, porque cómo así que esto me esté pasando a mí, por qué yo, qué dirán los demás… Y, sobre todo, la confrontación y el remordimiento de lo que no hice bien, lo que hice mal, que es como cuestionarme mi propia capacidad y ahí es donde el mundo se me derrumba. Caigo, entonces, a una retrospectiva abismal en la que me siento sin visión, pasivo, lento para decidir y hacer, que me muestra que todo ha pasado por el lado sin perturbarme. Yo, falto de audacia para meterme en el poder, romper sus anillos, hacerme importante y hasta indispensable en la toma de decisiones, es un desafío extraviado que pone sus manos furiosas sobre mi cuello y aprieta hasta asfixiarme. Entonces, empieza a rodar la película final de los últimos años de vida donde me veo naufragando en un mar de responsabilidades e inexactitudes, eludiendo remolinos como si no fuera capaz de hacer varias cosas a la vez, tal cual les toca a los ejecutivos.

Eso, siento, es lo que ahora me angustia y me confronta, y ha logrado lo que no debería lograr ninguna adversidad por más dura que sea, y es ponerme a dudar de mí mismo y hacer tambalear mi sentido de supervivencia, de trabajo y de futuro. En el fondo sé que esta incertidumbre, esta duda existencial, podría ser temporal, fruto de la coyuntura laboral y el coronavirus y que superando estas circunstancias el panorama sería diferente. Sí, muy seguramente es así. Pero no puedo evitar arrastrar con mis miserias personales y contagiarme de la febril melancolía del virus.

He tratado en esta cuarentena de suplir algunos vacíos profesionales que creo tener, como la tecnología. Hice un rápido diplomado online en Comunity Management dada mi ignorancia en el manejo hábil de las redes sociales, el marketing digital y todo eso, tan importante en la comunicación de hoy en día. La conectividad que en mi tiempo se circunscribía a la máquina de escribir y el papel, luego al procesador de palabras en word star, después el correo electrónico, google y whatsapp más recientemente, ahora es toda una producción sofisticada de contenidos, de gestión de los mismos, de interactividad, plataformas de última generación y de formas de hacer y comunicar en la web y por fuera de ella, que sobrepasan mis límites y me ponen como dinosaurio en la nueva era. Esa ausencia de capacidades en este nuevo mundo digital ha sido parte de mi incertidumbre y de mi actual decisión de generarlas.

Sin embargo, siento que no es suficiente, que hay que hacer más en ese ámbito y en otros, reinventarse como dicen, o ser resiliente como lo exige ahora la moda. Y en esa corriente he pretendido meterme; pero no navego, es una corriente que más bien me arrastra y no puedo fluir en ella. No puedo evitar que eso me confunda y me deprima. Sé que ya no soy el más persistente (como tal vez lo fui al principio de los años), pero es como si hoy los mismos años conspiraran contra mí en este empeño. Para completar, los mensajes desafortunados que he tenido estos meses con trabajos posibles que no llegan, entrevistas que se frustran, llamadas anunciadas que no se hacen, peticiones que no se responden y citas que se eluden atizan más este fuego de dudas que me quema.

Hay sinnúmero de situaciones a mi alrededor que no me dejan tranquilo, que me estremecen como un terremoto que no termina y no sé qué daños puedan causar. El amor, la familia, la amistad, la enfermedad, las deudas financieras y la deuda vital son algunas de esas preocupaciones.

Tengo entre mis mensajes --esos que acaso envían los dioses a través de los sueños y las coincidencias de la cotidianidad-- que debo acercarme más a un sentido espiritual de mi vida como lo más importante y realmente valioso si quiero seguir adelante a mis años con posibilidades de éxito, “abandonando con donaire las cosas de la juventud”, como diría Desiderata.  Y tengo las señales oníricas que a veces no recuerdo al despertar o no anoto rápido y se me olvidan con los días, que insinúan conductas, hacen advertencias como arúspices y previenen malestares con la esperanza de que le dé un giro a este viaje incierto e interminable.

Por ahora, nada es precisamente claro. Tengo una confusión mental y emocional que me inmoviliza y, a la vez, una necesidad imperiosa de desatarme para emprender vuelo, así no sepa cómo.

3

Hoy me ha llamado Eugenio, un viejo amigo de la infancia y ha vertido una gota de esperanza en esta sequía. Su proyecto me da una señal de lo que podría ser mi nuevo papel en la novela. Digo una señal, sin realmente tener claro de manera precisa de qué se trata esto, sino más bien creyendo ver una luz en aquello que llaman resiliencia para emprender la aventura independiente de la gestión de proyectos.

Recuerdo ahora que Chopra dijo en su libro que leí hace muchos años y el documental de Netflix que vi recientemente sobre las Siete Leyes Espirituales del Éxito, que todos tenemos una misión en la vida, y que su propia misión en la tierra era ‘impulsar’. Qué coincidencia. No me comparo con él ni mucho menos, sino que intento identificar mensajes para saber qué hacer y procuro leer las señales. Yo no tengo suficientemente claro, a mi edad, cuál es la misión que vine a cumplir en este mundo y eso no solo es deplorable sino motivo de preocupación y vergüenza. Ahora que estoy a la deriva después de navegar cómodamente tantos años en el barco que naufragó, y cuando aún no he logrado prenderme de un tronco para evitar el naufragio definitivo, pienso seriamente hacia dónde voy, si voy, y si voy a llegar. Es como haber sido succionado por un agujero negro donde todo se diluye y la realidad es un misterio. Es una sensación desagradable.

Eugenio –y no creo que sea coincidencia- llega en un momento en que busco auxilio como el náufrago. No sé si lo dará, pero lo ofrece en un extraño reencuentro por redes sociales, como ocurre hoy, donde comparte nostalgias de nuestra vida en Candelaria, fotos, música, anécdotas y, finalmente, hoy cuando hablamos por teléfono me comparte un proyecto cultural para el Pacífico en el que cree que puedo participar con “una remuneración digna”. No hay detalles, pero es la segunda vez que se me menciona algo con remuneración en estos meses de desempleo. Las otras veces fueron guiños que no pasaron de la insinuación o el coqueteo. Más allá de eso, lo que se me muestra es un área de trabajo que no había explorado por fuera de las oficinas de redacción o de la burocracia y eso es como otro paradigma de vida. Lo que llamamos en esta crisis resiliencia o reinvención. Esa podría ser una tabla de salvación al naufragio, algo así como cuando un beduino tiene el espejismo de un oasis en el desierto.

Yo sinceramente creo que más allá de todo esto habrá un mañana y tengo fe en eso. A veces puedo parecer trascendental con la adversidad y la coyuntura. Sé que tengo que aprender a esperar y a confiar, esa es la otra enseñanza que me deja esto, pero me sigue atormentando la incertidumbre de la misión para la que fui traído. Tengo la certeza de que el camino no termina en esta vida, que esta apenas es una estación en el largo periplo por el universo, pero que sí es importante para dar el siguiente paso, porque hace parte del ciclo evolutivo completo y trascendental.

Por eso, no tener clara mi misión en este mundo me atormenta. No saber lidiar con esta coyuntura no ayuda a saberlo y aunque racionalmente lo sepa y busque equilibrio, emocionalmente no lo encuentro.

Busco mi misión que es como decir que trato de encontrarme conmigo mismo en la madurez de mis días, sospechando que la misión me había llegado desde temprana edad y la hice a un lado. Ahora que sé de la lucha interna de los Illuminati y los Gnósticos por el poder oculto del mundo, en medio del coronavirus, lo presiento. Pero no es hora de lamentaciones. Tengo el desafío de seguir adelante de la mejor manera posible y de sintonizarme con mi destino. Esta coyuntura sospecho que hace parte de ese proceso de reencuentro y vino para hacer un alto obligado a fin de reflexionar sobre la vida que llevamos, como está ocurriendo, supongo, con todos los que estamos en esta cuarentena.

Lo cierto es que se me revuelve todo en un sancocho de situaciones: soltar, dejar de lado lo que me pesa y atormenta, tanto lo material como lo emocional; volver a buscar por lo andando, reinventar, buscar no se sabe dónde; dejar que las aguas se aclaren y el barro se asiente, en fin… Superar la confusión va a ser un asunto mayor que la cuarentena.

4

Sin principio ni fin, mi pequeño mundo parece circular. Un nudo caprichoso se arma entre tiempo y espacio para atar y desatar coincidencias simples o complejas. Nada se muestra al azar. Lo que hago o me pasa en la sala tiene que ver con la habitación; lo que leo en el libro, con lo que veo en la televisión. La sinfonía del destino toca su melodía invisible en cada una de las cosas que toco, pienso o siento. Antes de que existan la comedia o la tragedia ya las siento y las presiento antes de que lleguen a mí. Ha ocurrido muchas veces gracias a un extraño oído interno que algunos llaman intuición.

En esta cuarentena esa negación del azar ha sido como una boca grande que me habla y se ríe, que juega conmigo como un duende que aparece aquí y se repite allá. Me da risa a veces cuando caigo en la nota, como en el concurso de televisión; risa de sorprenderme de que lo que estoy viendo, haciendo o leyendo en ese momento tiene como un lazo invisible de continuidad con lo que vi, hice o leí ayer. por distinta que sea la situación. Abro un libro al azar y el mensaje coincide con la propaganda que en ese momento hay en la televisión. Me ocurrió. Estoy pensando en algo y enseguida llega la canción. Digo lo que digo y el eco de otra voz me lo devuelve de alguna forma, como si insistiera en decirme algo.

Acabo de repasar una veintena de páginas de un pequeño libro al que volví esta mañana después de muchos años, ‘Viaje a Ixtlán’, de Carlos Castaneda, y de alguna manera se me armó una película de continuidad con Dark, la serie de Netflix a la que llegué anoche sobre el tiempo circular, intergeneracional o el intiempo, tal vez. Y ¡vaya coincidencia! que recibí en el celular una imagen de wasap con un mensaje de Einstein sobre la relatividad del tiempo. Entonces pienso, ¿qué tiene que ver todo esto con los mundos paralelos presuntamente existentes entre este plano y otros, que vi en películas como El Cielo sí existe, La cabaña, Perdidos en el espacio, Viajeros y otras más, a las que he llegado en los últimos días por alguna extraña convergencia?

El viejo Juan Matus con el que viaja Castaneda en Ixtlán me recuerda en sus relatos que el mundo es solo una representación en el cual todos construimos nuestra historia; que lo que vemos no existe como tal sino como imaginario y que está en nosotros borrar esa historia y conectarnos con el saber esencial. Él habla con las plantas, conoce sus secretos y ellas le hablan y le dan conocimiento. A Castaneda lo mete en una terapia de desaprender para volver a aprender, dejando atrás toda su historia y la arrogancia de su conocimiento, porque eso que él ha construido en su vida es solo una fachada, un muro inmenso que lo aleja de la realidad profunda y sobre el cual se han tejido mentiras y verdades -que para el caso son iguales-, que ni él mismo reconoce que existen. Lo pone en cuestión con su propia racionalidad que limita su capacidad de entendimiento y lo hace ver hacia adentro de sí para descubrir mejor la realidad que hay afuera, sin racionalizar nada, dejando que todo fluya naturalmente sin pensarlo, porque pensar que se piensa es un obstáculo mismo para el pensamiento, y en el mismo momento en que te percates de que estás pensando sobre algo, dejas de hacerlo, dejas de fluir, dejas de entender, dejas de ser y de aprender.

“Te tomas demasiado en serio, te das mucha importancia (…) y eso te da pretexto para molestarte con todo”, le dice don Juan a Castenada y le recuerda que en el curso de su vida “jamás había podido terminar nada” a causa de ese sentido de importancia desmedida que se daba. Por eso el viejo le advierte que “la arrogancia es otra cosa que hay que dejar, lo mismo que la historia personal”. Yo no lo podía creer, ¿cualquier relación con mi reflexión de hace unos días era pura coincidencia?

Cuando leí esto, lo único que hice fue reírme y pararme incrédulo en medio de la sala ante la tremenda similitud de estos mensajes con los que vengo repasando mi vida en cuarentena. Como cuando un mago te sorprende al sacar una paloma de tu propio bolsillo o la carta de la baraja en que pensaste, sin saber cómo. Qué ridículamente coincidente. Y, claro, lo que concluyo es que esto no es ninguna coincidencia y el destino se burla de mi arrogancia, que el tiempo puede ser uno solo y el Universo conspira y todo está siendo dado, así, de diversas maneras, para que lo pueda ver e interpretar, para que me vaya formando un mejor sentido de comprensión y de conciencia sobre todo lo que me está pasando y pueda mirar las situaciones en perspectiva con el fin de darme una mejor idea y, tal vez, un mejor papel en la novela de mi vida.

Con cierta frecuencia me veo en escenas que son como un ‘Déya vu’. Tengo la sensación y a veces la certeza de que muchas cosas que percibo ya las vi en otro momento. Y siento, también, que vivo a la vez en realidades distintas, en mundos paralelos en los que habito simultáneamente o me muevo de uno a otro en milésimas de segundos y, finalmente, no sé cuál es real y cuál es el sueño, o si ambos son reales o son un sueño los dos, y llega el momento en que no distingo claramente el uno del otro. Después, siento que despierto, aterrizo y procuro ubicarme en este que creo que es el real, pero no dejo de pensar que el otro también lo era y que tiene tanto sentido como este. Que mi vida está transcurriendo en ambos y que, en consecuencia, no tengo un solo espacio vital sino varios, que por dentro me caben varios mundos y que yo navego en ellos. Sí, así como un ‘Déja vu’, en algún instante de mi vigilia me desdoblo y paso de un plano en microsegundos a vivir alguna escena en el otro y regreso. Es un ejercicio relámpago de la mente, como una súbita distracción que me sacude por un instante y rápidamente vuelvo en mí, si es que acaso me he ido.

