La nueva normalidad
Por Luiyith Melo García
Cada vez parece más claro que el mundo y
nosotros ya no volveremos a ser los mismos de antes. Quienes tenían la
esperanza de que con el cambio de año y con la cercanía de una vacuna capaz de
prevenirlo y combatirlo, el coronavirus que nos llegó en 2020 se iría pronto,
pueden empezar a dudar.
Dicen los que saben que tardaremos un
buen tiempo en lograr la inmunidad de rebaño como para que el virus deje de ser
una epidemia y un riesgo generalizado, pero que, de todas maneras, el bicho
seguirá entre nosotros, a lo mejor solo tan peligroso como un fuerte resfriado.
Pero lo que sí dudo que se vaya es la nueva
realidad que nos trajo, con el cambio de hábitos, prácticas y costumbres
adoptadas para evitar su contagio, porque para mal o para bien, nos hizo
descubrir una nueva forma de llevar la vida con aislamiento, que nos está
resultando interesante y productiva.
Esa ‘nueva normalidad’ que hemos
empezado a reconocer y aceptar, debido a las medidas restrictivas que cada semana
nos imponen los gobiernos --porque el virus arrecia, las UCI no dan abasto y la
indisciplina de algunos nos ponen en riesgo a todos--, es una nueva realidad.
Nada qué hacer. Y en ella hemos descubierto la capacidad que tenemos las
especies planetarias para adaptarnos a las circunstancias y sobrevivir a ellas.
El roce social físico nos resulta cada
vez menos necesario porque, contrario a lo que teníamos como cierto, hoy
implica un riesgo para la salud cuando hasta hace un año era una condición de
salud mental, emocional y crecimiento personal.
¿Será que la naturaleza quiere ensayar
una nueva etapa en el proceso evolutivo de la especie humana y nos está
cambiando los paradigmas a partir de la pandemia? ¿Es necesario que demos otro
paso en la forma de ser, hacer y relacionarnos para encontrar qué cosa o lograr
qué objetivos?
Lo cierto es que las dinámicas sociales
cambiaron y con ellas las lógicas de la familia, los amigos, el trabajo, la
comunicación, la economía y el gobierno, entre muchos otros aspectos.
En marzo pasado nos encerraron por
cuatro meses y fue un suplicio, una presión física, emocional y económica
desesperante. Cuando soltaron las amarras respiramos un par de meses y
empezaron los aislamientos selectivos y aislamientos inteligentes para
desarrollar nuestras actividades: el pico y cédula, la ley seca y el toque de
queda. Las compras virtuales, los inexorables trámites por internet, la
telemedicina, la prohibición de ir a las aulas y las oficinas, y más bien
estudiar y trabajar desde la casa. Las interminables reuniones por Team y Zoom.
Y aunque al principio la tecnología nos
dio duro, nos fuimos acostumbrando porque no teníamos opción. Era eso o nada.
Así que fuimos adaptando nuestra cotidianidad a las restricciones, a nuevos
horarios de salida y de llegada, a los días en que podemos ir al supermercado y
al banco donde ya no hay necesidad de ir.
Nos metimos de lleno en el teletrabajo y
nos estamos acostumbrando. Diría que nos ha gustado tanto, que trabajamos más y
con mayor gusto. Hemos descubierto, nosotros y las empresas, que el trabajo
desde casa es una de las mejores experiencias de productividad y transformación
que nos deja la pandemia.
Ya nos estamos acostumbrando a visitar
la familia extendidas en intervalos más largos
A reunirnos por Zoom o por WhatsApp, a
seguir por streaming los conciertos y eventos que antes disfrutábamos en deliciosa
aglomeración.
A guardar el ropero, porque de nada nos
sirven las últimas pintas que no podemos lucir. Y los ‘shorts’, pantalonetas y
camisetas son más propicios para estar en casa. También las chanclas y los crocs
resultan mucho más cómodos que las zapatillas y mocasines.
El carro permanece por días en el
parqueadero sin encender y cada vez se nos hace menos importante. Se nos está
convirtiendo en un activo improductivo y prescindible. Porque es más importante
el internet.
El comedor ya tiene otro uso, no solo
para comer, sino para trabajar, porque no teníamos una oficina adaptada ni
espacio suficiente en la casa para ella.
En el intento de alejarnos del virus nos
estamos acercando más a la nevera y eso también puede ser un riesgo para la
salud, porque estamos comiendo más de lo debido. Y a ello se agrega la menor
posibilidad de hacer ejercicio.
Fortalecemos, claro, el espacio
familiar, pero perdemos el espacio social. Y la vida familiar en estas
circunstancias puede ser disfrutable en principio, pero corre el inminente
riesgo de volverse rutina después. En peligroso paisaje. Y no faltarán los
conflictos familiares cuando uno se le coma el mango al otro porque se le hace
cada vez menos soportable.
El computador es hoy nuestra mejor
compañía, el mejor amigo en el trabajo, en el estudio, en la búsqueda del
conocimiento; nuestro compañero de viaje y entretenimiento.
El teléfono es una extensión nuestra,
una prolongación de las manos, los ojos, la mente y la curiosidad, sin el cual
no podemos estar y ya no nos concebimos.
Estamos reemplazando las salas de cine
por las plataformas de streaming. En
Netflix, Disney + o Amazon podemos encontrar cuanta película, documental o
enlatado queramos consumir, sin movernos de la sala. Hasta la misa sin hostia
la tenemos en televisión.
¡Qué vaina! La vida se nos simplificó,
se nos tecnificó y se nos virtualizó.
Y el amor, ¿qué vamos a hacer con el
amor? ¿También se nos quedó en la nube, en el drive? ¿O lo buscamos en la
telaraña digital, en las páginas de adultos que prometen encuentros y
satisfacciones?
CALI 24 HORAS, enero 7 de 2021
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