Del pretexto fiscal a la protesta social
Por Luiyith Melo García
Un sabor agridulce nos queda en el paladar con el desarrollo
de la protesta de ayer en Cali contra la reforma tributaria. Por un lado, el
dulce sabor del legítimo rechazo de los ciudadanos a una propuesta
gubernamental que sienten injusta, inequitativa y lesiva para sus intereses
económicos. Y, por otro lado, el agrio sabor por el comportamiento de un puñado
de individuos que aprovechan estas movilizaciones sociales para cometer
desmanes, destruir bienes públicos y privados, y saquear comercios.
En el primer caso, es legítimo que los ciudadanos acudan a las
movilizaciones sociales para manifestar su malestar o inconformismo con
decisiones del Estado que les afectan. Es el legítimo derecho fundamental a la
protesta consagrado en la Constitución, que torpemente una magistrada del Tribunal
Administrativo de Cundinamarca quiso conculcar con socorridos argumentos de los
que ni ella misma estaba segura. Como si le estuviera haciendo un favor
político a alguien porque jurídicamente dejó mucho qué desear a simple vista y a
la luz de los críticos expertos.
Y, en el segundo caso, el desbordado comportamiento de
individuos que no defienden ideas, ni reclaman derechos, sino que se vuelven
agresores funcionales, que pasan del dicho al hecho, y terminan vandalizando y
destruyendo bienes públicos y privados, desfogando en ellos su ira e inconformismo
para manifestar de esta manera su rechazo con aquello por lo cual los demás
protestan en forma civilizada. Una consabida forma de lucha antisocial que
niega el juego intelectual de los argumentos y la proporcionalidad de las vías
de hecho.
Cuando se rompe esa proporcionalidad, --que en la cartilla
tradicional tenía que ver con los brazos caídos o la para en el trabajo y en todas
las actividades, la toma de las vías públicas, las arengas y consignas-- y, en
cambio, se acude a la destrucción y el vandalismo, al hurto y el saqueo, se
traspasa entonces la frontera de lo penal y se incurre en delitos.
Para el comerciante que sufre la destrucción y pérdida de su
negocio por cuenta de estos vándalos es difícil entender la legitimidad de este
tipo de protestas. Lo mismo que para el trabajador que no encuentra cómo llegar
a su trabajo o regresar a casa después de la jornada laboral. Y ni qué decir para
las fuerzas del orden que deben manejar un protocolo de intervención enmarcado
en el respeto a los Derechos Humanos, ante el desafío de los excesos y
agresiones en su contra.
Por eso es que ha surgido la tentación desde algunos sectores
poco democráticos de reglamentar un derecho fundamental como es el derecho a la
protesta, y la forma de hacerlo es creando delitos como el vandalismo o reiterando
otros que ya existen en el Código Penal como la violencia contra servidor
público o contra bienes públicos.
Como dijo Dejusticia en uno de sus análisis, “no creemos que la forma de reglamentar un derecho fundamental, como lo
es la protesta social, sea por medio de la creación de delitos. Menos aun
cuando es un derecho que se relaciona directamente con otros, como la libertad
de expresión, de asociación y de reunión”.
La
creación de un nuevo delito no garantiza que se eliminen los hechos de
violencia dentro de las manifestaciones; por el contrario, impone mayor carga
al sistema judicial y limita su capacidad de respuesta, advierte la entidad.
Así que,
en vez de estar pensando en la reglamentación amañada, por la excepción y no
por la regla, de un derecho inalienable para un hijo de la todavía existente
democracia colombiana, más bien se debería pensar en un protocolo que ayude a
la coordinación de las acciones de respeto y garantía de la protesta pacífica,
con estricta sujeción a la protección de los Derechos Humanos.
Y para
los desadaptados que desbordan los límites de la protesta social y se
convierten en vándalos y delincuentes, el tratamiento correspondiente de la ley
penal. Para ellos, no para la protesta que suele estigmatizarse con su
conducta.
Más
allá de todo, los gobiernos y toda la estructura social deben reflexionar sobre
la forma en que se están conduciendo, porque el fondo del levantamiento de la
gente tiene que ver con eso: con inequidades, desigualdades, injusticias y falta
de oportunidades, que están relacionadas con la acumulación de capital a
expensas del usufructo y explotación de esa gran masa, sin debida retribución. Y
con la corrupción estatal y privada que chupa como sangre los dineros que deben
invertirse en desarrollo y bienestar general.
Por eso
cuando se presenta una reforma tributaria como la que llevó el gobierno al Congreso
con la pretensión de que los que pongan sean la clase media y los que menos
tienen, con el gravamen a sus alimentos y sus pensiones mientras los grandes
capitales no aparecen poniendo por ningún lado, no se puede esperar menos que
un malestar ciudadano que se manifiesta en protestas y marchas como la de ayer.
Peor malestar
cuando sabemos que lo que estamos financiando no solo es el hueco fiscal de las
exenciones dadas por el Estado a los ricos y sus empresas, y a los capitales
extranjeros que se llevan para su casa todas las ganancias, sino también a los
políticos sinvergüenzas que se roban 60 billones de pesos cada año del Producto
de los Brutos Internos (PBI) que sí le hacen mella al Producto Interno Bruto (PIB)
y no nos deja crecer de verdad.
Así que
aquí lo que hay que reglamentar no es la protesta social, sino el pretexto fiscal
para robar y, en consecuencia, no solo perseguir a los vándalos que se
aprovechan de aquella, sino a los bandidos que se lucran de este y generan todo
este desastre nacional.
CALI24HORAS,
abril 28 de 2021
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