También pasa en el sueño, claro está, seguramente en un plano astral donde sabemos que tenemos experiencias propias de ese mundo o proyecciones de este plano físico. Y donde siento la provisión de un sinnúmero de mensajes, tal vez emanados de los guardianes de mi vida, que me hablan de esa manera sobre lo que me pasa o lo que debería hacer en este mundo terrenal. Porque todo tiene que ver con todo. Porque el tiempo es circular.

 5

Los caminos se habían cruzado. Yo me había encontrado tantas veces con el destino en esas citas invisibles que lograban que el plan desconocido se cumpliera y que siempre se diera el siguiente paso. Claro, esa mujer que alguna vez conocí y se me puso en el camino en una fiesta fortuita, en un encuentro de amigos, en una rueda de prensa frustrada, en una llamada contestada por casualidad. Esa mujer no llegó por casualidad. Realmente no sé bien cómo llegó, pero infiero que tenía que llegar, bien porque la precipitó el paso previo, o bien porque era necesaria para dar el siguiente paso. A lo mejor ambas. Llegó para quedarse o para despertar algo nuevo, para mostrar un camino, un sentido o ponerme en algún sitio. Creo que cada una fue una puntada necesaria en el tejido interminable de la vida y cruzar nuestros caminos debió tener algún propósito más allá de mi comprensión que, en algunos casos, apenas puedo ahora entender.

Lo mismo pasó con el amigo que me tendió su mano para sobrevivir a la adversidad e ir a la universidad, entrar a la radio, perderme en la rumba, volver al trabajo sin dejarme ir. O el que temprano me mostró otro camino de vida, seguramente uno de los caminos arcanos que nos es dable recorrer para trascender en esta vida.

Ese cruce de caminos es el tejido invisible que hace posible la expansión de la vida. Claro, cómo no lo había pensado. Si es que lo que somos y donde estamos es el resultado de esos cruces de caminos, que no es más que la construcción, paso a paso, de una inmensa telaraña en la que se entretejen cada una de las acciones y situaciones que vivimos. Lo hacemos inconscientemente, como si fuera un proceso natural marcado en nuestros genes y en las moléculas de la cultura social; lo aprendemos naturalmente y mediante el ejemplo. Tenemos que hacer una cosa para que venga la otra: comer para vivir, educarnos para saber, prepararnos para alcanzar un lugar o un puesto en la sociedad, cortejar para conseguir el amor. Una ley inexorable de causa y efecto, que es como una información genética que sienta una verdad categórica que no ponemos en cuestión, pero que no siempre racionalizamos como debe ser ni logramos manipular como un virus de laboratorio para que mute a otra cosa, o no mute y se destruya, o simplemente tengamos la habilidad de experimentar con él.  No, no lo hacemos de esa manera, pocos saben cómo hacerlo, creo, como no lo han podido hacer hasta ahora con el coronavirus. Pero lo cierto es que cada uno de nosotros somos un tejido inmenso construido en nuestro espacio y tiempo planetario y, quizás, sobre todo, en la dimensión del espíritu, esa esencia que va más allá de nuestra experiencia humana, que de alguna manera la determina y trasciende a ella. Pero sin consciencia de esto, tal vez, arrancamos y seguimos nuestro periplo.

Estaba pensando cómo he llegado a donde estoy (lo que no es mayor cosa) como lo haría cualquiera en su proceso vital en este mundo. Tomé una decisión de ser periodista y en qué momento la tomé. Qué vi o a quién vi y escuché. Sobre la motivación profunda de esa decisión no es el caso indagar ahora, sino sobre la decisión misma. La asumí, recuerdo, con determinación y me responsabilicé de ella hasta sus consecuencias. Era lo que quería que fuera y realmente me veía en el ejercicio de periodista, ocupando un espacio mío en ese mundo, creciendo en él, emulando paradigmas humanos y sociales que tenía e, incluso, superándolos, porque creía firmemente que podría hacerlo. 

Con esa decisión lo que hice fue activar una nueva creación mía en el campo de la potencialidad pura del universo, según las leyes espirituales de Chopra, provocando la eclosión, la fecundación para hacer que naciera un nuevo prospecto: si yo lo pienso, lo hago, asumo mi responsabilidad hasta el final, lo que garantiza su realización. Y, también, por ley de afinidades, voy propiciando encuentros, provocando mi cruce de caminos con otros, con otra situación para generar circunstancias, cada vez una nueva oportunidad de ir avanzando. Y esta puntada (como dicen las tejedoras) me permite dar la puntada siguiente (porque la naturaleza no da saltos) para armar las diferentes capas del tejido y que el tapete vaya tomando forma. 

Estoy considerando, por supuesto, cruces de caminos que son hitos en la vida, no solo de la vida lineal o secuencial que se edifica día a día como una pared de ladrillos, sino de los encuentros que realmente te cambian la vida, le dan un sentido o una dirección. Como el encuentro mismo con esta pandemia que a lo mejor no vino por casualidad, sino como parte de ese plan secreto que se cumple inexorablemente en mí, como en todos los demás.

 6

“Forzar gradualmente los ojos a ver por separado la misma imagen”: ese era el desafío que don Juan Matus imponía a Castaneda para enseñarle a identificar el lugar más conveniente en dónde estar o quedarse en un momento dado. Es decir, para tomar decisiones acertadas y ubicarse. Independizar cada ojo en una misma mirada es algo que biológicamente no parece posible, porque ambos funcionan en forma dependiente, coordinada y simultánea. Pero a lo mejor la técnica de lanzar miradas cortas y rápidas por el rabillo del ojo, una para un lado y otra para el otro, con el fin de atrapar imágenes diferentes de un objeto en una misma mirada, pudiera funcionar. Es algo que requiere mucha práctica y tiempo. 

Sin embargo, el mensaje del viejo Juan tiene un sentido más profundo y está relacionado con la necesidad de lograr “una percepción doble del mundo”, que nos da la posibilidad de “evaluar cambios en el entorno” que una sola mirada es incapaz de percibir. Lo he sabido, tal vez, aunque no siempre lo hago: A las cosas hay que echarles una doble mirada, repasarlas, volverlas a ver con una actitud más serena y detallada, casi que sentirlas con los ojos más que verlas, como dice el viejo Juan, porque más allá de la fotografía ocular hay un pálpito en la imagen, como un latido de corazón en el cerebro donde esa imagen se forma y da la otra información que va por dentro, invisible al ojo externo.

Como periodista sé que las primeras versiones requieren de contraste, que deben ser confirmadas y sometidas a otros criterios a fin de obtener una versión completa y veraz. Esa es la norma de conducta y debería serlo no solo para el ejercicio periodístico sino para el ejercicio de la vida. Las tres bardas que proponía considerar Sócrates antes de emitir un juicio o poner a correr un rumor (que sea verdadero, bueno o necesario) son vitales en este propósito. Pero, a menudo se olvida, sobre todo ahora que navegamos con frenesí en el piélago de las redes sociales.

