Mi cuarentena 9

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No pude soportar la paliza que me acababa de propinar don Juan Matus con su diatriba sobre la timidez inútil a Castaneda y quedé como desmayado en el sofá donde estaba. La fuerza vital del cuerpo se me fue de un tajo, el estómago se me apretó, las luces se me apagaron y el mundo se me vino encima. Me sentía sin piel, desnudo, al descubierto, sin nada de qué prenderme. Don Juan fue implacable con su latigazo sobre la timidez (que acaso he confundido con modestia): “Si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que solo existe en tus pensamientos”, y luego vino el segundo latigazo al recordar que “la timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres”. Me lo imaginaba revolcando el ego de Castaneda sobre los matorrales del cerro donde lo aleccionaba. A mí también me sacudía y me estaba dando la respuesta a toda la timidez y fala de determinación con que he afrontado los últimos años de mi vida. Sí, estaba en lo cierto, cada uno de mis actos ha debido ser mi última batalla sobre la tierra para que pudieran tener el poder que les corresponde. Pero, lamentablemente, solo han sido los actos de un hombre tímido

En el fondo, como su discípulo, yo también creía íntimamente tener todo el tiempo necesario para vivir y realizar mis proyectos, sin preocuparme de desperdiciar cualquier acto, cualquier instante, porque me consolaba saber que el hoy siempre tendrá un mañana. Entregar todo solo estaba reservado para los mayores desafíos –pensaba– y no valía la pena desperdiciar energía en lo que no debía. Lo que al parecer no había tenido claro siempre es que todo acto es una batalla importante y que hay que ejecutarlo como si fuera el último, porque es igual de significativo en el devenir de la vida y porque tal vez a mi vida no le quede más tiempo.

 “Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso”, porque a lo mejor “ninguno de nosotros tiene el tiempo suficiente y eso pone en cuestión nuestra continuidad y la realización de nuestros sueños en esta vida”. Y, tras este tercer latigazo, vino el cuarto: “si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué esperas, por qué titubeas para cambiar?”.

Durante el resto del día no tuve fuerzas para seguir escribiendo y ocupándome de mí. Me sentí deprimido, sin capacidad de rumiar el regaño que el viejo brujo me había propinado desde antes de yo nacer, cuando se lo infligió a Castaneda en 1961.

Se me vinieron a la memoria muchas cosas. El día en que Lino Manuel, mi padrino de confirmación, me llevó donde una bruja a que me leyera el tabaco y en medio de las bocanadas de humo que me pegaban en la cara y se deshacían en espiral, ella me dijo que “hombre tímido no disfruta de mujer bonita”. Que, en otras palabras, el problema no es de los otros, ni del destino, sino mío y que podría hacer y tener tanto como yo quisiera si me atrevía.

O el día en que como líder juvenil esperaba en la antesala de la oficina al diputado aquel que creía que yo podría ser un gran abogado y no hallaba qué decirle a su secretaría que parecía esperar una conversación. Ese día la líder que me llevaba --básica e imprudente como era, pero muy maternal-- entendió la situación y, como para enmendar, se atrevió a comentar que, aunque yo parecía bobo, no lo era, que, por el contrario, era muy inteligente, lo que pasa es que era callado. Pese a mi timidez, creo que la secretaría se sonrojó más que yo. No fue la última vez que no hubo palabras para una conversación. Ocurrió en otros momentos muchas veces. Así como muchas otras sí las hubo cuando la suerte estaba echada y sentía que la situación era determinante para mí. Don Juan tenía razón. En este último caso estaba asumiendo estos hechos como si fueran una batalla definitiva y con ello les daba poder a mis actos para sentenciar su realización y seguir adelante.

Pero mi timidez no era gratuita. Claro que tenía que ver con la represión educativa, con el castigo del látigo, el pavor a la trasgresión, con los miedos creados por un mal entendido respeto a las normas, con los fantasmas que rondaron siempre mi universo interno. Con una mal entendida prudencia que parecía limitar la iniciativa. Todo el procesamiento del mundo se quedaba inexpresivo en mi interior y alimentaba una dudosa burbuja de suficiencia, muda y desconfiada, incapaz de expresarse libremente.

Las frustraciones eran inevitables. ¿Por qué no hablé? ¿Por qué no le dije nada? ¿Yo lo sabía y por qué no lo dije? ¿Por qué no me atreví a hacerlo? ¿Por qué no entré? ¿Por qué no salí? ¿Por qué, por qué?, me recriminaba. Creo que sufría de pánico escénico, los nervios no me dejaban muchas veces decir y hacer lo que debía, algo que naturalmente era lo que los demás hacían. Ah, claro, pero cuando podía romper ese momento de pánico, cuando la suerte estaba echada, no había nada que me detuviera. Así como decía don Juan, era el acto investido de poder como si fuera la última batalla y todo el manto de miedo se caía y el verbo se despejaba.

El primer paso. Sí. El problema era el primer paso, porque una vez lanzado al agua no había alternativa, tenía que serenarme y nadar y, de seguro, no me iba a dejar ahogar. A menudo pensaba que era un acto de prudencia no irrumpir en alguna situación, que hacerlo podría ser impertinencia o parecer inoportuno si no era mi momento. Sentía, en efecto, la impertinencia de algunos cuando lo hacían, pero también la audacia de otros al irrumpir, con lo cual lograban la atención y hasta ganaban preeminencia. “El cielo es de los valientes y se toma por asalto”, le leí desde muy joven a un maestro místico. Pero yo había escogido el infierno de la timidez.


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