De verdades y mentiras

 Por Luiyith Melo García.

 Las reveladoras cartas de los hermanos Rodríguez Orejuela haciéndole el favor a los expresidentes Andrés Pastrana, primero, y a Ernesto Samper, después, pusieron nuevamente de moda el tema de la verdad en este país. O la mentira como manipulación de la verdad que nos ha gobernado históricamente para conveniencia de algunos en el poder e infortunio de otros -la mayoría- en manos de los gobernantes poderosos.

Primero, el 31 de agosto pasado, el expresidente Pastrana exhibió ante la Comisión de la Verdad una carta de hace como 20 años en perfecto estado, presuntamente entregada por los capos del cartel de Cali Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela con la que pretendió demostrar que “Samper sí sabía de los ingresos de los dineros del narcotráfico a su campaña”.

Luego, ayer, se conoció otra carta de los mismos hermanos en la que desmienten a Pastrana y lo señalan de “posar de víctima de la corrupción sin incluirse en dicha corrupción”, al tiempo que sostienen que la misiva que exhibió en la Comisión de la Verdad es el resultado de un “chantaje” del expresidente conservador a través de su médico personal para que contaran cómo fue el apoyo del narcotráfico a Samper e involucraran también a Horacio Serpa en el entramado.

Esto, según relatan los Rodríguez ahora, les significaba a ellos el beneficio de que Pastrana no los extraditara a Estados Unidos y de que sus familias no se vieran afectadas por esta decisión, mientras que el beneficio para el expresidente era disponer de un arma con la carta en la mano para callar a sus contendores liberales por los escándalos de Chambacú y Dragacol en los que lo habían involucrado.

Claramente la verdad ha sido la única sacrificada en este episodio. No se sabe quién miente, quién dice la verdad a medias -que sería lo mismo que mentir- y quién dice la verdad completa. Y el empeño de saber lo que pasó nos notifica que no hay bien más preciado en este convulsionado país que la verdad. Las víctimas la reclaman, el país entero también, no para satisfacer la curiosidad, sino para cerrar el círculo de sanación y reconciliación.

Por eso se instituyó hace más de 3 años la Comisión de la Verdad como parte del proceso de justicia transicional que estamos viviendo tras los acuerdos de paz con las FARC. Y en ese contexto han salido a relucir las curiosas confesiones que pretenden darle claridad a lo que realmente pasó en el conflicto armado en Colombia y su entramado de violencia y corrupción. Cada quien pregona su propia verdad, la que cree que le conviene: la verdad del expresidente Samper, la del expresidente Pastrana, la de los hermanos Rodríguez Orejuela.

Pero vemos que muchos personajes han asistido a la comisión no para confesar delitos, sino para exculparse y señalar a otros. Es decir, mostrarse cómo víctimas, ellos que son los presuntos victimarios, aducen que dizque los engañaron, lo que se hizo se hizo fue a sus espaldas, que no sabían, que abusaron de su confianza, o que fueron otros los que se extralimitaron en sus funciones o decisiones. Así, ellos, los expresidentes -estos y los otros- han sido honorables administradores de lo público y víctimas de los errores ajenos.

Alfred North, un matemático y filósofo británico, decía que "no hay verdades completas; todas las verdades son verdades a medias. Procurar tratarlas como verdades completas es lo que juega al diablo”. Y sí, una verdad a medias es una mentira, porque le falta una parte o está manipulada de acuerdo con intereses o conveniencias de quien la cuenta. Es lo que hemos visto una y otra vez en las confesiones de políticos y parapolíticos, guerrilleros, militares y paramilitares en la Comisión de la Verdad. Pocas cosas se salvan.

Algunos parecen seguir aquella compleja concepción Nietszchesiana que considera que “lo verdadero es todo lo que contribuye a fomentar la vida de la especie y falso lo que es un obstáculo para su desarrollo”. Con esa concepción fue que se alimentó el nazismo y en nuestro medio se fundaron guerrillas y grupos paramilitares que se rechazaban unos a otros como paradigma socioeconómico. Más aún, de alguna manera ese es un principio que inspira el estado moderno y la civilización. Incluso las nuevas concepciones ambientalistas y de desarrollo sostenible abrevan de esos criterios filosóficos.

Sin embargo, lo que reclaman los colombianos es algo más sencillo y práctico que nos ayude concretamente a saber qué fue lo que pasó en los últimos 40 o más años en este país. ¿Por qué hemos tenido como 10 millones de víctimas en esa pelea de los extremos políticos y económicos y más de un millón de muertos? ¿Quiénes están detrás de ese holocausto?, ¿quiénes se han beneficiado?

No hay nada más difícil que decir la verdad y ni siquiera en el confesionario del sacerdote los feligreses -que tienen menos qué perder- han podido confesar todas sus verdades. Dicen verdades a medias. Ahora, menos van a confesar los políticos y victimarios que tienen mucho más que perder cuando siguen siendo figuras públicas y todo un camino de zonas grises por aclarar.

Mucho se ha especulado con la verdad y la academia está llena de estudios y definiciones sobre éste, que sigue siendo uno de los problemas centrales de la filosofía universal. Yo por mi parte me quedo con la sencilla definición de los griegos para quienes “la verdad es idéntica a la realidad”. Y la realidad es lo que hemos llamado “identidad” que no es más que “lo que permanece por debajo de las apariencias que cambian”. 

Así que para los expresidentes Pastrana y Samper, para los Rodríguez y todos los demás confesos, decir la verdad parece difícil, pero es bueno que sepan que es tan simple como lo definía Aristóteles: “Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero”. Así de sencillo.

 

CALI24HORAS, septiembre 9 de 2021

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