Debo aceptar que muchas veces no me he detenido a contrastar, a confirmar, a darle una segunda mirada a algún mensaje recibido en el celular y, por el contrario, movido por la emoción del instante, lo he compartido sin mayor fórmula de juicio. Con ello lo que se evidencia es ligereza en la conducta y liviandad en el criterio, toda una irresponsabilidad que hizo parte de la vieja cultura de la ‘chiva’ o de salir primero con una noticia aún a riesgo de que no sea cierta, solamente por el afán de llegar antes en la competencia de informar.

A lo mejor, de esa cultura algo me quedó y mucho de ella sobrevive en los nuevos informantes de las redes sociales, donde no siempre se hace periodismo y la ética no parece un valor exigible y, antes bien, los ‘fakes’ son parte de una conducta antiética para la distorsión y la destrucción. Los intereses que ahora se defienden en la comunicación son otros.

Saber que, pese al rigor aprendido en la formación académica, suele colarse por las hendijas cierta irresponsabilidad en los actos, porque no tienen la doble mirada o no superan las bardas puestas por el filósofo, me hace ver como los necios que no se lavan las manos o salen a la calle sin tapabocas pese al coronavirus. Sí, con la diferencia que esta necedad no mata pronto en el intento, sino que acaba de a poco con la salud ética y moral. Casi que escucho a don Juan decirme ‘mentiroso’ como se lo dijo a Castaneda, que creía que toda su vida había sido ejemplo de rectitud, hasta que el brujo empezó por mostrarle que su acercamiento de antropólogo a él para saber de las plantas no era genuino sino interesado, y ese ya era un primer engaño. Imagínese usted qué tanto no habrá hecho un periodista a lo largo de su carrera para conseguir una información, incluso mentir un poco sobre su verdadero propósito o asumir una fachada para lograrlo, porque, claro, muchas veces el fin justifica los medios y estas son pequeñas mentirillas que no hacen daño a nadie y, por el contrario, sí mucho bien a la defensa del interés común que persigue. Eso decimos. No dejo de sentir un mea culpa por ello.

Cuando pienso en la angustia que me genera la cuarentena, o más bien, la falta de empleo, las deudas, la fatiga afectiva, emocional y la encrucijada profesional mientras repica en mí el eco de todo lo dicho por don Juan, no dejo de sentirme tan impotente y ridículo como el presumido Castaneda que va derribando sus muros y fachadas entre los chaparrales, camino a Ixtlán. 

 7

No sé si la pandemia llegó como parte de un inextricable proceso de enseñanza para hacernos más guerreros, pero me está ayudando, como a muchos, a recorrer ese camino. Una nueva forma de enseñanza y de aprendizaje para el conocimiento de una nueva realidad. Las aguas se aclaran y el barro se asienta, los grandes peces volvieron a los canales de Venecia, los animales a las autopistas de los carros y el horizonte se despeja para mostrarnos que los objetivos son distintos y las formas de lucha que emprendieron uno y otro lado de las ideologías no son correctas ni suficientes. Que hay otra verdad tras la realidad aparente y vive dentro y fuera de nosotros, porque el tiempo no es lineal sino circular y la cronología solo es una forma de contar.

Por eso es necesaria el alma del guerrero, así sea forjada por la fuerza como lo hace don Juan Matus con su alumno Castaneda o como el coronavirus lo hace con nosotros. No necesitamos las alucinaciones que la fantasía cuelga en los sueños del deseo para enajenarnos en esta vida ilusoria, de la misma manera que el alumno de don Juan tampoco necesitó el peyote que inicialmente buscaba para encontrar su alma de cazador.

¡Humm! Tengo fiebre –pienso– y me paso la mano por la frente. Pero la calentura está en otra parte, tal vez en el alma que se llena de angustia y en la respiración del aire caliente. Hago una pausa para pensar y recuerdo que hacerme consciente de que pienso significa una perturbación para el mismo proceso de pensamiento, ya que dejo de fluir y termino en la duda de la mente, en la amañada selección de las palabras a ver cuál es la más conveniente, en el pudor del que piensa. En nada.

Me quedo, entonces, detenido en el tiempo, como en el principio, hurgando en el silencio. Quiero saber del espíritu dubitativo que también ha vivido detrás de mi muro y me confundo en ese cruce de caminos entre la duda cartesiana que me enseñaron para acceder al conocimiento (para hacer periodismo), y su eliminación en la presunta certeza de la nueva intuición cognitiva de la realidad, de don Juan.

El dilema de dudar es saber cuándo dudar y cuándo no. El que lo piensa dos veces pierde y el que lo piensa de nuevo acierta. Esa parece ser la contradicción. Pero la realidad y cada situación en concreto podría darnos la posibilidad de escoger la mejor alternativa, pienso. Dudar de hacer algo cuando se tiene la cierta intuición de que debe hacerse o dudar de hacerlo cuando racionalmente no hay certeza y hay que mirar dos veces. He allí la cuestión.

De alguna manera la pandemia me ha puesto, de nuevo, esos dilemas e, incluso, a dudar de ella misma: sí existe en verdad o es un invento y si vino para bien o para mal. Si, como dicen, vino de manera más efectiva que una guerra nuclear para cambiar el orden del poder y de las cosas o llegó para matarnos de hambre y de miedo. Tal vez para probarnos que somos más vulnerables de lo que creemos o demostrarnos que podemos ser más fuertes de lo que pensamos. 

En todo caso, esos dilemas me notifican que no andamos ciertos por la vida, que las cosas no necesariamente son como las concebimos y que hay decisiones tomadas –bien a la ligera o bien en medio de la duda– que no son las que debieron ser. Que la indecisión puede o no ser una opción. Que acertamos y nos equivocamos, lo que es propio de nuestra condición humana, pero que la cuestión está en el proceso que surtimos para llegar a esas decisiones. No tenemos certeza en el proceso, en cuándo dudar y en cuándo no, y tal vez allí radique el problema más que en la decisión. Por supuesto, somos humanos con nuestras grandezas y miserias y eso influye en lo que decidimos, por lo cual –sin duda– también acertamos o nos equivocamos a propósito. Pero ya esto es más filosofía sobre la naturaleza humana para decidir.

Lo cierto es que esta cuarentena que vivimos obligada por el coronavirus –deliberada o espontánea, inducida por la mano humana o por la misma naturaleza– me ha puesto a dudar de todo, incluso de la duda misma, de la posición del hombre en el planeta y de la que ocupan los animales en él, ahora que viajan por las autopistas como ciudadanos y vuelven a los canales de Venecia como sus dueños submarinos. En el fondo, de lo que dudo aún más es de la comprensión del hombre y de su capacidad para derrotar todos sus virus... ¿O no?

