De nuevo el conflicto
Por Luiyith Melo García
Cinco años después, en 2021, en 12 zonas del país se registró
un aumento de hostilidades con presencia de grupos armados y en situaciones que
sobrepasan los estándares internacionales de conflicto armado interno, según el
informe.
Hubo 228 combates y 329 muertos violentas por cuenta de ese
conflicto, incluidos 24 civiles. Ocurrieron 93 masacres y 146 desplazamientos
masivos de personas de sus territorios. Un desarrollo más amplio de este
trágico balance lo llevamos en la edición de hoy del diario CALI 24 HORAS.
Entre las zonas ‘rojas’ de este recrudecimiento del conflicto
figura el Valle del Cauca, y el resto del suroccidente colombiano. Aquí no más
en las goteras de Cali se están dando bala o se generan hostigamientos,
desplazamientos forzados, reclutamientos de menores, extorsiones y todas las
demás prácticas perversas de un conflicto irregular como el que vivimos.
El bajo Calima, el norte del Cauca a 30 kilómetros de Cali,
el sur de Valle del Cauca y todo el litoral Pacífico hacen parte de esa docena
de zonas geográficas donde se han incrementado las hostilidades por parte de
los grupos armados.
Lo que quiere decir ni más ni menos que Cali vuelve a tener
la guerra en sus orillas, si es que ya no está adentro con los actos
terroristas propiciados por el ELN que parece tener milicias urbanas encargadas
de sembrar el terrorismo o de “urbanizar la guerra” como dijo hace poco un
analista.
Algo muy grave, no solo por el hecho de que la ciudad termine
implicada en el conflicto, que no tiene nada de extraño, sino por el
recrudecimiento mismo del conflicto que podría escalar de hechos aislados a un
conflicto general y nos llevaría a revivir la historia de una dinámica atroz de
terror, muerte, inseguridad y zozobra que vivimos con las FARC durante 60 años
antes del Acuerdo de Paz.
Ya el ELN tiene presencia en 294 municipios del país, las
disidencias guerrilleras coordinadas por ‘Gentil Duarte’ e ‘Iván Mordisco’ muestran
28 frentes o columnas móviles, y el Clan del Golfo o Autodefensas Gaitanistas
de Colombia hace presencia en el 20 % del territorio nacional, según el informe
de la JEP.
Así que claramente la amenaza de un conflicto armado y
generalizado a gran escala se sigue abriendo paso en Colombia. ¿A quién le
conviene esto? Lo grave es que avanza en medio de la indiferencia de nuestras
autoridades que tratan de minimizarlo y no hacen lo suficiente por desactivarlo
de raíz. También de la indiferencia de un país que, aunque padece la
inseguridad ciudadana, no tiene la guerra en sus barrios y ciudades como sí
ocurre en la periferia del país y la zona rural.
Probablemente el nuevo conflicto sea peor que el anterior que
tratamos de superar con las FARC por las nuevas condiciones en que se podría
presentar. No solo alentado por una motivación ideológica, la visión de un
modelo social y económico como el que inspiró el anterior, sino por nuevos
factores que amenazan la supervivencia misma de mucha gente marginada,
desarraigada y sin empleo, y la presencia de una economía ilegal que busca imponerse
a toda costa como el narcotráfico.
Una cosa es la delincuencia común que desafía la autoridad y
el orden establecido. Otra la delincuencia organizada con poder de fuego y
poder de económico y político. Y otra cosa es un pueblo arrinconado y con
hambre que puede estallar porque no tiene más que perder. Y que podría
alimentar los dos fenómenos anteriores.
Allí están los factores de la tormenta perfecta que han
identificado algunos analistas para encender el nuevo conflicto. Y lo tenemos a
las puertas de Cali. En el Valle, en el norte del Cauca
Recordemos como empezaron las FARC, con un grupo de
campesinos revelados en Marquetalia y a donde escalaron con la ideología
marxista - leninista (y el combustible del narcotráfico) de la cual se
convirtió en su brazo armado.
Hoy nos percatamos que el modelo no funcionó como se
pregonaba, pero ello no quiere decir que el problema se haya resuelto y que las
causas que dieron lugar a ese doloroso experimento bélico y sociopolítico hayan
desaparecido.
Lo que está pasando en Buenaventura y el norte del Cauca
merecen la urgente intervención del gobierno. No solo con la fuerza pública
como ha sido el estilo de este gobierno, porque las armas aplacan a los
bandidos o los sublevados, pero no resuelven los problemas sociales, el hambre,
la pobreza y la marginalidad de los grupos humanos.
Hay que penetrar más adentro. No quedarse con los planes elaborados
en los escritorios bogotanos que imponen soluciones inaplicables para los diferentes
problemas de un país diverso como el nuestro. Hay que ir a esas comunidades y,
por ejemplo, resolver el problema de la invasión indígena a los territorios con
el prurito de que ancestralmente fueron de ellos, porque de esta manera no
puede haber inclusión. Tampoco economía ya que las unidades productivas
agrícolas se destruyen, se pierden los empleos y la tierra queda ociosa, sin
carreteras para sacar la cosecha, sin incentivos a la producción y
comercialización, sin tecnología. Y la gente desempleada.
Y en Buenaventura hay que hacer más. No solo derrotar a los
Shotas, la Local y demás bandas que se disputan el territorio, sino que debe
entrar la fuerza del Estado con todos sus bienes públicos, inversiones y apoyos
para derrotar una marginalidad que es fácil presa del delito y repite el
círculo de pobreza y violencia que hoy tenemos.
¿Será que los agentes de la corrupción estatal y la
indiferencia de país que muestra nuestra burocracia gubernamental se dignan
revisarse y entender que el riesgo es de todos y hay que actuar ya?
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar