El partido que se juegan los muchachos

 

Por Luiyith Melo García

¿Cuál es el partido que se están jugando los jóvenes hoy en Colombia? Y, ¿cuál es el que Colombia se está jugando con ellos? En este estallido social en que estamos, atizado por el paro nacional, hay más de un ‘jugao’ que se está disputando y los jugadores no son solo los muchachos, sino todos nosotros.

Ellos se están jugando su futuro en el pavimento, y el resto del país también. No lo hacen contra la Fuerza Pública que los enfrenta, sino contra quienes la envían para contenerlos y representan el poder establecido que los somete, el capital que los explota, el régimen de cosas que los aprieta y no les brinda alternativas. Así lo interpretan.

Aquí no hay una guerra civil, pero sí un levantamiento ciudadano de alguna intensidad que, si no se tramita de la mejor manera, podría volverse una bola de nieve y ahí sí alcanzaría las dimensiones de aquella porque -como dicen en el interior de las protestas- “el pueblo no aguanta más”.

Contrario a la actitud gubernamental, la bota militar no parece la mejor respuesta, aunque hay fuerzas oscuras infiltradas que quieren desestabilizar, confundir, generar anarquía y presionar de forma violenta aquello que, de otra manera, se puede conversar. Por un lado, la inteligencia militar para detectar vándalos y, por el otro, la inteligencia racional para negociar con los muchachos, resultan más eficaces.

La lucha de estos jóvenes que son 11 millones y representan el 22 % de la población según el DANE, es por la inclusión, la justicia y la equidad. Luchan con el levantamiento de su voz para expresar su rabia y desacuerdo, como única arma. Los jóvenes no persiguen tumbar el régimen sino participar de unas mejores condiciones de vida. No reniegan del capitalismo, no propalan el comunismo, no están en el juego de los credos e ideologías. Sólo buscan un lugar en este país en donde quepan, un mejor mundo en el que puedan vivir.

Así que lo que está realmente en juego es la supervivencia de la gente, el país del nuevo siglo. Por el camino que vamos no lo tenemos. Las brechas son inmensas, las oportunidades son cada vez menores. Lo implacable del mercado con la tecnificación de la fuerza laboral no le da mayores oportunidades a una generación inteligente que aún no tiene espacio ni capacidades, sino que la desplaza.

En Colombia, el 42 % de la población de 25 a 64 años tiene como mínimo educación media superior, una proporción mucho menor que el promedio de la OCDE (a la que pertenecemos) que es de 75 %. Y apenas el 22 % de los muchachos entra a la universidad. Así que solo la educación profesional aplicada y la formación técnica que impone la nueva era global, los pueden rescatar y reinsertar en el juego de la vida. Porque hoy las iniciativas y todo el potencial que los jóvenes pueden desarrollar van perdiendo en los juegos del hambre que libran: los de la falta de oportunidades, de educación y de apoyo económico.

Para ellos la realidad es que los medios de trabajo no son equitativos y su fuerza de trabajo está extraviada. El capital sigue acumulándose cómodamente en pocas manos y el malestar continúa creciendo en toda la sociedad. La clase media, que es la que sostiene todo este aparato antieconómico y antidemocrático, ya no aguanta más y desde su ventana ve con buenos ojos el levantamiento de los jóvenes; lo alienta con simpatía porque ella no pudo hacer lo mismo. Ha estado atrapada en la encrucijada de buscar mejores formas de emergencia socioeconómica o sucumbir en el intento, en una pelea desigual contra el poder. Y, a esa clase media pauperizada -que pasó de ser el 30 % del país en el 2019 al 25.4 % en el 2020- esta pelea de los jóvenes, que por ahora les quitó de encima el peso de las reformas tributaria y de la salud, les da esperanza.

En este levantamiento, los muchachos no soportan la misma fiebre de aquella clase aguantadora, sino que llevan la hoguera del no futuro en el alma; no calculan riesgos, sino que los asumen, ni heredaron la resignación de sus padres porque quieren hacer trizas el proceso anti-paz que los condena a la sin salida de la esquina donde se parchan. - “Qué más da, entonces, morir de una bala que de hambre”, como están muriendo ahora, se les ha escuchado decir. Y, ya sin miedo, cuando la suerte para ellos está echada, el gobierno no puede sino mirar en serio la actual negociación.

El mensaje está claro: No nos podemos equivocar con este sacudón de la historia. Es momento de hacer un alto en el estado de cosas que llevamos y explorar nuevos caminos porque el país se nos deshace en las manos. Lo que tenemos no es viable. Este modelo de explotación, exclusión y brechas crecientes no es sostenible. Ni para los que lo que lo soportan ni para los que lo imponen. Para nadie. Tenemos que recuperar la vida, la convivencia, el país y, sobre todo el presente y el futuro de todos.

Si tras este estallido social sentimos más confianza en el hoy y en el mañana, en que de verdad tendremos una mejor oportunidad de vida en este país, habremos ganado mucho porque contaremos con la fe, que es el capital más valioso para seguir sembrando este mundo y cosechar la vida que anhelamos. De lo contrario, la vida misma continuará siendo una trama de tensiones y de luchas inútiles que no nos darán oportunidad de disfrutar la familia, los amigos, el entorno y sólo nos quedará la amargura como sabor insustituible en la boca para vomitarla en cada frase de cariño y en cada grito de dolor. Y ese, por supuesto, no es el juego de vida que queremos jugar.

Guardo la secreta esperanza de que, con su grito, los jóvenes nos hayan hecho despertar. Que este gobierno que hoy nos representa formalmente, los escuche. Que el poder económico que nos aprieta sepa entender y empiece a aflojar. Que las fuerzas retardatarias que siempre se han opuesto a los cambios positivos en este país puedan comprender y faciliten un nuevo amanecer. Que no se use la bota militar para reprimir sino para acompañar, y que la democracia en este país empiece a ser real. Los jóvenes no están derrumbando el estado democrático ni invocando el demonio comunista. No están inoculando el castrochavismo. Están pidiendo, como los condenados a la centenaria soledad de Macondo, una nueva oportunidad sobre la tierra.


CALI24HORAS, mayo 20 de 2021

 

 

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