 8

No pude soportar la paliza que me acababa de propinar don Juan Matus con su diatriba sobre la timidez inútil a Castaneda y quedé como desmayado en el sofá donde estaba. La fuerza vital del cuerpo se me fue de un tajo, el estómago se me apretó, las luces se me apagaron y el mundo se me vino encima. Me sentía sin piel, desnudo, al descubierto, sin nada de qué prenderme. Don Juan fue implacable con su latigazo sobre la timidez (que acaso he confundido con modestia): “Si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que solo existe en tus pensamientos”, y luego vino el segundo latigazo al recordar que “la timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres”. Me lo imaginaba revolcando el ego de Castaneda sobre los matorrales del cerro donde lo aleccionaba. A mí también me sacudía y me estaba dando la respuesta a toda la timidez y fala de determinación con que he afrontado los últimos años de mi vida. Sí, estaba en lo cierto, cada uno de mis actos ha debido ser mi última batalla sobre la tierra para que pudieran tener el poder que les corresponde. Pero, lamentablemente, solo han sido los actos de un hombre tímido

En el fondo, como su discípulo, yo también creía íntimamente tener todo el tiempo necesario para vivir y realizar mis proyectos, sin preocuparme de desperdiciar cualquier acto, cualquier instante, porque me consolaba saber que el hoy siempre tendrá un mañana. Entregar todo solo estaba reservado para los mayores desafíos –pensaba– y no valía la pena desperdiciar energía en lo que no debía. Lo que al parecer no había tenido claro siempre es que todo acto es una batalla importante y que hay que ejecutarlo como si fuera el último, porque es igual de significativo en el devenir de la vida y porque tal vez a mi vida no le quede más tiempo.

 “Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso”, porque a lo mejor “ninguno de nosotros tiene el tiempo suficiente y eso pone en cuestión nuestra continuidad y la realización de nuestros sueños en esta vida”. Y, tras este tercer latigazo, vino el cuarto: “si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué esperas, por qué titubeas para cambiar?”.

Durante el resto del día no tuve fuerzas para seguir escribiendo y ocupándome de mí. Me sentí deprimido, sin capacidad de rumiar el regaño que el viejo brujo me había propinado desde antes de yo nacer, cuando se lo infligió a Castaneda en 1961.

Se me vinieron a la memoria muchas cosas. El día en que Lino Manuel, mi padrino de confirmación, me llevó donde una bruja a que me leyera el tabaco y en medio de las bocanadas de humo que me pegaban en la cara y se deshacían en espiral, ella me dijo que “hombre tímido no disfruta de mujer bonita”. Que, en otras palabras, el problema no es de los otros, ni del destino, sino mío y que podría hacer y tener tanto como yo quisiera si me atrevía.

O el día en que como líder juvenil esperaba en la antesala de la oficina al diputado aquel que creía que yo podría ser un gran abogado y no hallaba qué decirle a su secretaría que parecía esperar una conversación. Ese día la líder que me llevaba --básica e imprudente como era, pero muy maternal-- entendió la situación y, como para enmendar, se atrevió a comentar que, aunque yo parecía bobo, no lo era, que, por el contrario, era muy inteligente, lo que pasa es que era callado. Pese a mi timidez, creo que la secretaría se sonrojó más que yo. No fue la última vez que no hubo palabras para una conversación. Ocurrió en otros momentos muchas veces. Así como muchas otras sí las hubo cuando la suerte estaba echada y sentía que la situación era determinante para mí. Don Juan tenía razón. En este último caso estaba asumiendo estos hechos como si fueran una batalla definitiva y con ello les daba poder a mis actos para sentenciar su realización y seguir adelante.

Pero mi timidez no era gratuita. Claro que tenía que ver con la represión educativa, con el castigo del látigo, el pavor a la trasgresión, con los miedos creados por un mal entendido respeto a las normas, con los fantasmas que rondaron siempre mi universo interno. Con una mal entendida prudencia que parecía limitar la iniciativa. Todo el procesamiento del mundo se quedaba inexpresivo en mi interior y alimentaba una dudosa burbuja de suficiencia, muda y desconfiada, incapaz de expresarse libremente.

Las frustraciones eran inevitables. ¿Por qué no hablé? ¿Por qué no le dije nada? ¿Yo lo sabía y por qué no lo dije? ¿Por qué no me atreví a hacerlo? ¿Por qué no entré? ¿Por qué no salí? ¿Por qué, por qué?, me recriminaba. Creo que sufría de pánico escénico, los nervios no me dejaban muchas veces decir y hacer lo que debía, algo que naturalmente era lo que los demás hacían. Ah, claro, pero cuando podía romper ese momento de pánico, cuando la suerte estaba echada, no había nada que me detuviera. Así como decía don Juan, era el acto investido de poder como si fuera la última batalla y todo el manto de miedo se caía y el verbo se despejaba.

El primer paso. Sí. El problema era el primer paso, porque una vez lanzado al agua no había alternativa, tenía que serenarme y nadar y, de seguro, no me iba a dejar ahogar. A menudo pensaba que era un acto de prudencia no irrumpir en alguna situación, que hacerlo podría ser impertinencia o parecer inoportuno si no era mi momento. Sentía, en efecto, la impertinencia de algunos cuando lo hacían, pero también la audacia de otros al irrumpir, con lo cual lograban la atención y hasta ganaban preeminencia. “El cielo es de los valientes y se toma por asalto”, le leí desde muy joven a un maestro místico. Pero yo había escogido el infierno de la timidez.

9

Así, pues, conquistarme, sin timidez, a mí mismo con mi verbo y lograr el exorcismo que persigo cuando vomito de mi estómago todo el daño que tengo, va a ser la mejor recompensa que alcance con este ejercicio de cuarentena, lo siento. Es un ejercicio de limpieza del cual, tal vez, debo cuidarme de que surja una nueva pretensión: la de sentirme más limpio, más humilde, más sincero o menos peor.

Pero, cuidado, que esto no deja de ser otra pretensión y por ese camino es posible volver a levantar el muro de equivocaciones que desde temprano construí en la vida y que voy demoliendo. Bueno, parte de la vida, porque también sería una mentira pretender que se ha destruido la mentira. Una falacia pretender que se ha repasado y exorcizado toda la existencia y que en apenas una cuarentena ya estamos más allá del alcance del demonio. No puedo aspirar a tanto. La pretensión tampoco es pasar al escenario de los ángeles, ni más faltaba, sino ser consciente de que entre ángeles y demonios hay seres humanos que pueden tener de lo uno de lo otro y deben saber llevarlos consigo y decantarse, construyendo, tal vez, el sendero interminable de su destino. Sin embargo, quiero celebrar en este breve retiro la conquista temprana de saberme más claro ante el espejo, más liviano que mi peso y menos porfiado que antes para abordar mis propias veleidades.

No soy un ser nuevo, todavía, (¿y quién dijo que deba serlo?) No creo que sea mejor, ni siquiera que ya esté mejor por dentro, pero vamos caminando. El solo hecho de parar la vida para mirar atrás y repasarla ya es un acto valiente y un logro importante.  Es la obligada sintonía de parar con el mundo, por la fuerza del virus, bajarle a la velocidad para no estrellarse, disfrutando del paisaje y, más bien, acelerar por dentro para meterse en la carrera interminable que va de los sentidos al espíritu, llevándose por delante la mentira, el miedo, la timidez, la arrogancia, la duda, la casualidad y el capricho del tiempo, como ha sido mi propia tentativa en esta cuarentena. Mirar la televisión como quién se mira a sí mismo; el libro, como quien se lee a sí mismo; el espejo del mundo, que nos devuelve la imagen del actor que somos en él.

