El perverso laboratorio de Cali

 

Por Luiyith Melo García

No salgo de la perplejidad de ver el perverso laboratorio social de manifestación y violencia en que han convertido a Cali desde bandos diferentes, unos para justificar y otros para descalificar el estallido social que emergió de pronto con el paro del 28 de abril y que 40 días después no termina.

Apenas estamos empezando a comprender la truculenta dinámica de guerra que algunos montaron aquí, poniéndonos como centro de experimentación desde los extremos que polarizan el país.

Los sociólogos y cientistas sociales empiezan a estudiar el problema aún de manera empírica con los elementos que hasta ahora se tienen al alcance para darnos una idea de qué se trata todo esto. Qué es lo que hay más allá del aparente reclamo de los jóvenes y un amplio sector social, al lado del cual se agazapan otras expresiones de ilegalidad, violencia y anarquía que buscan sacar provecho. Y, claro, unos problemas estructurales de inequidad y marginalidad que serían, esas sí, las causan objetivas de la protesta legítima.

Un enterado analista de esta realidad local me asegura que aquí se puso en marcha una peligrosa máquina de guerra promovida por las diversas expresiones de violencia e ilegalidad que conviven en Cali, como el narcotráfico, las bandas delincuenciales, la piratería en el transporte y el comercio, y las milicias urbanas, todo lo cual no tienen nada que ver con el reclamo genuino de la gente por reivindicaciones sociales. Y no actúan para tumbar al gobierno como afirman quienes pregonan teorías de conspiración contra el Estado, sino para generar anarquía, confusión y miedo en la gente y el gobierno, a fin de mantener los negocios ilegales que explotan y ver qué más pueden pescar en el intento.

El abogado Élmer Montaña sostiene otra teoría. Afirma que, para afrontar el estallido, desde el Gobierno se estimuló una especie de paramilitarismo, al promoverse desde fuerzas legales y estatales la organización de grupos de población civil o ‘gente de bien’ como se dado en llamar, con el propósito de defender con armas sus derechos, vida y su patrimonio, como lo reconoció el encausado Andrés Escobar filmado en esa dinámica. Cuestiona Montaña el hecho de que la Policía y el Ejército no actuaran de día, sino que salieran de noche a reprimir los bloqueos y puntos de resistencia para cubrir con esa sombra sus actuaciones desproporcionadas.

Ahora, han venido relucir nuevos elementos de estas posibles actuaciones en lo poco que se ha filtrado de los testimonios entregados a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que llegó este martes a Cali a hacer la relatoría de los hechos.

En un análisis más juicioso compendiado en un texto de 234 página recientemente publicado por el Cidse de la Universidad del Valle, con ensayos de varios autores, el sociólogo Luis Carlos Castillo nos da más luces sobre este levantamiento social. Recuerda que este es “el estallido social más amplio y masivo de que se tenga noticia en la historia contemporánea colombiana”, por encima “de las protestas de noviembre de 2019 y septiembre de 2020, del paro cívico nacional de 1977, de las manifestaciones de mayo de 1957 que concluyeron con la renuncia del general Rojas Pinilla y de su reemplazo por la Junta Militar de Gobierno, incluso del Bogotazo del 9 de abril de 1948” tras el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán.

Así que no es cualquier cosa lo que está ocurriendo hoy en el país y, sobre todo, en Cali. Para Castillo, más que la especie propalada del castrochavismo, el populismo de Petro o la misma acción de las disidencias de las FARC y el ELN, detrás del estallido social de la ciudad hay una compleja trama de fenómenos que convergen para explicar la explosión de esta olla de presión social que tenemos.

Siendo como es Cali, la ciudad-región epicentro del suroccidente colombiano, todo lo que pasa en esta parte del país unida por el litoral Pacífico termina sintiéndose aquí.

Nos quedó, como lo advierte el mismo autor, la herencia maldita del narcotráfico que tras siete generaciones terminaron formando gatilleros y alimentando una cantidad de pandillas que viven del microtráfico, la piratería, el robo y el sicariato, y apelan al ‘ajuste de cuentas’, el homicidio y la violencia para resolver sus asuntos. Claro, aprovechándose de la miseria de jóvenes que encuentran en esas prácticas un ‘empleo’ y una forma de subsistencia.

A esto se agrega una falta de respuesta efectiva del Estado para combatir esos fenómenos y canalizar las soluciones. Así tenemos, según Castillo, un haz de problemas concomitantes: “la crisis de legitimidad de un Estado local ineficiente, con prácticas de corrupción endémicas que desangran el presupuesto de inversión social; el desprestigio de los partidos, su desconexión con la gente y una juventud sin futuro que no cree en el sistema político”.

Así que todas esas problemáticas que convergen en la ciudad-región que es Cali, con más de un millón y medio de migrantes que no pertenecen a la llamada caleñidad tradicional, y que se dedican a la informalidad, la delincuencia o la ilegalidad y el rebusque de todo tipo para subsistir, son los generadores del estallido de hoy. Unos en las resistencias genuinas por una mejor vida, otros en las filas de la ilegalidad contratados para vandalizar y armar el desorden.

Seguimos atónitos porque no hay respuesta al problema y no parece haber suficiente voluntad para resolverlo, ya que no se cree en el diagnóstico. Lo peor de todo es que, con seguridad, el levantamiento de este pueblo no se va a apaciguar fácilmente porque ya descubrió un repertorio de acciones que alientan y justifican sus luchas a partir de las barricadas y las líneas estratégicas de organización que tienen alrededor de ellas.

Si no se abren espacios, si no generan políticas públicas que atiendan pronto a estas nuevas generaciones en sus necesidades de educación, salud, empleo, vivienda, recreación, etc., es muy probable que sigamos viendo en adelante barricadas y taponamientos viales de pobres indignados (y vándalos detrás de ellos) por la desatención de sus necesidades. Y como son jóvenes con poca o ninguna expectativa de futuro, no tienen miedo de seguir en la primera línea de resistencia para ponerle el pecho a la protesta (o a las balas) porque a la postre no tienen nada que perder si, de hecho, hoy mismo no tienen nada.

 

CALI24HORAS, junio 10 de 2021

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