Mi cuarentena 11

II

ENCONTRÁNDOME 

Llegué al banco semidesnudo, sin camisa, con un harapo de pantalón, y puse el cheque sobre el mostrador para que la cajera me lo hiciera efectivo. Lo deslizó con la mano hacia un lado y por allí se aproximó el mensajero del banco, tomó el cheque y lo firmó por detrás con una firma inmensa y números de gran tamaño. Entendí que su misión era ir a cambiarlo en otro banco. La cajera revisó de nuevo el cheque y vio que los valores no coincidían. En la parte superior derecha tenía la cifra de 7.000.000 y en mitad del documento aparecía 7.000. Entendimos -no sé por qué- que faltaba un cero, pero no quedaba bien agregárselo allí manualmente de parte nuestra. Sentí desolación y un gesto de “así no se puede cambiar” de parte de la cajera y el mensajero. En un abrir y cerrar de ojos el valor superior apareció tachado por una línea gruesa de marcador negro y alguien le propinó un rayón de arriba abajo al documento como una puñalada con lapicero que anulaba de una vez su valor de cambio. - Ah, hay que volver a que lo expidan de nuevo, pensé. 

Al fondo del banco vi al gerente-propietario y lo reconocí. Era un conocido a quien había prestado asesoría en comunicaciones en el pasado. Estaba sentado de lado y tenía una camiseta polo color fucsia; advertí que miró de reojo. Yo me fui hacia un lado del mostrador apenado y procurando que no me viera. Tenía, de pronto, en mi mano un recibo de consignación y escribía por el revés la cifra anulada de 7.000.000. El reverso del papel también era fucsia y yo escribía con tinta azul. Me percaté que no tenía camisa, que estaba semidesnudo y tal vez por eso me hice a un lado para que el gerente no me viera; sin embargo, de un momento a otro él estaba frente a mí, conmiserativo, preguntando qué pasó. Le expliqué lo sucedido y me dijo que trajera el cheque que él me lo firmaba. Me fui a una especie de vestier en el banco donde apareció mi camisa: un buzo azul turquí y un bluyín. Me vi al espejo totalmente calvo y me vestí apresurado...

Desperté del sueño desconcertado. ¿Por qué estaba semidesnudo? ¿Por qué no pude cambiar el cheque? ¿Por qué no coincidían los valores? ¿Los habían cambiado a propósito? ¿Por qué el gerente, amigo del pasado, era el dueño del banco? Era un banco pequeño, recuerdo. Vi rincones oscuros, cubículos inacabados y con trapos como pocilgas, pero tuve la impresión de que la empresa estaba en proceso de crecimiento y que, de todas maneras, tener un banco era un tremendo salto económico para alguien que había empezado desde abajo como comerciante. El ambiente se veía grisáceo y mi sensación interna era definitivamente angustiante: Otra vez un nuevo aplazamiento para meterle plata a esta pandemia que me tenía desnudo. Así me sentía en el sueño.

No sé si la frustración del cheque tenga que ver con la que tuve ayer con la DIAN. Tal vez sí y aquello fuera una proyección onírica. Mi hermano, que es mi contador, me dijo que definitivamente no podíamos reclamar el saldo a favor de la última declaración de renta, como lo había prometido el Gobierno en esta emergencia del coronavirus para ayudar a paliar las afugias económicas que tenemos por estos días. Contra toda promesa oficial, los requisitos eran engorrosos y no podíamos completarlos. Durante el último mes me había dedicado a llenar formularios para la reclamación, ver tutoriales de Youtube para poder diligenciarlos, buscar información financiera en mis correos electrónicos y mis archivos físicos desordenados; a llamar, a preguntar y pedir información a algunas entidades para consolidar las cifras declaradas. No las logré clarificar todas, pero mi contador pudo cuadrar el balance.

Cuando nos disponíamos a radicar la reclamación en la DIAN, alguien nos dijo que no bastaba con enviar los formularios diligenciados; que, si no teníamos una póliza de garantía, era necesario adjuntar los soportes de cada una de las retenciones de renta de los últimos cuatro años en los que arrastré un saldo a favor, a fin de que se pudiera hacer efectiva la devolución. Una misión imposible por ahora, porque habría que pedirlos a tantas dependencias oficiales y privadas que no me alcanzaría la cuarentena. Además, mi hermano contador me hizo caer en cuenta que dentro de tres meses hay que declarar renta de nuevo y a lo mejor para entonces yo aún no tenga plata y ese saldito a favor servirá para cruzar cuentas con la dirección de impuestos. O sea, nada por ahora. Tenía, pues, otro ‘cheque’ al que no le cuadran las cifras y que no se pudo cambiar. Otra esperanza frustrada.