Voy caminando despacio, por tramos, sin saber claramente hacia dónde, como lo hizo Castenada detrás de don Juan, sin tener ahora mismo un guía como el viejo brujo que parecía saberlo todo de la vida y de la muerte. Más aún, no sé si mañana caiga o me devuelva, me arrepienta y arroje los pasos al abismo porque ya no quiero el camino. Pero procuro que eso no me turbe, ni que la incertidumbre me preocupe, ni que el pasado me pese porque es una carga con la que no podría seguir. Más bien la pongo a un lado, que algún ser superior me ayude con ella o que se quede en la vera del camino si es que no me derrota, porque lo que tengo ahora es esto: lo que escribo, lo que exorcizo; el alivio que se siente después del vómito y que constituye mi único presente. Sin nada más en las manos, sin nada en los bolsillos, con el carro amohosándose en el garaje a la espera de que el banco venga por él. Con el trabajo en el limbo. Ya nada importa, ni siquiera el coronavirus. Este fue solo un pretexto para detener el tiempo en la habitación y salir a la sala a ver televisión y practicar el rito efuminante de las palabras. Para mecatear, también, como un niño. 


II. ENCONTRÁNDOME 

10

Llegué al banco semidesnudo, sin camisa, con un harapo de pantalón, y puse el cheque sobre el mostrador para que la cajera me lo hiciera efectivo. Lo deslizó con la mano hacia un lado y por allí se aproximó el mensajero del banco, tomó el cheque y lo firmó por detrás con una firma inmensa y números de gran tamaño. Entendí que su misión era ir a cambiarlo en otro banco. La cajera revisó de nuevo el cheque y vio que los valores no coincidían. En la parte superior derecha tenía la cifra de 7.000.000 y en mitad del documento aparecía 7.000. Entendimos -no sé por qué- que faltaba un cero, pero no quedaba bien agregárselo allí manualmente de parte nuestra. Sentí desolación y un gesto de “así no se puede cambiar” de parte de la cajera y el mensajero. En un abrir y cerrar de ojos el valor superior apareció tachado por una línea gruesa de marcador negro y alguien le propinó un rayón de arriba abajo al documento como una puñalada con lapicero que anulaba de una vez su valor de cambio. - Ah, hay que volver a que lo expidan de nuevo, pensé. 

Al fondo del banco vi al gerente-propietario y lo reconocí. Era un conocido a quien había prestado asesoría en comunicaciones en el pasado. Estaba sentado de lado y tenía una camiseta polo color fucsia; advertí que miró de reojo. Yo me fui hacia un lado del mostrador apenado y procurando que no me viera. Tenía, de pronto, en mi mano un recibo de consignación y escribía por el revés la cifra anulada de 7.000.000. El reverso del papel también era fucsia y yo escribía con tinta azul. Me percaté que no tenía camisa, que estaba semidesnudo y tal vez por eso me hice a un lado para que el gerente no me viera; sin embargo, de un momento a otro él estaba frente a mí, conmiserativo, preguntando qué pasó. Le expliqué lo sucedido y me dijo que trajera el cheque que él me lo firmaba. Me fui a una especie de vestier en el banco donde apareció mi camisa: un buzo azul turquí y un bluyín. Me vi al espejo totalmente calvo y me vestí apresurado...

Desperté del sueño desconcertado. ¿Por qué estaba semidesnudo? ¿Por qué no pude cambiar el cheque? ¿Por qué no coincidían los valores? ¿Los habían cambiado a propósito? ¿Por qué el gerente, amigo del pasado, era el dueño del banco? Era un banco pequeño, recuerdo. Vi rincones oscuros, cubículos inacabados y con trapos como pocilgas, pero tuve la impresión de que la empresa estaba en proceso de crecimiento y que, de todas maneras, tener un banco era un tremendo salto económico para alguien que había empezado desde abajo como comerciante. El ambiente se veía grisáceo y mi sensación interna era definitivamente angustiante: Otra vez un nuevo aplazamiento para meterle plata a esta pandemia que me tenía desnudo. Así me sentía en el sueño.

No sé si la frustración del cheque tenga que ver con la que tuve ayer con la DIAN. Tal vez sí y aquello fuera una proyección onírica. Mi hermano, que es mi contador, me dijo que definitivamente no podíamos reclamar el saldo a favor de la última declaración de renta, como lo había prometido el Gobierno en esta emergencia del coronavirus para ayudar a paliar las afugias económicas que tenemos por estos días. Contra toda promesa oficial, los requisitos eran engorrosos y no podíamos completarlos. Durante el último mes me había dedicado a llenar formularios para la reclamación, ver tutoriales de YouTube para poder diligenciarlos, buscar información financiera en mis correos electrónicos y mis archivos físicos desordenados; a llamar, a preguntar y pedir información a algunas entidades para consolidar las cifras declaradas. No las logré clarificar todas, pero mi contador pudo cuadrar el balance.

Cuando nos disponíamos a radicar la reclamación en la DIAN, alguien nos dijo que no bastaba con enviar los formularios diligenciados; que, si no teníamos una póliza de garantía, era necesario adjuntar los soportes de cada una de las retenciones de renta de los últimos cuatro años en los que arrastré un saldo a favor, a fin de que se pudiera hacer efectiva la devolución. Una misión imposible por ahora, porque habría que pedirlos a tantas dependencias oficiales y privadas que no me alcanzaría la cuarentena. Además, mi hermano contador me hizo caer en cuenta que dentro de tres meses hay que declarar renta de nuevo y a lo mejor para entonces yo aún no tenga plata y ese saldito a favor servirá para cruzar cuentas con la dirección de impuestos. O sea, nada por ahora. Tenía, pues, otro ‘cheque’ al que no le cuadran las cifras y que no se pudo cambiar. Otra esperanza frustrada.

Sentí como si un sino trágico merodeara todos mis asuntos. Una tras otra, las frustraciones se han ido sumando en esta cuarentena que ya suma 70 días. Un día antes de que empezara el encierro, en marzo, el pánico cundió por todas partes y las oficinas cerraron sus puertas de manera preventiva, como si el virus fuera a entrar por ellas. En la víspera del confinamiento yo tenía una cita de trabajo a las dos de la tarde en San Fernando que supuse que aliviaría la sequía laboral que me llegó con el Año Nuevo. Cuando llegué al lugar encontré un portón cerrado y una calle silenciosa. El vigilante callejero me dijo que no había nadie, que las puertas fueron cerradas al mediodía por temor al virus.

Un par de días después me escribió al WhatsApp una amiga a preguntarme si me interesaba el proyecto de una revista en una entidad oficial con una digna asignación mensual, lo cual me devolvió el alma al cuerpo porque las cuentas me llegaban, pero no los ingresos para pagarlas. Le respondí que sí y me dijo que ya me llamaba. Desde entonces espero que la llamada entre, como el célebre coronel espera cada viernes el arribo del correo a ver si llega la carta que le notifique su jubilación.

