Cali, ¿cómo vamos?

 

Por Luiyith Melo García 

Los amarres y limitaciones que significaron la pandemia para la Administración caleña durante el año pasado y parte de éste dejaron de ser excusa para gobernar. Los esfuerzos, que se orientaron en gran parte a mitigar el flagelo de la covid-19 con declaratorias de urgencias manifiestas de las cuales aún no se han rendido cuentas satisfactorias, ahora se requieren para levantar de verdad la ciudad. 

Sin embargo, el empeño para hacerlo ha sido lento. Las decisiones y acciones no parecen fluir como debieran, los proyectos aprobados para la reactivación económica parecen enredarse en las dudas del gobernante o en la paquidermia de la burocracia. Las mismas obras de proporción megalómana que se propusieron antes de la pandemia están en duda porque el timón del desarrollo de la ciudad no se sabe ahora para dónde va a girar. 

El año pasado sólo el 65 % de presupuesto ejecutado tuvo algún impacto en las metas propuestas en el plan de desarrollo del municipio y muchos programas y proyectos ni siquiera despegaron o avanzaron muy poco: justamente los relacionados con estímulos a la productividad y al desarrollo económico, los de la seguridad que tanta falta le hace a la ciudad y los de la inversión social que tanto requiere la gente en esta crisis. 

Claro, hubo un cumplimiento mayor al 95 % en materia de salud como era de esperarse, porque allí se enfocaron todos los esfuerzos por la covid-19. Pero lo increíble es que se dejaron de ejecutar más de $450.000 millones, casi medio billón de pesos del presupuesto de inversión, en un año difícil que reclamaba a gritos la mano del Estado para irrigar beneficios y apoyos a fin de que el desplome económico y social no fuera mayor. 

Ese dinero dejado de ejecutar es, además, una cifra cercana a los $650.000 millones del crédito que pidió ese año la Administración para inversión, lo que nos pone a dudar sobre la conveniencia de endeudarse para hacer más cuando no se tiene capacidad de ejecutar lo poco o mucho que se tiene.

Pero mientras la gente clamaba por un plato de comida, protección alimentaria, económica y social contra la delincuencia que se ensañó, sí hubo plata para suntuosos alumbrados y feria virtual que ya sabemos en qué terminaron. 

Los pobres en Cali aumentaron de 21,9 % en 2019 a 36,3 % en 2020 y los ingresos por persona en los hogares se redujeron en un 14,8 % en el mismo periodo comparativo, según los datos del programa Cali Cómo Vamos. 

Ese mismo observatorio académico e independiente reveló esta semana que durante los primeros 8 meses de este año se han presentado en Cali 780 homicidios, lo que significan 180 más que las muertes violentas ocurridas en igual periodo del pasado 2020. 

 

Pero resulta que al secretario de Seguridad y Justicia, Carlos Soler, no le gustaron las cifras que no se inventó el Cali Como Vamos, sino que las consolidó el Obseratorio de Seguridad que él tiene en su propia dependencia, y salió a cuestionar a ese organismo y a quejarse de un supuesto “linchamiento mediático” porque los medios de comunicación publicaron y analizaron las cifras como es su deber.

Es la reproducción de una conducta que ha tenido su jefe, el alcalde, de descalificar a las personas que critican o señalan falencias, errores o conductas indebidas en el Gobierno y, en vez de rebatir el argumento con argumentos, arremeten contra el individuo que denuncia o argumenta.

 

Esa ola de inseguridad que no se ha podido combatir -que no es solo percepción sino realidad- no nos deja vivir tranquilos en Cali. Para los caleños en algunas encuestas incluso es un problema más preocupante la inseguridad que el desempleo y la falta de ingresos. Porque sin seguridad no hay actividad productiva. Ni movilidad tranquila como se ha podido evidenciar en los últimos días con los 38 buses vandalizados -tal vez más- después del centenar que sufrió los ataques de los violentos del paro.

 

Ya no sabemos en qué ciudad vivimos. El tráfico no lo controlan los guardas de tránsito sino espontáneos que suplen los semáforos y cobran por ello. El transporte público lo prestan los carros ‘piratas’ porque el sistema de transporte masivo MÍO está semidestruido y a la alcaldía y Metrocali parecen no importarles. Ya el alcalde propuso barajar de nuevo y meter los viejos buses al lado de las ‘gualas’ y los ‘piratas’ para armar otro sistema de transporte público. Como en los tiempos de la guerra del centavo. ¿Para favorecer a quién?

 

La ciudad está llena de cambuches por todas partes: en separadores viales, glorietas, andenes y cualquier espacio urbano donde propios y extraños que se dicen desplazados decidan ubicarse sin que haya autoridad que ordene, regule y dé soluciones de ciudad. Y eso que no han llegado los afganos a quienes el alcalde prometió amor y fraternidad para recibirlos. 

Y, claro, las invasiones. Esas que todos los días aparecen a la vista de todos por todas partes, aupadas en su mayoría por invasores profesionales que se aprovechan de la necesidad de las familias para cobrarles $400.000 o más por un lote que no es de ellos. El problema es tan grave que ya el 44 % de los caleños -casi la mitad- habita en asentamientos subnormales. 

El espíritu caleño se siente compungido y hay dolor de autoestima. Con todo esto me pregunto, ¿en qué ciudad estamos viviendo? Esta no es la ‘Sucursal del Cielo’ de la que nos vanagloriamos alguna vez, ni ese “sueño atravesado por un río” que nos cautivó, porque el desorden, el miedo, la violencia, la falta de autoridad y la desconfianza transitan por cada calle. Sí. Tenemos problemas que resolver como sociedad emergente, pero en Cali hay mucho más que eso y me pregunto, ¿cuándo nos vamos a vacunar contra ese virus de desgobierno que nos agobia a ver si por fin logramos la inmunidad de rebaño? 

CALI24HORAS, agosto 23 de 2021

 

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