El aguinaldo del CAM
El pasado fin de semana descubrió un
nuevo regalo al pie del árbol de Navidad; una caja de buen tamaño forrada en un
papelillo color verde botella con una franja roja como el vestido de Papá Noel.
Saltó de emoción y miró la tarjeta para ver si era para ella, pero no sabe
leer. Sin embargo, imaginó que el regalo era suyo y conminó al papá a que le
leyera para quién era y quién lo enviaba. “De Santa para Emily”, decía la
tarjeta.
Ocho días antes había descubierto otro regalo
bajo las ramas decoradas del árbol e imaginó que también era para ella. Y hace
quince días fue ella quien, motivada por los primeros paquetes decorativos que
fueron apareciendo en este tesoro navideño, decidió empacar sus propios
juguetes en bolsas plásticas para ponerlos como sus presentes en esa lluvia de
obsequios, con papelitos que me pidió que le marcara con los nombres del papá,
el tío, la abuela, el abuelo y hasta las novias de la casa.
Todo este tiempo no ha dejado de dar
vueltas por el árbol como un felino a la espera del momento oportuno para
propinar el zarpazo. Pero tiene prohibido destapar los regalos antes de que
llegue el Niño Dios. Su curiosidad la incitó a proponerme que le abriéramos un
huequito, “pequeño no más”, al regalo más grande para ver qué había adentro.
Tomó otro paquete y lo sacudió cerca al oído como un barman preparando un
coctel y adivinó que eran unos zapatos. Pero sabe que debe esperar hasta la
nochebuena y parece que eso le quita el sueño.
Después de tantas navidades y del duro
látigo de un año que nos dio una pela para enseñarnos cuáles son los verdaderos
regalos de la vida -esos por los cuales vale la pena sembrar el árbol de
esperanzas-, creo que me daba envidia de la emoción que sentía Emily cada vez
que se inclinaba a acariciar los regalos al pie del árbol.
Y aunque a estas alturas del tiempo y la
lección que nos dio la pandemia realmente no espero ni un par de medias de Papá
Noel, tampoco esperaba un regalito como el que hoy nos está dando el papá del
CAM y su veintena de apóstoles.
A poco de explotar la pólvora que abunda
por todas partes, pese a su prohibición, anunciando que el Niño ha nacido ya, nos
estamos enterando que al árbol de la esperanza le faltaba un regalito que no
habíamos pedido, que llegó de pronto enviando con sigilo desde el CAM. Que no
figuraba en nuestra carta de peticiones navideñas, pero que generosamente
nuestro venerado Santa decidió incluir en el paquete de presentes de este año “para
gozo y dicha de los mortales”. Es decir, nosotros.
Supimos que lo que pasa es que el
paraíso celestial en el que vivimos está tan necesitado de nuestro auxilio y
amparo antes que nosotros del auxilio y amparo suyo, que esta vez la lluvia de
regalos debe caer también del bolsillo de los ciudadanos para regar el jardín
de la amada Cali, a manera de bienhechor rocío como impuesto santo.
No estaba en los gozos de la novena de
aguinaldos, pero se coló entre ellos desde el pasado sábado, cuando el regalo
llegó al Concejo a manera de proyecto de acuerdo, mientras las hordas
ciudadanas andaban en el centro de la ciudad, de espaldas a la realidad,
buscando lo que no les hace falta en el comercio navideño, incluido el
coronavirus.
¡Es un paquete de alivios que ayudaría a
mitigar la angustia del desempleo y las carencias que nos dejó la pandemia!,
llegamos a pensar. Por fin, un fruto en el árbol de regalos al que no
alcanzaron a llegar los subsidios oficiales del ingreso solidario o de las
cajas de compensación familiar. Ni siquiera la devolución del IVA ni los saldos
a favor facturados a la DIAN. Nada había llegado, más que el virus. Pero ahora
parecía distinto. Nuestro Santa del CAM se había apiadado de nosotros y nos
había preparado un paquete de beneficios que, seguro, mitigarían la angustia de
una larga jornada de padecimientos en el mejor momento del año. Qué bueno, ya
era justo.
Merodeamos por el árbol, como Emily,
como felinos a la espera del zarpazo, ansiosos de saciar nuestra sed de
curiosidad para saber qué había adentro. Sacudimos el regalo como un barman y
empezamos a ver cómo caían los caramelos: Impuesto de industria y comercio a
las tecnologías de la información y comunicaciones (a la economía naranja), era
uno. Incremento del 5% al tributo de los espectáculos públicos y deportivos,
era otro. Estampillas Procultural y
Prodesarrollo a la compra y venta de energía, que la encarece para Emcali y,
por supuesto para todos nosotros. ¡Imagínese, veinte mil millones de pesos más
al año!
También cayó el caramelo de la
publicidad visual exterior y el de la plusvalía que se engulleron unos cuantos,
en los últimos ocho años: como $300 mil millones de pesos.
Bueno, parece que hay más caramelos
sorpresa, pero de pronto esta semana ya el árbol tenía nuevos frutos, de esos
agridulces, menos dulces que el desamargado.
Sospecho que, con este último, la fiesta
de aguinaldos de esta noche se nos aguó, que muchos no vamos a querer destapar
los regalos y vamos a tener que cantar la novena con nostalgia, porque se nos
está oscureciendo la economía naranja y se nos encareció el espectáculo.
Y como en su jaculatoria incondicional
el Concejo parece decirle al alcalde: “todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de
la burocracia y nada te será negado”, entonces el milagro de la mini reforma
tributaria del CAM habrá dado a luz para bien de “esta humanidad agobiada y
doliente”.
Pero qué cuentos. Esta noche me inclinaré sobre el árbol de aguinaldos con Emily, meteré la mano y le ayudaré a destapar los regalos, y espero que ya tengan los impuestos saldados por el Niño de Dios.
CALI 24 HORAS, diciembre 24 de 2020
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