Semanas antes, me había aparecido a un homenaje a la ex gobernadora con la esperanza de lograr algún contacto que me permitiera emplearme de nuevo. Ya le había escrito a su funcionaria de confianza ofreciendo de nuevo mis servicios y supe que mi superior inmediato en aquel tiempo también había intercedido por mí. Me la encontré en el evento y me dijo: “mensaje recibido”. Fin del mensaje.

En los días previos me había llamado mi amigo Diego a advertirme que unos amigos suyos se iban a comunicar conmigo por recomendación suya, para proponerme una asesoría en comunicaciones en mi natal municipio de Candelaria, ya que habían ponderado positivamente el trabajo que hizo el equipo al que pertenecí en la gobernación que acababa de terminar, que estaba bien recomendado y esa asesoría era para mí. Esa llamada tampoco se produjo.

Y, como si fuera poco, no se volvió a decir nada de la asesoría que tan asegurada tenía para todo el año con una empresa de primer nivel en el departamento del Cauca, con el fin de apoyar la producción de un libro que haría para ellos una universidad sobre la riqueza ambiental de ese departamento. El último rayo de luz que iluminó este oscuro túnel de posibilidades fue el anuncio de Eugenio hace un mes, sobre un proyecto cultural para el Pacífico en el que me propuso participar como comunicador con “una remuneración digna”.

Como siento que vivo en dos planos cósmicos a la vez, en los que a veces no parezco distinguir entre la vigilia y el sueño, no sé qué de todo esto ha sido realidad y qué fantasía. No sé si tengo que volver con el cheque aumentado en un cero donde realmente faltan tres, para que mi amigo, el dueño del banco, me lo cambie sin problemas. Si hay otra manera de desbloquear el teléfono para que entren las llamadas; seguir esperando el correo, como el coronel, sin que me coja la jubilación en el intento o pedirle un trance de peyote al viejo Juan Matus para desdoblar mi cuerpo y construir la otra existencia donde se desaten todos los nudos de la historia y empezar a vivir una nueva realidad.

11

El 2 de julio de 1955 el vuelo 914 de Panamericam despegó del aeropuerto de Nueva York con 4 tripulantes y 57 pasajeros a bordo, y tres horas más tarde debía aterrizar en el aeropuerto de Miami. Pero nunca llegó. Treinta y siete años después, ese vuelo extraviado habría aterrizado en el aeropuerto de Caracas ante la incredulidad de Juan de la Corte, el controlador aéreo que lo tuvo en el radar y le abrió la pista a su aterrizaje. Para su asombro, el avión que se acercaba era un viejo McDonald Douglas DC-3 con hélices en vez de turbinas, un aparato obsoleto que hacía mucho había sido descontinuado de la aviación internacional. Antes de evacuar la aeronave, el controlador preguntó una vez más al piloto si tenía claro dónde estaba y que era 9 de septiembre de 1992. El piloto hizo un largo silencio y, cuando se disponía todo para la evacuación, respondió: ”No, aléjense, nos vamos”. Tomó la pista otra vez y decoló. De nuevo, no se volvió a saber del vuelo 914 de Panamericam.

Con esta historia me encontré en la habitación en una última mirada del celular antes de emprender ‘vuelo’ hacia la sala, durante una tarde dominical de lluvia en mi confinamiento. Un vuelo que se perdió en el tiempo y viajó al futuro en forma misteriosa. Dicen, sin versión oficial, que aterrizó en alguna parte después de su fallido regreso a Caracas y los viajeros volvieron a sus casas, aterrados porque el viaje misterioso que hicieron solo había tardado unas horas para ellos, cuando el mundo real al que volvieron se había movido 37 años terrestres hacia adelante.

Recordé de inmediato la desaparición, también misteriosa, el 8 de marzo de 2014, del vuelo MH370 de Malaysia Airlines que se dirigía a Pekín con 239 personas a bordo, incluidos 12 tripulantes, del cual nunca se volvió a saber nada, pese a la intensa búsqueda de años en ese misterioso corredor del Pacífico por compañías expertas con ayuda de los más modernos equipos de exploración.

En un comentario del primer video alguien dice -medio en serio, medio en broma- que las dimensiones del tiempo en la tierra se abren dos veces al año para acoger esos viajes al futuro o al pasado y, de inmediato, esto me trasladó al viaje que hace Claire Beauchamp o Claire Randall 200 años atrás en Outlander, la serie británica a la que -¡coincidencialmente!- llegué en la última semana. Ella, una enfermera inglesa en 1945 durante la segunda guerra mundial, viaja a una zona rural con su esposo y, en un extravío en un área rupestre, se aproxima a una inmensa piedra longitudinal, de cara plana como un pórtico cerrado, la toca y es absorbida por el túnel del tiempo. Se encuentra, de pronto, en la Escocia de 1743 envuelta en los levantamientos jacobitas que procuran el trono inglés. La historia que sigue, por supuesto, es bastante interesante.

Pero, de nuevo, la insistencia de los mensajes afines relacionados con los mundos paralelos, los saltos entre uno y otro, y los viajes en el tiempo volvían a mi presencia. Como diciendo: mira, aquí estoy ahora y he estado antes; voy a estar después y, aunque desaparezca, nunca me iré. Es posible ir y venir en la historia, volverla a vivir o adelantar su vivencia, porque finalmente todo se reduce a un eterno ahora. Porque el tiempo es circular y el mundo es apariencia, es el mero imaginario que tendemos como un telón para nuestra proyección, el cual puede caer en cualquier momento y volverse a tender con otra historia. O repasar la anterior, o la que viene. Ir y venir, que es como no morir en manos de un ciclo temporal. Eso he pensado.

La pregunta que me asalta es, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo? ¿Cuál es el mensaje que me traen los mensajeros del tiempo?

Ayer tuve otra experiencia vital que me devolvió en el tiempo. También en la cama, que se ha convertido en incubadora de revelaciones con la complicidad del celular, y esta vez a punto de abandonarlo a un lado porque me estaba venciendo el sueño, se abrió un video sobre los ‘pinealistas’ que es un movimiento empeñado en la activación de la glándula pineal, el ojo de Horus, el tercer ojo, o el secreto de la sabiduría de los antiguos egipcios, vedas y otras culturas anteriores.

Al ver de qué se trataba se me quitó el sueño. Me incorporé de lado y empecé a ver un programa de más de una hora llamado ‘No culpes a la noche’ y producido en Chile. En mi primera juventud, mi aproximación al gnosticismo me había familiarizado con el tema de la glándula pineal y todo lo que ella significa para la realización del ser humano en el ocultismo. El desarrollo y activación de esta glándula implica un trabajo interno muy intenso y de años, con técnicas de magia sexual y meditación que están lejos de nuestra cultura occidental. Pero, sorpresivamente, aquí se vendía un proceso de activación en semanas y, al parecer, diferente que no dejaba de despertar curiosidad. El punto es que siento la llegada de un mensaje que me quiere decir que hay una asignatura pendiente en el pénsum de mi existencia, que es también responsable de mi carrera inacabada.