Sentí como si un sino trágico merodeara todos mis asuntos. Una tras otra, las frustraciones se han ido sumando en esta cuarentena que ya suma 70 días. Un día antes de que empezara el encierro, en marzo, el pánico cundió por todas partes y las oficinas cerraron sus puertas de manera preventiva, como si el virus fuera a entrar por ellas. En la víspera del confinamiento yo tenía una cita de trabajo a las dos de la tarde en San Fernando que supuse que aliviaría la sequía laboral que me llegó con el Año Nuevo. Cuando llegué al lugar encontré un portón cerrado y una calle silenciosa. El vigilante callejero me dijo que no había nadie, que las puertas fueron cerradas al mediodía por temor al virus.

Un par de días después me escribió al whatsapp una amiga a preguntarme si me interesaba el proyecto de una revista en una entidad oficial con una digna asignación mensual, lo cual me devolvió el alma al cuerpo porque las cuentas me llegaban, pero no los ingresos para pagarlas. Le respondí que sí y me dijo que ya me llamaba. Desde entonces espero que la llamada entre, como el célebre coronel espera cada viernes el arribo del correo a ver si llega la carta que le notifique su jubilación.

Semanas antes, me había aparecido a un homenaje a la ex gobernadora con la esperanza de lograr algún contacto que me permitiera emplearme de nuevo. Ya le había escrito a su funcionaria de confianza ofreciendo de nuevo mis servicios y supe que mi superior inmediato en aquel tiempo también había intercedido por mí. Me la encontré en el evento y me dijo: “mensaje recibido”. Fin del mensaje.

En los días previos me había llamado mi amigo Diego a advertirme que unos amigos suyos se iban a comunicar conmigo por recomendación suya, para proponerme una asesoría en comunicaciones en mi natal municipio de Candelaria, ya que habían ponderado positivamente el trabajo que hizo el equipo al que pertenecí en la gobernación que acababa de terminar, que estaba bien recomendado y esa asesoría era para mí. Esa llamada tampoco se produjo.

Y, como si fuera poco, no se volvió a decir nada de la asesoría que tan asegurada tenía para todo el año con una empresa de primer nivel en el departamento del Cauca, con el fin de apoyar la producción de un libro que haría para ellos una universidad sobre la riqueza ambiental de ese departamento. El último rayo de luz que iluminó este oscuro túnel de posibilidades fue el anuncio de Eugenio hace un mes, sobre un proyecto cultural para el Pacífico en el que me propuso participar como comunicador con “una remuneración digna”.

Como siento que vivo en dos planos cósmicos a la vez, en los que a veces no parezco distinguir entre la vigilia y el sueño, no sé qué de todo esto ha sido realidad y qué fantasía. No sé si tengo que volver con el cheque aumentado en un cero donde realmente faltan tres, para que mi amigo, el dueño del banco, me lo cambie sin problemas. Si hay otra manera de desbloquear el teléfono para que entren las llamadas; seguir esperando el correo, como el coronel, sin que me coja la jubilación en el intento o pedirle un trance de peyote al viejo Juan Matus para desdoblar mi cuerpo y construir la otra existencia donde se desaten todos los nudos de la historia y empezar a vivir una nueva realidad.


Comentarios

  1. Cuando los nudos se desatan todo se alinea con una inefable coherencia que nos sorprende el tejido que el universo mismo construye por nosotros a partir de la fusión de los pasos acumulados en nuestra breve pero profunda historia humana y los sueños que alimentamos a solas y ocultamos a todos por temor a ser diagnosticados con la locura de la utopía. La Oruga nunca cesa en su lucha hasta transformarse en colorida mariposa al vencer las ataduras que parecían imposibles. Asi mismo, la confianza en nuestro talento, la seguridad de que lo vamos a intentar una y otra vez hasta lograrlo y la fe en que así sucederá tornan posible lo imposible. El paradigma ha cambiado: antes, pedíamos "ver para creer". Hoy sabemos que "si lo crees, lo creas".

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  2. Dar las gracias, una y otra vez, por cada cosa que nos pasa, que tenemos, por mínima que nos parezca, siempre gracias. Es un buen ejercicio para abrir puertas, no solo físicas, sino energéticas. Dar las gracias, incluso por lo que no ha llegado, pero está por llegar. Coincido en que "si lo crees, lo creas". Abrazo

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