¿Y dónde está el alcalde?
Por Luiyith Melo García
En paro estamos todos, casi que en paro cardiaco. Bloqueados
hasta el alma porque no sabemos para dónde pegar no solo en la vía, sino en la
vida misma. La vida se nos volvió un grito en el vacío o un silencio sin eco,
sin economía que aguante. La ciudad es nuestra cárcel en medio de tanto desorden
urbano; si salimos, no sabemos en qué momento nos toca un retén extorsivo para poder
circular. Y aunque llegan más víveres, así sean caros, la destrucción de empresas,
de producción y de empleos nos llena de una profunda incertidumbre.
La culpa no es de la protesta, como se pudiera pensar. La
culpa presente (para no hurgar en la historia de las culpas) es de los
circuitos de delincuencia que se aprovechan de ella para desplegar su dinámica
de violencia con propósitos diversos: la guerrilla urbana con su quimera socialista,
y el narcotráfico con la expansión de su perverso negocio.
Y es que detrás de la destrucción aparente que empaña la
genuina protesta de los jóvenes y los inconformes que piden oportunidades,
atención a sus necesidades y un mejor país, hay una compleja trama de intereses
que pugnan por sacar provecho de la movilización ciudadana y lo que están
haciendo es enredarnos más la realidad.
Que las bandas delictivas, la guerrilla y los narcos quieran
aprovecharse del estallido social para pescar en río revuelto como lo están
haciendo, no resulta extraño. Lo que si extraña y resulta inadmisible es que
los gobernantes que administran el Estado y representan legítimamente esta
sociedad no hagan lo suficiente para evitarlo. Incluso, con su ausencia
deliberada lo propician y nos dejan en la orfandad.
Eso es lo que estamos percibiendo en Cali con la ausencia del
alcalde en los difíciles momentos que nos ha tocado vivir en el último mes. Ese
alcalde, que hasta hace poco salía a los barrios a pelear contra el covid en una
guerra declarada a la pandemia, no se vio ahora en la pelea por la defensa de sus
ciudadanos. Parecía un gobernante superado por las circunstancias y por sus
propias concepciones, enfrentado al dilema de hacer y no hacer que le dictaban
la una y la otra. Anulado en su capacidad de maniobra.
Eso lo que reflejó fue su falta de autoridad. Una ausencia de
gobernante que rápidamente empezó a ser aprovechada por las fuerzas oscuras que
medran tras la legítima protesta. Por eso, hoy en cualquier parte aparecen tres
muchachos, cierran las vías, ponen un retén urbano para bloquear la movilidad y
cobrarle a la gente por pasar, y no aparece ninguna autoridad a poner orden. Al
menos, dos muertos ha puesto esta práctica reprochable.
En vez de recuperar el sistema de transporte masivo MIO que
tanto le ha costado la ciudad y es el sistema legal, lo que hace el alcalde es
traer otra vez los buses de más de 20 años del obsoleto sistema de Transporte
Público Colectivo, TPC, para que presten el servicio. Mientras en los patios
hay 800 buses del MÍO esperando trabajar. Antes que recuperar la
infraestructura vandalizada para que el MIO opere, el alcalde revive un muerto
como el TPC. Es decir, desde su dignidad de gobernante está promoviendo la
anarquía y el desorden.
En su cuenta de Twitter Ospina dice que las invasiones no
pasarán, y la realidad desborda sus anuncios mediáticos. Cada día hordas de
personas (seguramente muchos necesitados, pero manipulados por delincuentes) se
toman predios públicos y privados, talan bosques, rompen líneas establecidas y
empiezan a montar cambuches. Le ha tocado a la misma comunidad en Golondrinas y
en Cristo Rey envalentonarse y salir con su rabia en la defensa de su entorno a
riesgo de sufrir los ataques de los invasores.
Y tenemos entre manos la reactivación económica de la ciudad,
el apoyo a los pequeños empresarios que lo han perdido todo en la pandemia y ahora
en el paro. La recuperación del empleo de miles de personas afectadas por lo
mismo. Pero en ese empeño también la administración ha sido timorata, dilató la
solución. Después de tanta presión social salió con un tibio plan de
reactivación sin mayores incentivos y se ideó un Fondo Solidario de $30 mil
millones que no le hacen mella a miles y miles de empresarios quebrados y 180
mil empleos aún por recuperar.
Entre tanto, los $650 mil millones de un polémico crédito
autorizado para llenar de más cemento la ciudad y obras faraónicas que ya no
caben en la realidad actual, siguen amarrados cuando podrían dar una mano a esa
reactivación.
Lo peor con el Fondo Solidario creado es la sospecha que
recae sobre su manejo. Sus propios aliados políticos temen que vaya a financiar
la campaña política de su hermano, como lo estaría haciendo con la contratación
de personal y servicios en Emcali, tal cual lo denunció hace poco en esta
ciudad el presidente de la CUT, Francisco Maltez, quien reconoció arrepentido que
el gremio sindical acompañó su campaña. Por esa desconfianza de uso le han
pedido alcalde la rápida y detallada reglamentación del Fondo Solidario.
Pero, ¿qué es lo que hay detrás de la conducta omisiva,
permisiva y cómplice de la administración en esta coyuntura? Porque su proceder
no es casual, ni siquiera de ineptitud como lo han señado algunos. El
mandatario sabe lo que está haciendo y hacia dónde va, pero parece estar al
servicio de un proyecto político extremo que pasa por la destrucción de lo
establecido. Estamos de acuerdo con que hay que cambiar el ominoso estado de
cosas, pero no a costa de destruir el patrimonio común y la vida y derechos de
los ciudadanos.
Esa vieja estrategia de extrema izquierda de que solo es
posible construir destruyendo, no es el camino. Es posible construir algo mejor
sobre lo construido. Lo peor es que la gente ya no le cree como lo demuestra
esta semana la encuesta de Invamer, donde el 74 % de los caleños está
descontento con su gestión. Es necesario que el alcalde ejerza sus funciones
constitucionales como corresponde, porque esta ciudad se le salió de las manos.
CALI24HORAS, mayo 27 de 2021
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