Mi cuarentena 12

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El 2 de julio de 1955 el vuelo 914 de Panamericam despegó del aeropuerto de Nueva York con 4 tripulantes y 57 pasajeros a bordo, y tres horas más tarde debía aterrizar en el aeropuerto de Miami. Pero nunca llegó. Treinta y siete años después, ese vuelo extraviado habría aterrizado en el aeropuerto de Caracas ante la incredulidad de Juan de la Corte, el controlador aéreo que lo tuvo en el radar y le abrió la pista a su aterrizaje. Para su asombro, el avión que se acercaba era un viejo McDonald Douglas DC-3 con hélices en vez de turbinas, un aparato obsoleto que hacía mucho había sido descontinuado de la aviación internacional. Antes de evacuar la aeronave, el controlador preguntó una vez más al piloto si tenía claro dónde estaba y que era 9 de septiembre de 1992. El piloto hizo un largo silencio y, cuando se disponía todo para la evacuación, respondió: ”No, aléjense, nos vamos”. Tomó la pista otra vez y decoló. De nuevo, no se volvió a saber del vuelo 914 de Panamericam.

Con esta historia me encontré en la habitación en una última mirada del celular antes de emprender ‘vuelo’ hacia la sala, durante una tarde dominical de lluvia en mi confinamiento. Un vuelo que se perdió en el tiempo y viajó al futuro en forma misteriosa. Dicen, sin versión oficial, que aterrizó en alguna parte después de su fallido regreso a Caracas y los viajeros volvieron a sus casas, aterrados porque el viaje misterioso que hicieron solo había tardado unas horas para ellos, cuando el mundo real al que volvieron se había movido 37 años terrestres hacia adelante.

Recordé de inmediato la desaparición, también misteriosa, el 8 de marzo de 2014, del vuelo MH370 de Malaysia Airlines que se dirigía a Pekín con 239 personas a bordo, incluidos 12 tripulantes, del cual nunca se volvió a saber nada, pese a la intensa búsqueda de años en ese misterioso corredor del Pacífico por compañías expertas con ayuda de los más modernos equipos de exploración.

En un comentario del primer video alguien dice -medio en serio, medio en broma- que las dimensiones del tiempo en la tierra se abren dos veces al año para acoger esos viajes al futuro o al pasado y, de inmediato, esto me trasladó al viaje que hace Claire Beauchamp o Claire Randall 200 años atrás en Outlander, la serie británica a la que -¡coincidencialmente!- llegué en la última semana. Ella, una enfermera inglesa en 1945 durante la segunda guerra mundial, viaja a una zona rural con su esposo y, en un extravío en un área rupestre, se aproxima a una inmensa piedra longitudinal, de cara plana como un pórtico cerrado, la toca y es absorbida por el túnel del tiempo. Se encuentra, de pronto, en la Escocia de 1743 envuelta en los levantamientos jacobitas que procuran el trono inglés. La historia que sigue, por supuesto, es bastante interesante.

Pero, de nuevo, la insistencia de los mensajes afines relacionados con los mundos paralelos, los saltos entre uno y otro, y los viajes en el tiempo volvían a mi presencia. Como diciendo: mira, aquí estoy ahora y he estado antes; voy a estar después y, aunque desaparezca, nunca me iré. Es posible ir y venir en la historia, volverla a vivir o adelantar su vivencia, porque finalmente todo se reduce a un eterno ahora. Porque el tiempo es circular y el mundo es apariencia, es el mero imaginario que tendemos como un telón para nuestra proyección, el cual puede caer en cualquier momento y volverse a tender con otra historia. O repasar la anterior, o la que viene. Ir y venir, que es como no morir en manos de un ciclo temporal. Eso he pensado.

La pregunta que me asalta es, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo? ¿Cuál es el mensaje que me traen los mensajeros del tiempo?

Ayer tuve otra experiencia vital que me devolvió en el tiempo. También en la cama, que se ha convertido en incubadora de revelaciones con la complicidad del celular, y esta vez a punto de abandonarlo a un lado porque me estaba venciendo el sueño, se abrió un video sobre los ‘pinealistas’ que es un movimiento empeñado en la activación de la glándula pineal, el ojo de horus, el tercer ojo, o el secreto de la sabiduría de los antiguos egipcios, vedas y otras culturas anteriores.

Al ver de qué se trataba se me quitó el sueño. Me incorporé de lado y empecé a ver un programa de más de una hora llamado ‘No culpes a la noche’ y producido en Chile. En mi primera juventud, mi aproximación al gnosticismo me había familiarizado con el tema de la glándula pineal y todo lo que ella significa para la realización del ser humano en el ocultismo. El desarrollo y activación de esta glándula implica un trabajo interno muy intenso y de años, con técnicas de magia sexual y meditación que están lejos de nuestra cultura occidental. Pero, sorpresivamente, aquí se vendía un proceso de activación en semanas y, al parecer, diferente que no dejaba de despertar curiosidad. El punto es que siento la llegada de un mensaje que me quiere decir que hay una asignatura pendiente en el pénsum de mi existencia, que es también responsable de mi carrera inacabada.

¿Qué tal si estas señales de viajes me estén diciendo que estoy extraviado en el tiempo, que debo volver atrás para recuperar el tiempo perdido, como la novela de Marcel Proust?, me pregunté. ¿Qué tiene que ver esa novela conmigo? A lo mejor los mundos paralelos en los que a veces creo viajar en mi universo interior, los ‘Deja vu’ que he tenido y este mismo proceso de aparente regresión e inmersión interna que he vivido en esta cuarentena, me quieren decir cosas como que debo viajar atrás para ir adelante, que debo desaparecer para reaparecer en mi historia, que hay un viaje pendiente de realización, que no debe preocuparme la vida ni la muerte porque son simples pasos de tiempo. Pero que debo viajar.

Ah!, el viaje: ese es el asunto. Y el viajero: ese es el problema. Y los problemas que tiene el viajero para poder hacer el viaje: ese es el desafío. Tal vez por eso estoy aquí en este exorcismo, metido en este agujero del tiempo tratando de moverme a algún lado, de comprar un pasaje, de buscar un destino, de tomar un vuelo.


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