Mi cuarentena 13
12
Ya no me apetece
leer el periódico que llega cada día ni ver los noticieros de televisión y he
preferido quedarme en la habitación. Había posteado lo que va de esta historia
en redes sociales, había mirado los pocos comentarios que se hacían de ella,
los trinos más recientes de otros, al azar, y fisgoneaba una que otra ventana
de Facebook. Decido, al cabo, poner el smartphone a un lado con aprensión
porque me parece que hay mucha banalidad y mucha vanidad en esos mensajes, un
afán de figurar y de vender provocaciones, imágenes e ilusiones por las que
cobran por ver. Pienso que pierdo mi tiempo y que nada tiene sentido. Quiero
levantarme para darme un paseo por la sala, tomo de nuevo el celular y me
aparece un video donde el escritor Mario Mendoza me habla como al oído --¡qué
casualidad!--, sobre lo mismo que estoy sintiendo, con crudeza y claridad
rotunda: “Hay que renunciar a los trabajos que no nos hacen felices. No hay que
estar en una relación de pareja que no nos hace feliz. No hay que sostener un
estatus si de pronto no lo podemos sostener. No le tenemos que tener miedo a la
pobreza o a la necesidad, muchos de nuestros padres o abuelos pasaron guerras y
fueron personas muy dignas en medio de la necesidad. El capitalismo nos hace
creer que es casi que vergonzoso y no lo es. Lo que es vergonzoso es tener
mucho dinero y ser un estúpido”.
¿Pero esto qué es?, me pregunté sorprendido, ya caído
de nuevo sobre el lecho. “Lo fundamental no es la plata –seguía diciendo
Mendoza--, lo fundamental es cuál es el sentido profundo de tu existencia y a
eso tienes que entregarte”. Yo no podía separarme de la pantalla, el discurso
del escritor había cautivado mi atención porque parecía estarme dando
respuestas evidentes que, tal vez por serlo, yo no las veía claras por estar
buscando razones más allá de lo evidente. “Algún día vamos a estar en un
consultorio y te van a decir: cáncer, te quedan tres meses de vida. ¿Y de qué
te agarras cuando sales?, ¿del dinero?, ¿de la fama?, ¿del prestigio?, ¿de qué
te sirve tu ego allí?, absolutamente de nada, todo se pone en su justo lugar.
Solo te queda el sentido profundo de tu vida”.
Me pongo a ver más sobre quién es verdaderamente el
escritor de Satanás, su primera novela premiada en Barcelona, y encuentro que su
logro literario es precisamente el testimonio de su prédica de dejar a un lado
ese viejo cadáver que se carga en la vida y dejarse morir para cambiar.
Mendoza, de familia acomodada, abandonó una promisoria carrera de Medicina con
la que estaba complaciendo a su padre, para dedicarse a lo que realmente le
gustaba que era leer y escribir. Se metió a estudiar filosofía y letras, pero
le tocó salir del seno familiar e irse del norte de Bogotá a vivir en los
suburbios del sur donde pasó todo tipo de penalidades, se relacionó con toda
suerte de personas y logró finalmente sobrevivir y triunfar en lo que quería.
Había muerto de su vida anterior para nacer a la nueva vida.
“Uno gasta la vida de tanto usarla y hay momentos de
la existencia donde siente que está agotada, que ya no puede más y uno se
repite de la misma manera, elije parejas similares, comete los mismos errores,
parece dando vueltas y vueltas en un vértigo, en un laberinto interminable,
hasta que hay un momento en que uno para y dice: no puedo más, no puedo seguir
con esto; de alguna manera se siente uno fingiendo, siente uno que ese que ha
sido durante tanto tiempo ya no es, y (sin embargo), hay gente que se dedica a
defender ese cadáver, lo carga de por vida y le da miedo morirse. Yo le
recomendaría a la gente: muérase, deje ese personaje atrás, no pasa nada, no
tenga miedo, no le dé miedo morirse y reinvéntese con otras categorías, con
otros gustos, con otros deseos, con otras formas de amar”.
Me quedé exquisitamente congelado, contemplativo,
como hincado ante un oasis que de repente tenía al lado y, sin embargo, lo
había tenido siempre sin darme cuenta. Corrí con el video a la sala, tomé el
computador y lo volví a reproducir. Empecé a tomar nota y a deleitarme con cada
frase que a veces me llegaba como un rayo de luz y otras veces como una espada
en las entrañas.
Claro, en la vida tenemos que aprender a morirnos
muchas veces, tantas como sean necesarias, para no repetirnos y caer en la
fatiga del sinsentido. Así que, tras esta sentencia, lo que vendría enseguida
sería saber cómo hacer para morirse. La respuesta fue contundente y la tenía un
poema de un solo verso que Mendoza mismo se encontró un día entre sus lecturas:
“Salta, ya aparecerá el piso”.
¡Uf! No podía más con tanta revelación. Tanta sabiduría
resumida en tan poco, en apenas un verso que me sonaba a orden perentoria, a
sentencia, a jaculatoria. Tanto ir y venir en la vida, tratando de escudriñar
los secretos más íntimos en medio de fantasmas inasibles, evadiendo esos
monstruos creados por la ira y la lujuria, alimentados por la codicia y el
orgullo y tal vez ocultados por la pereza, que se desataban del abismo en mis
noches de insomnio y en la soledad de los días. Tantas vueltas por los caminos
de la vida y por los chaparrales imaginarios del camino a Ixtlán con don Juan
Matus, y tantos ‘Deya vu’ jugando como un duende con mi realidad y mi fantasía,
cuando la clave de todo la tenía esa ciencia de la inspiración que es la
poesía.
“Me di cuenta –dice el escritor-- que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el piso que nos corresponde”. Sí…ahora lo veo. No hay duda, no hay dilema ni pedantería, no hay miedo ni extravío en el tiempo. No hay verdad ni hay mentira. De eso me doy cuenta ahora que voy en el aire repasando mi película y estoy seguro que, tras el brutal salto de esta cuarentena, habrá un piso esperándome.
Da el primer paso con fe, no importa que no veas el camino completo, simplemente da el primer paso...
ResponderEliminar