Una novela de horror

 


Por Luiyith Melo García

 

Cali fue víctima de 29 bloqueos dese el pasado 28 de abril cuando empezó el paro nacional que la sometió a un tenebroso laboratorio de la delincuencia. Todo un ejército de 4600 personas levantó el cerco de las barricadas, según asegura el comandante de la Policía Metropolitana de Cali, algunas de las cuales aún permanecen 58 días después.

Ese ejército emergente sometió a una fuerza policial legítima de tamaño similar, que no tuvo capacidad de reaccionar para detener su arremetida súbita, dispersa y focalizada a la vez, y que supo desplegar toda una estrategia de toma de la ciudad infundiendo temor y terror, y cerrando pasos y corredores neurálgicos de movilidad.

De entrada, el factor sorpresa le dio una posición dominante frente a la Policía que no supo bien cómo responder desde el primer momento. Sin proponérselo, la manifestación genuina de la gente -de los jóvenes y los adultos- arropó su accionar violento y le sirvió para mimetizarse en la escena, haciendo parecer el vandalismo como una consecuencia espontánea del desbordamiento de los manifestantes. Incluso justificándolo con el hambre y la necesidad de la gente.

Entre tanto, la confusión del gobierno que no sabía cómo actuar ante el estallido delincuencial: si seguir sus propios preceptos ideológicos contestarios o cumplir la Constitución con sus fuerzas policiales para imponer el orden, terminó dándole oxígeno a la revuelta. Una dinámica de la destrucción que no representaba propiamente la voz de la protesta.

Hace un mes todavía persistían en la ciudad 13 bloqueos. El ejército de vándalos se había reducido a 500 personas según el comandante de la Policía. Pero la ciudad seguía en letargo, atemorizada, sin dar crédito al incendio que estaba ocurriendo. Sin MÍO para transportarse, sin vías expeditas para movilizarse, con retenes extorsivos, sin comercios abiertos por temor o porque ya estaban destruidos. Habitantes fantasmas, confinados en una ciudad bloqueada por todos sus accesos y salidas.

Después de la intervención de 2000 hombres de la Policía y el Esmad, las barricadas han ido cayendo paulatinamente. El alcalde dice que la mayoría cedieron al diálogo con los manifestantes y no a la acción policial y militar. La fuerza con que se han levantado muchos bloqueos, una y otra vez, parece mostrar lo contrario.

En la vía quedaron, según lo dijo el comandante de la Policía ayer, “248 agentes heridos durante los 57 días de paro, 193 de ellos con armas contundentes, 19 por disparos de armas de fuego, otros 10 con artefactos explosivos, 11 más con armas traumáticas y, finalmente, 3 policías con quemaduras de segundo y tercer grado”.

Al impacto humano se agrega el daño material a 2 estaciones de policía, 18 Centros de Atención Inmediata, 13 vehículos, 5 motocicletas, 39 cámaras de fotomultas, 33 semáforos, 45 estaciones de servicio, 53 entidades bancarias, 38 cajeros electrónicos, 8 edificios gubernamentales, 3 vehículos de los bomberos, 1 ambulancia y 125 saqueos al comercio.

A ese balance hay que agregarle la destrucción del 90 % de la infraestructura del MIO entre estaciones y terminales, 18 buses quemados y más de 100 vandalizados.

Por el otro lado, la Fiscalía reportó que tan solo el 28 de mayo cuando se cumplía un mes del paro, se registraron 13 muertos en las protestas en Cali y al menos 5 de ellos estuvieron relacionados con enfrentamientos entre civiles y las fuerzas de seguridad. En un balance que entregó el pasado 14 de junio, el ente acusador daba cuenta de 14 muertes en Cali relacionadas con el paro y sus manifestaciones desde el 28 de abril, además de 84 personas desaparecidas.

Esto es toda una novela de horror. ¿Qué ciudad del mundo que no esté en guerra declarada puede vivir hoy una situación como la que ha soportado Cali durante estos dos meses con este nivel de destrucción?

Las cuentas que ha hecha la misma alcaldía para levantar a Cali de este desastre superan los $210.000 millones. Es un cálculo por encima, que no incluye los costos que el comercio y los ciudadanos deben asumir para recuperar sus locales o viviendas.

Seguramente no alcanzarán los seis meses que se ha puesto de plazo esta administración para levantar del piso a una urbe atropellada y atrasada una década en su desarrollo, en menos de 60 días.

Los acuerdos de que hablan la administración y la Unión de Resistencias de Cali en un comunicado para desbloquear los últimos dos puntos críticos de la ciudad como son Calipso y Puerto Resistencia, parecen mostrar que la protesta se ha ido decantando. Que en la mesa están quedando los que realmente quieren dialogar, lo cual termia siendo positivo para la ciudad y la misma manifestación ciudadana que surgió al margen de las fuerzas oscuras, con el propósito de pedir audiencia al poder para que escuche sus reclamos y brinde soluciones.

Si eso es lo que se está logrando, el final de esta novela de horror podría ser menos cruento y más esperanzador, aunque la trama en la que se desenvolvió durante estos dos meses haya dejado un repertorio de muerte, de tragedia y pobreza que se llevó por delante la vida de jóvenes y policías. Lo mismo que la prosperidad de empresas, el progreso de una ciudad y la tranquilidad de una gente que no esperaba un capítulo peor al final de la pandemia.

 

CALI24HORAS, junio 24 de 2021

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