Se fue de compras el coronavirus
Por Luiyith Melo García
No se logra entender cómo en medio de
una amenaza tan evidente contra la vida como la pandemia que aún vivimos,
alguien pueda exponerse al contagio de un virus letal como el covid-19 sólo por
ir detrás de una pinta o un regalo de Navidad.
Es lo que estamos viendo en el centro de
Cali y en el comercio en general, donde las aglomeraciones sin aforo ni
distanciamiento son cada vez mayores, con la disputa por las prendas de vestir,
los reglaos, los adornos, la bisutería y todas esas fantasías con las que el imaginario
colectivo crea la fiesta decembrina.
Todos, o la gran mayoría de los
ciudadanos, hemos disfrutado de la Navidad y el Año Nuevo, con la Feria de por
medio, y anhelamos que llegue esta época para transportarnos a ese país de las
maravillas que crearon la religión y el mercado. donde disfrutamos como ángeles
y demonios “de la plaza a la caseta”, como dice Guayacán; del rito cristiano de
las novenas, al goce pagano de la rumba.
Nos entregamos con sevicia emocional a
consumir, a gastar lo que no tenemos, ebrios de alegría y bohemia, porque sí,
porque siempre ha sido así. Como si el mundo se fuera a acabar, cuando lo que
se acaba es el año y por fortuna este difícil 2020, olvidando por un momento
que la vida sigue en el 2021.
Es más fuerte la costumbre y la
tradición celebratoria que imponen una línea de conducta decembrina, que la
valoración del riesgo que se corre en las montoneras de gente que se agolpa en
los almacenes y en las calles peatonalizadas del centro de Cali para cumplir
con la tradición del consumo. Así lo hagan con tapabocas y se laven las manos
con alcohol, porque con tanta gente moviéndose por metro cuadrado es imposible
evitar el bicho que ahora circula por cantidades y a mayor velocidad.
Pareciera claro que el goce le gana al
miedo y que estamos dispuestos a desafiar todo riesgo por satisfacer el cuerpo,
ese que precisamente es el que sufre cuando lo ‘pica’ ese covid que salimos a
comprar en esos mercados de ilusión.
Sin duda los sicólogos nos podrán dar
una mejor explicación de estas conductas primarias del deseo y la
gratificación, o de la ignorancia, o del extravío de la autoestima. Y los
economistas tal vez nos hablarán del ‘rentismo’ como fin último de la conducta
humana, que pasa por encima de cualquier consideración, sin respeto de los
derechos, las normas y los límites establecidos para satisfacer los propios
intereses económicos. Claro, los intereses de los que venden sin compasión,
aprovechando el derroche de los que compran por costumbre o a manos llenas.
Como de unas tres décadas para acá los
valores se nos trocaron y se reemplazó el ‘hacer’ paulatino y honrado, por el
‘tener’ y el atajo de la cultura mafiosa que nos dejó el narcotráfico, las
lógicas de comportamiento de las nuevas generaciones cambiaron y las de las
viejas generaciones también se contagiaron. Entonces confundimos la noche con
el día, cuándo algo es oscuro o es claro, y ya poco importa el orden de las
cosas.
Porque uno de los efectos del ‘rentismo’
en el ámbito social y económico es la pérdida de reciprocidad, que no le
importa que el otro se empobrezca, se enferme o lo aniquile el coronavirus,
porque aquí lo que hay es que vender para que la economía no se caiga. Mejor
dicho, la propia economía, porque las demás poco importan. Esas son las señales
que buena parte del mercado nos está dando.
Según las cifras de la alcaldía y los
comerciantes, entre 150 mil y 200 mil personas visitan cada día el centro de
Cali. Van de compras buscando ofertas y productos baratos. Y se entreveran
entre dos mil vendedores ambulantes emergentes, que son aquellos nacionales y
extranjeros que invaden las calles vendiendo productos de ocasión, y se agregan
a otros tres mil o más informales que trabajan habitualmente en el centro. La
mayoría se apeñusca en la Calle 14 y sus alrededores, que ha sido
estratégicamente cerrada para confinar ese mercado persa. Y quién sabe si
también el mercado del contagio viral.
Sí, es también el mercado de la
necesidad humana y la miseria que no tiene alternativa diferente al rebusque para
sobrevivir. Y esa es la otra cara de la moneda que tiene en el anverso el ‘rentismo’
mafioso que los exprime para lucrarse del contrabando y la evasión que
envuelven muchos de esos regalos de Navidad. Como en todo, hay gente que trabaja
honestamente, paga impuestos y se mantiene en la legalidad.
Pero, ¿qué ha facilitado ese oscuro
fenómeno a la luz de nuestros días? La corrupción, el clientelismo, el tráfico
de influencias. El afán de sacar provecho de la situación con el menor
esfuerzo. El atajo, la ambición de tener y acumular al menor costo, el ‘rentismo’
que establece redes y monta empresas ilegales para saltarse las normas, los
controles y hasta coopta funcionarios para que los dejen trabajar, así como
capturan la necesidad de los informales y las ilusiones de los compradores que
viven de fiesta en el imaginario celebratorio de diciembre, no importa que en
el regalo navideño les llegue envuelto el coronavirus.
CALI 24 HORAS, diciembre 17 de 2020
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