¿Un tropezón cualquiera da en la vida?
Por Luiyith Melo García
En definitiva, tenemos que estar mental y emocionalmente
enfermos, racionalmente deslocalizados y con el foco perdido como individuos y
como sociedad, para que nos pase lo que nos pasó esta semana alrededor del ya
fomoso ‘Mulatogate’.
Primero, nos encontramos el pasado fin de semana con las
fotos y videos de la rumba con que se inauguró ‘El Pedazo’, una terraza cabaret
montada por el emblemático bailarín Luis Eduardo Hernández, más conocido como
El Mulato. Bajo la luz de las estrellas y otros destellos multicolores nos mostraron
una foto del gerente de Corfecali, Alexánder Zuluaga, en compañía del cantante
Richie Valdés, de brazo terciado a la espalda y sin tapabocas. Y un video donde
una multitud abigarrada comparte, se divierte, se aglomera y se toma fotos sin
ninguna restricción.
Zuluaga dice que no tenía puesto el tapabocas porque se
estaba comiendo una picada. Pero no explicó por qué no guardaba el
distanciamiento exigido por la pandemia y permanecía en una fiesta donde no se
respetó el aforo ni muchas otras medidas de seguridad y bioseguridad, como lo
evidenciaron posteriormente las autoridades.
El problema no es que Alexánder Zuluaga desafíe el coronavirus
y se exponga a un contagio en este rumbón. El problema es que el Gerente de
Corfecali esté dando mal ejemplo y, por ser un funcionario de primer nivel de
la administración caleña y una figura pública, debería cuidar todo lo que
representa en esa condición. Estaba en el lugar equivocado.
La pregunta es en qué momento perdió la perspectiva de su
condición pública, se dejó seducir por la emoción de la rumba, y decidió posar
para las cámaras sin percatarse del error. ¿Será que pensó que, precisamente
por esa condición, tenía inmunidad, que su compañero de gabinete Jimmy Dranguet
no lo iba a perseguir como efectivamente no lo hizo esa noche, sino después,
empujado por la presión de las redes sociales?
Fue una fiesta que, como el mismo funcionario reconoció, se
socializó en un desayuno previo del que participó, lo que le da un tinte de
premeditación y no de espontaneidad a este asunto. Sabían a lo que iban, no fue
casualidad y tal vez el anfitrión y los invitados poderosos del gobierno y de
la farándula pensaron en una mutua protección, en la posible inmunidad que su
prestigio les daría para desafiar la autoridad.
Pues no fue así, porque el Gerente de Corfecali se dejó
pillar mal ubicado y transgresor, y eso le costó el puesto dos días después.
Sus amigos del gobierno, incluido el alcalde, no lo pudieron proteger.
Lo peor vino después. En un segundo episodio en el que se enfrentaron
a verbo limpio (o sucio) el anfitrión de ‘El Pedazo’ de fiesta, El Mulato, con
Ricardo Cabezas, otro gestor cultural reconocido en el mundo de la salsa. Al
parecer las relaciones laborales y de negocios que tenían entre ambos no les
salieron bien y se empezaron a disparar mensajes groseros de voz por whatsapp
sin contemplación, cobrándose, amenazándose y diciéndose de todo lo que es
capaz un individuo enceguecido por la ira.
Los audios se reprodujeron con sorna y sin censura por medios
nacionales, se subieron a redes y rápidamente le dieron la vuelta al mundo.
¿Qué estará pensando Jennifer López de ese hábil coreógrafo que le montó el
show en Super Bowl al escuchar de sus labios semejante andanada de improperios
y amenazas de muerte? Y sus colegas que lo vieron triunfar muchas veces en los
campeonatos mundiales de salsa en tantos países, ¿qué dirán?
La relación de este con el primer episodio es que los
negocios por los que peleaban los dos artistas fueron celebrados con Corfecali;
es decir, con la entidad que dirigía Alexánder Zuluaga, el invitado especial a
la ‘Megafiesta’, que olvidó todos los cuidados para estar allí, sobre todo el
de su imagen personal. Como olvidó El Mulato la prudencia para referirse a ‘esos’
negocios, al decir que él y ellos (¿quiénes?) “no iban ser tan bobos para
aparecer”... Un intento rabioso para desmentir al otro que lo acusaba de
acaparar contratos con las entidades oficiales.
No trato de juzgar la condición humana en sí misma de nadie,
ni el libre albedrío de los individuos para conducir su vida como les parezca.
Señalo el valor simbólico y representativo del funcionario y del hombre público
que sí nos importa a todos, no solo por el buen ejemplo que debe darnos, sino
por el cuidado que debe tener con nuestros bolsillos extendidos a su caja como
impuestos pagados para su buen manejo e inversión, en el caso del gerente de
Corfecali. Y por el cariño y la confianza depositada en su talento que nos ha
dado valor ante el mundo, en el caso de El Mulato.
Eso es lo que preocupa e indigna, y lo que es propio de
sanción. El Gerente de Corfecali se va del cargo como cualquier funcionario
público que no logró estar a la altura de sus responsabilidades, aún con las
cuentas pendientes por rendir en el polémico manejo que les dio a los recursos
de la feria virtual. Y seguramente tendrá su sanción. Pero El Mulato, que es un
ícono de nuestra cultura popular y nos ha dado tanto en el arte del baile que
jalona toda una industria cultural, una ilusión y un nuevo modo de ver de
tantos jóvenes de barrio sin mayor esperanza, ¿qué podemos esperar de él?
La sanción social seguramente ya la tiene por el portazo que
le dio a su imagen y a la nuestra, y la purga para resarcirla no será fácil. El
arte y la cultura a lo mejor le darán una nueva oportunidad, pero tendrá que sacar
sus mejores pasos, transformarse desde adentro y armarse de una mejor
coreografía espiritual que convenza a los decepcionados de que “un tropezón
cualquiera da en la vida y el corazón aprende así a vivir”.
CALI24HORAS Febrero 25 de 2021
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