Mi cuarentena 13

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Ya no me apetece leer el periódico que llega cada día ni ver los noticieros de televisión y he preferido quedarme en la habitación. Había posteado lo que va de esta historia en redes sociales, había mirado los pocos comentarios que se hacían de ella, los trinos más recientes de otros, al azar, y fisgoneaba una que otra ventana de Facebook. Decido, al cabo, poner el smartphone a un lado con aprensión porque me parece que hay mucha banalidad y mucha vanidad en esos mensajes, un afán de figurar y de vender provocaciones, imágenes e ilusiones por las que cobran por ver. Pienso que pierdo mi tiempo y que nada tiene sentido. Quiero levantarme para darme un paseo por la sala, tomo de nuevo el celular y me aparece un video donde el escritor Mario Mendoza me habla como al oído --¡qué casualidad!--, sobre lo mismo que estoy sintiendo, con crudeza y claridad rotunda: “Hay que renunciar a los trabajos que no nos hacen felices. No hay que estar en una relación de pareja que no nos hace feliz. No hay que sostener un estatus si de pronto no lo podemos sostener. No le tenemos que tener miedo a la pobreza o a la necesidad, muchos de nuestros padres o abuelos pasaron guerras y fueron personas muy dignas en medio de la necesidad. El capitalismo nos hace creer que es casi que vergonzoso y no lo es. Lo que es vergonzoso es tener mucho dinero y ser un estúpido”.

¿Pero esto qué es?, me pregunté sorprendido, ya caído de nuevo sobre el lecho. “Lo fundamental no es la plata –seguía diciendo Mendoza--, lo fundamental es cuál es el sentido profundo de tu existencia y a eso tienes que entregarte”. Yo no podía separarme de la pantalla, el discurso del escritor había cautivado mi atención porque parecía estarme dando respuestas evidentes que, tal vez por serlo, yo no las veía claras por estar buscando razones más allá de lo evidente. “Algún día vamos a estar en un consultorio y te van a decir: cáncer, te quedan tres meses de vida. ¿Y de qué te agarras cuando sales?, ¿del dinero?, ¿de la fama?, ¿del prestigio?, ¿de qué te sirve tu ego allí?, absolutamente de nada, todo se pone en su justo lugar. Solo te queda el sentido profundo de tu vida”.

Me pongo a ver más sobre quién es verdaderamente el escritor de Satanás, su primera novela premiada en Barcelona, y encuentro que su logro literario es precisamente el testimonio de su prédica de dejar a un lado ese viejo cadáver que se carga en la vida y dejarse morir para cambiar. Mendoza, de familia acomodada, abandonó una promisoria carrera de Medicina con la que estaba complaciendo a su padre, para dedicarse a lo que realmente le gustaba que era leer y escribir. Se metió a estudiar filosofía y letras, pero le tocó salir del seno familiar e irse del norte de Bogotá a vivir en los suburbios del sur donde pasó todo tipo de penalidades, se relacionó con toda suerte de personas y logró finalmente sobrevivir y triunfar en lo que quería. Había muerto de su vida anterior para nacer a la nueva vida.

“Uno gasta la vida de tanto usarla y hay momentos de la existencia donde siente que está agotada, que ya no puede más y uno se repite de la misma manera, elije parejas similares, comete los mismos errores, parece dando vueltas y vueltas en un vértigo, en un laberinto interminable, hasta que hay un momento en que uno para y dice: no puedo más, no puedo seguir con esto; de alguna manera se siente uno fingiendo, siente uno que ese que ha sido durante tanto tiempo ya no es, y (sin embargo), hay gente que se dedica a defender ese cadáver, lo carga de por vida y le da miedo morirse. Yo le recomendaría a la gente: muérase, deje ese personaje atrás, no pasa nada, no tenga miedo, no le dé miedo morirse y reinvéntese con otras categorías, con otros gustos, con otros deseos, con otras formas de amar”.

Me quedé exquisitamente congelado, contemplativo, como hincado ante un oasis que de repente tenía al lado y, sin embargo, lo había tenido siempre sin darme cuenta. Corrí con el video a la sala, tomé el computador y lo volví a reproducir. Empecé a tomar nota y a deleitarme con cada frase que a veces me llegaba como un rayo de luz y otras veces como una espada en las entrañas.

Claro, en la vida tenemos que aprender a morirnos muchas veces, tantas como sean necesarias, para no repetirnos y caer en la fatiga del sinsentido. Así que, tras esta sentencia, lo que vendría enseguida sería saber cómo hacer para morirse. La respuesta fue contundente y la tenía un poema de un solo verso que Mendoza mismo se encontró un día entre sus lecturas: “Salta, ya aparecerá el piso”.

¡Uf! No podía más con tanta revelación. Tanta sabiduría resumida en tan poco, en apenas un verso que me sonaba a orden perentoria, a sentencia, a jaculatoria. Tanto ir y venir en la vida, tratando de escudriñar los secretos más íntimos en medio de fantasmas inasibles, evadiendo esos monstruos creados por la ira y la lujuria, alimentados por la codicia y el orgullo y tal vez ocultados por la pereza, que se desataban del abismo en mis noches de insomnio y en la soledad de los días. Tantas vueltas por los caminos de la vida y por los chaparrales imaginarios del camino a Ixtlán con don Juan Matus, y tantos ‘Deya vu’ jugando como un duende con mi realidad y mi fantasía, cuando la clave de todo la tenía esa ciencia de la inspiración que es la poesía.

 “Me di cuenta –dice el escritor-- que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el piso que nos corresponde”. Sí…ahora lo veo. No hay duda, no hay dilema ni pedantería, no hay miedo ni extravío en el tiempo. No hay verdad ni hay mentira. De eso me doy cuenta ahora que voy en el aire repasando mi película y estoy seguro que, tras el brutal salto de esta cuarentena, habrá un piso esperándome.

 

 

Comentarios

  1. Da el primer paso con fe, no importa que no veas el camino completo, simplemente da el primer paso...

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