El reto de la página en blanco
Por Luiyith Melo García
No me estaba enfrentando a la página en
blanco que despierta angustia en el escritor cuando se sienta ante el
computador a ver de qué escribe. Aún no. Más bien venía enfrentándome los días anteriores
a la mente en blanco. A la incertidumbre. A no tener idea clara de la idea
sobre la cual escribir, antes de decidir escribir. Para algunos puede resultar
igual lo uno y lo otro: la página en blanco y la mente en blanco. Veamos a ver
si lo es.
Adicionalmente, no podía evitar la
angustia de saber que a los columnistas poco los leen, salvo algunos que
brillan con luz propia porque realmente tienen qué decir, investigan y aportan
con oficio y buen sentido narrativo, y no se sientan frente a la página con la
debilidad de verter en ella sus propias vanidades, pontificando sobre lo que
creen que saben, en busca del reconocimiento del lector desconocido.
Puede parecer que estos temores resulten
algo infundados para alguien que, como yo, ha pasado casi toda su vida
escribiendo, enfrentándose cada día a la página en blanco para llenarla de
letras y sentido. Para anunciar, denunciar, decir, desdecir y cometer a veces
versos solitarios, de esos que no se publican (salvo las revelaciones
prohibidas que se colaron en un blog que no lee casi nadie).
Pero no, no son temores infundados,
porque he tenido mucho respeto por los temas a la hora de abordarlos,
entendiendo que una cosa es hablar de ellos desde el periodismo y otra, muy
diferente, desde la academia y la experticia.
Y como sé que al lector
promedio le llegan cada vez menos las columnas de los periódicos, por todas las
razones que se quiera (no les gusta, no les atrae, les parecen ladrilludas,
inútiles, pretensiosas, no los engancha porque no se identifican ni les
emociona el tema o la narrativa, en fin), entonces me enfrento al problema de
saber si debo escribir y cómo. Es decir, al problema inicial de la página en
blanco, por cuenta de la duda de si vale la pena escribir, de qué, para qué y
para quién.
En un país donde los
periódicos impresos han perdido el 28 % de sus lectores en los últimos 10 años,
según el Estudio General de Medios y la audiencia de internet de los medios de
comunicación ha aumentado un 252 %, no es difícil sacar conclusiones.
Hace una década no existía
entre nosotros el Instagram o el WhatsApp, plataformas tan comunes hoy, y en
las que nos movemos con facilidad y prontitud a través del ‘Smartphone’ o
tabletas, que tampoco existían y ya son tan comunes entre todos.
Son más de 40 millones de
mensajes los que circulan cada minuto en el mundo por WhatsApp, que es la nueva
manera como nos comunicamos, escribiéndonos en vez de hablarnos, así estemos el
uno frente al otro en la mesa de comer. Y donde, para rematar, la información
noticiosa de las páginas juiciosamente escritas y aún de los noticieros de
radio está rebasada de manera abrumadora por el video ligero que circula en las
redes (porque como se nos ha dicho en comunicación, ‘una imagen vale más que
mil palabras’), entonces la duda crece y el cerco al columnista tradicional
parece estrecharse.
Seguramente por eso existe
el ‘youtuber’, sustantivo o adjetivo -como alternativamente se quiera
utilizar-, que tampoco existía en la última década y que, para colmo de males,
vendría a asimilarse a una especie de columnista de la era digital en las redes
sociales. Vaya paradoja en la que hemos caído: del serio y sesudo líder de
opinión al ‘influencer’ (otro sustantivo que no existía en castellano) vacío,
mal hablado y mercachifle que se vende a sí mismo como producto, porque la
noticia es él, más que lo que pueda decir.
Daniel
Samper Pizano, en una reciente entrevista dada al Círculo de Periodista de
Bogotá, aseguraba que “cada día es menor el poder de la prensa” y recordaba con
nostalgia que “ya pasaron los tiempos en que los periódicos y la radio elegían
presidentes. No quiere esto decir –agregaba- que actualmente, con las redes
sociales, haya mayor democracia: por el contrario, la mentira corre más rápido,
la violencia verbal se exacerba y las calumnias se imponen con más fuerza. Pero
la responsabilidad de la prensa en todo ello es mucho menor, incluso en
Francia, que ha sido siempre un pueblo muy lector y buen consumidor de prensa”.
Me rehúso a
creer que la prensa haya perdido tanto poder, porque es de las pocas columnas
que aún sostiene este andamiaje democrático. Y, sí. Por el lado de la
lecturabilidad, buenos lectores no hemos sido los colombianos. Mejoramos un
poco también en los últimos 10 años, pero solo promediamos los 2,7 libros
anuales por persona, según la Cámara Colombiana del Libro, frente a los 5
libros que leen los chilenos o argentinos cada año. Y ni qué decir de los 20
que lee cada español. Y para informarnos, el 74 % preferimos la información
digital y las redes sociales.
Seguramente
esta preferencia no esté mal. Lo malo es la fiabilidad y calidad de los
contenidos, las ‘fake news’ (otro anglicismo que nos llegó con la era digital)
y toda la truculencia que se cuela en las noticias, que en vez de informar
desinforman al incauto lector. Con esto, lo que tenemos ante nosotros es el
drama de una sociedad de la información mediada por pecados como la mentira, la
violencia y la calumnia de las que hablaba Samper Pizano, y que se erigen como
los nuevos valores (o antivalores) de esta aldea global.
Ante ese sacudón, al final, la mente en blanco se tiñe de color, se enciende el semáforo para iluminar la duda y darle paso a la escritura. Hay que seguir –me dice esta mente-. Hay que escribir con sentido, con honestidad y buen juicio, porque estamos donde estamos y el carro de la historia no lo para nadie. Hay que ayudar a tomar el timón de este vehículo, para que los timoneles desbocados no terminen descarriándolo.
CALI 24 HORAS - Diciembre 3 de 2020
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