¿Qué tal si estas señales de viajes me estén diciendo que estoy extraviado en el tiempo, que debo volver atrás para recuperar el tiempo perdido, como la novela de Marcel Proust?, me pregunté. ¿Qué tiene que ver esa novela conmigo? A lo mejor los mundos paralelos en los que a veces creo viajar en mi universo interior, los ‘Déja vu’ que he tenido y este mismo proceso de aparente regresión e inmersión interna que he vivido en esta cuarentena, me quieren decir cosas como que debo viajar atrás para ir adelante, que debo desaparecer para reaparecer en mi historia, que hay un viaje pendiente de realización, que no debe preocuparme la vida ni la muerte porque son simples pasos de tiempo. Pero que debo viajar.

¡Ah!, el viaje: ese es el asunto. Y el viajero: ese es el problema. Y los problemas que tiene el viajero para poder hacer el viaje: ese es el desafío. Tal vez por eso estoy aquí en este exorcismo, metido en este agujero del tiempo tratando de moverme a algún lado, de comprar un pasaje, de buscar un destino, de tomar un vuelo.

12

¡Vah!, pero sigo consumiendo inútilmente datos del celular y minutos de la vida en medio del calor implacable de la tarde, apenas soportado por el ventilador que tengo a la orilla de la cama. Ya no me apetece leer el periódico que llega cada día ni ver los noticieros de televisión y he preferido quedarme en la habitación. Había posteado lo que va de esta historia en redes sociales, había mirado los pocos comentarios que se hacían de ella, los trinos más recientes de otros, al azar, y fisgoneaba una que otra ventana de Facebook. Decido, al cabo, poner el smartphone a un lado con aprensión porque me parece que hay mucha banalidad y mucha vanidad en esos mensajes, un afán de figurar y de vender provocaciones, imágenes e ilusiones por las que cobran por ver. Pienso que pierdo mi tiempo y que nada tiene sentido. Quiero levantarme para darme un paseo por la sala, tomo de nuevo el celular y me aparece un video donde el escritor Mario Mendoza me habla como al oído --¡qué casualidad!--, sobre lo mismo que estoy sintiendo, con crudeza y claridad rotunda: “Hay que renunciar a los trabajos que no nos hacen felices. No hay que estar en una relación de pareja que no nos hace feliz. No hay que sostener un estatus si de pronto no lo podemos sostener. No le tenemos que tener miedo a la pobreza o a la necesidad, muchos de nuestros padres o abuelos pasaron guerras y fueron personas muy dignas en medio de la necesidad. El capitalismo nos hace creer que es casi que vergonzoso y no lo es. Lo que es vergonzoso es tener mucho dinero y ser un estúpido”.

¿Pero esto qué es?, me pregunté sorprendido, ya caído de nuevo sobre el lecho. “Lo fundamental no es la plata –seguía diciendo Mendoza--, lo fundamental es cuál es el sentido profundo de tu existencia y a eso tienes que entregarte”. Yo no podía separarme de la pantalla, el discurso del escritor había cautivado mi atención porque parecía estarme dando respuestas evidentes que, tal vez por serlo, yo no las veía claras por estar buscando razones más allá de lo evidente. “Algún día vamos a estar en un consultorio y te van a decir: cáncer, te quedan tres meses de vida. ¿Y de qué te agarras cuando sales?, ¿del dinero?, ¿de la fama?, ¿del prestigio?, ¿de qué te sirve tu ego allí?, absolutamente de nada, todo se pone en su justo lugar. Solo te queda el sentido profundo de tu vida”.

Me pongo a ver más sobre quién es verdaderamente el escritor de Satanás, su primera novela premiada en Barcelona, y encuentro que su logro literario es precisamente el testimonio de su prédica de dejar a un lado ese viejo cadáver que se carga en la vida y dejarse morir para cambiar. Mendoza, de familia acomodada, abandonó una promisoria carrera de Medicina con la que estaba complaciendo a su padre, para dedicarse a lo que realmente le gustaba que era leer y escribir. Se metió a estudiar filosofía y letras, pero le tocó salir del seno familiar e irse del norte de Bogotá a vivir en los suburbios del sur donde pasó todo tipo de penalidades, se relacionó con toda suerte de personas y logró finalmente sobrevivir y triunfar en lo que quería. Había muerto de su vida anterior para nacer a la nueva vida.

“Uno gasta la vida de tanto usarla y hay momentos de la existencia donde siente que está agotada, que ya no puede más y uno se repite de la misma manera, elije parejas similares, comete los mismos errores, parece dando vueltas y vueltas en un vértigo, en un laberinto interminable, hasta que hay un momento en que uno para y dice: no puedo más, no puedo seguir con esto; de alguna manera se siente uno fingiendo, siente uno que ese que ha sido durante tanto tiempo ya no es, y (sin embargo), hay gente que se dedica a defender ese cadáver, lo carga de por vida y le da miedo morirse. Yo le recomendaría a la gente: muérase, deje ese personaje atrás, no pasa nada, no tenga miedo, no le dé miedo morirse y reinvéntese con otras categorías, con otros gustos, con otros deseos, con otras formas de amar”.

Me quedé exquisitamente congelado, contemplativo, como hincado ante un oasis que de repente tenía al lado y, sin embargo, lo había tenido siempre sin darme cuenta. Corrí con el video a la sala, tomé el computador y lo volví a reproducir. Empecé a tomar nota y a deleitarme con cada frase que a veces me llegaba como un rayo de luz y otras veces como una espada en las entrañas.

Claro, en la vida tenemos que aprender a morirnos muchas veces, tantas como sean necesarias, para no repetirnos y caer en la fatiga del sinsentido. Así que, tras esta sentencia, lo que vendría enseguida sería saber cómo hacer para morirse. La respuesta fue contundente y la tenía un poema de un solo verso que Mendoza mismo se encontró un día entre sus lecturas: “Salta, ya aparecerá el piso”.

¡Uf! No podía más con tanta revelación. Tanta sabiduría resumida en tan poco, en apenas un verso que me sonaba a orden perentoria, a sentencia, a jaculatoria. Tanto ir y venir en la vida, tratando de escudriñar los secretos más íntimos en medio de fantasmas inasibles, evadiendo esos monstruos creados por la ira y la lujuria, alimentados por la codicia y el orgullo y tal vez ocultados por la pereza, que se desataban del abismo en mis noches de insomnio y en la soledad de los días. Tantas vueltas por los caminos de la vida y por los chaparrales imaginarios del camino a Ixtlán con don Juan Matus, y tantos ‘Déya vu’ jugando como un duende con mi realidad y mi fantasía, cuando la clave de todo la tenía esa ciencia de la inspiración que es la poesía.

 “Me di cuenta –dice el escritor-- que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el piso que nos corresponde”. Sí… No hay duda, no hay dilema ni pedantería, no hay miedo ni extravío en el tiempo. No hay verdad ni hay mentira. De eso me doy cuenta ahora que voy en el aire y estoy seguro que, tras el salto de esta cuarentena, habrá un piso esperándome.

 

 

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