La utopía de los jóvenes

 

Por Luiyith Melo García

Quince días de pesadilla en busca del sueño colombiano no nos terminan de despertar. Por momentos en Cali parecía librarse una guerra civil. Una movilización nacional que puso en juego la autoridad del gobierno, la paciencia de los ciudadanos, la resistencia de los manifestantes e, incluso, la suerte del país y del orden social e institucional.

Estaba en juego la democracia, no para destruirla sino para hacerla posible porque está desdibujada. La dictadura del capital, del todopoderoso statu quo ha cerrado espacios, reducido oportunidades y asfixiado a la gente. Y los que más sienten esa presión son los jóvenes. Estudiantes sin estudio, trabajadores sin trabajo, hijos de la escasez y candidatos del no futuro que ven y sienten el problema de manera diferente a sus padres.

Rutger Bregman, el autor de ‘Utopía para realistas’, hace notar que “a medida que envejecen, las sociedades y las personas se acostumbran al statu quo, en el cual la libertad puede convertirse en su prisión y la verdad, en mentiras”. Los jóvenes lo saben.

Nos metimos en la era de la globalización como la posibilidad de encontrar soluciones en cualquier parte del mundo sin movernos del computador. Y, en verdad, esto ha significado un salto exponencial para el desarrollo integral de la economía y la sociedad, porque nos llevó a un nivel de uso e intercambio que no imaginábamos hace 30 años. Recuerdo que incluso en los 80 los cientistas de la comunicación se reían en el aula de la teoría de ´La aldea global’ de McLujan que desde los 70 avizoraba el mundo interconectado de hoy.

Pero reconociendo el salto cualitativo y utópico de la sociedad moderna, nos queda debiendo soluciones. Y nos deja inquietudes como aquella de ¿por qué trabajamos cada vez más a pesar de ser más ricos? ¿Por qué hay millones de personas viviendo en la pobreza cuando existe la suficiente riqueza para erradicarla definitivamente? ¿Por qué con tanta medicina, no todos los que se enferman tienen acceso a una cura existente? o ¿por qué las farmacéuticas no ceden pronto las patentes de la vacuna del covid-19 para evitar que millones de personas sigan muriendo?  ¿Por qué esta nueva modalidad de teletrabajo es en realidad una nueva forma de esclavitud tecnológica que nos pone a trabajar más de 8 horas diarias por menos plata?

Tanta riqueza y el nuevo paradigma de la tecnología y la inteligencia artificial deberían ayudarnos a solucionar estos asertos. Pero parece, más bien, que aumenta brechas por la limitación general a los accesos y el privilegio central de la información. Un desarrollo que hoy suplanta mentes y brazos que antes tenían en qué ocuparse.

Nada de raro tiene, entonces, que hoy los jóvenes se levanten en las calles a luchar por su presente y su futuro y que, frente a medidas como la reforma tributaria, la reforma a la salud y toda la suerte de reformas que se presentan al Congreso para desmejorar la calidad de vida y favorecer a unos pocos, aumente la desconfianza de la población.

La confianza refleja la situación de un país. Esta semana, Fedesarrollo publicó su encuesta mensual sobre la confianza de los consumidores y claramente lo que muestra es la incertidumbre del pueblo con lo que está pasando para negarse invertir y comprar cosas, si es que tiene con qué.  En abril pasado el índice de desconfianza de los colombianos llegó a -34.2 % cuando en marzo era del -11.4 %. La curva negativa de la confianza se profundiza cada vez más. Y claramente la amenaza de una nueva reforma tributaria que apretaba más a la gente desde el plato de comida, tuvo mucho que ver con esa mayor desconfianza en el gobierno y las instituciones. Y, claro, con el levantamiento social de hoy.

Dudo que en medio de esta olla a presión en que vivimos hoy nos podamos seguir declarando el tercer país más feliz del mundo, tal cual lo reveló una encuesta de la asociación mundial WIN de investigación de mercados en enero pasado. O el segundo más feliz, como concluyó una encuesta de Gallup Internacional en 2018.

Es curioso que así nos hayamos considerado pese a la pobreza, la desigualdad y la violencia que hemos vivido y cuyos números nos sitúan entre los países más pobres e inequitativos del mundo. Pero es que esa expresión de felicidad no parece estar relacionada con el Producto Interno Bruto, PIB, que es como se mide la riqueza de un país y el bienestar de su gente.

“El Producto Interno Bruto mide todo, salvo lo que hace que la vida valga la pena”, dijo alguna vez el senador Robert Kennedy. Y lo que vale la pena es el amor, la felicidad, la amistad y la vida. Pero el capitalismo salvaje, el consumismo y el marketing digital reduccionista nos han vendido otra idea.

Hemos sido felices tal vez por esa misma razón que nos da Bregman: a medida que envejecemos nos acostumbramos al statu quo, presos de nuestra libertad y creyéndonos nuestras propias mentiras.

Sin embargo, detrás de quienes ya hemos vivido la realidad del país viene otra generación con otras expectativas, ya no resignada a lo que existe, sino con toda la disposición de asumir riesgos porque sienten que no tienen más qué perder y sí mucho qué ganar enfrentando lo que los oprime sin dogmas ni credos.

Más que el hambre, lo que los está matando es la angustia y la depresión. Y, según la Organización Mundial de la Salud, la depresión se ha convertido en el principal problema de salud pública entre los adolescentes y llegará a ser la primera causa de enfermedad en todo el mundo en el 2030. Así que, en medio de su crisis emocional, los jóvenes sin oportunidades no ven una clara salida al túnel por el que transitan. Quizá por eso los vemos hoy más decididos que sus padres, protestando en las calles. Expresando su enojo, su inconformidad y pidiendo oportunidades. Gritando su propia utopía.

 

CALI24HORAS, mayo 13 de 2021

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