Paro, o el desafío de la supervivencia

 Por Luiyith Melo García

Pasarán años antes que la ciudad logre recuperarse del desastre que sufrió su desarrollo durante los últimos ocho días.  El Sistema de Transporte Masivo, MÍO, que ha tomado más de 15 años ponerlo en el estado en que estuvo hasta principios de la semana pasada -con todas sus limitaciones- fue destruido en el 90 % de su infraestructura y casi el 10% de su flota. El emblemático hotel La Luna que es un referente de Cali fue incendiado en un 80 %. La oficina de Catastro en el CAM se redujo a escombros.

Hasta la sede de la Dian, la Gobernación, la Alcaldía y el Concejo llegó el vandalismo. Centenares de almacenes y establecimientos de comercio y bancarios han sido saqueados y destruidos. 23 fotomultas derribadas, 15 CAI de la Policía arruinados, más de una docena de estaciones de combustibles acabadas, entre muchos otros bienes deja la destrucción.

Pasarán muchos días ante de poder valorar las ruinas físicas que nos deja la acción violenta. Los 80 mil millones de pesos en pérdidas del primer día de paro enunciados por el alcalde ya se deben haber multiplicado por tres o más veces durante esta semana de protestas, por todo lo que se perdió, lo que se dejó de hacer y el tiempo, esfuerzo e inversión que se necesitarán para volver a lo que había el 27 de abril de 2021 pese a la pandemia.

Lo peor son las pérdidas humanas. Las cifras no se logran conciliar entre las autoridades. Algunos hablan de 22 muertos alrededor de la protesta y el conteo hecho por la Secretaría de Salud de heridos atendidos hasta hace dos días era de 291.

Algo peor aún es la herida abierta en el alma de los caleños, la desconfianza social en sus instituciones y el pesimismo que puede invadir el sentido de presente y de futuro, porque ya no nos cabe la decepción en el cuerpo. No solo por lo que pasó, sino porque lo que sigue pasando. Es decir, la incapacidad institucional de leer esta nueva realidad nacional y local para brindar soluciones y más bien mirar de soslayo y con arrogancia los reclamos ciudadanos, sobre todo de los jóvenes, por un país más justo y lleno de oportunidades. Los jóvenes quieren un gobierno más empático que camine con ellos en la construcción de sus visiones y esperanzas de vida. Y no se resignan a su suerte como sus padres.

Es cierto que hay vandalismo en las protestas ciudadanas, pero no se puede inferir por ello que las protestas ciudadanas son vandalismo. Las primeras son una expresión legítima de malestar e incomodad manifestadas de manera civilizada y en el marco de los derechos y la ley. El segundo, el vandalismo, es un tipo de expresión incivilizada de rabia no contenida que privilegia las vías de hecho y, por supuesto, no resulta aceptable.

Al lado de este comportamiento seguramente hay otras expresiones que hacen más complejo el fenómeno. Por ejemplo, conocidas estrategias que combinan viejas formas de lucha política y militar que desafían el establecimiento, presionan cambios estructurales o van por el poder. Y también hay expresiones no ideológicas sino delictivas que defienden un espacio físico o económico, una dinámica de lucro o un negocio como el narcotráfico.

Frente a este complejo fenómeno el gobierno y toda la institucionalidad deben ser más inteligentes, menos represivos y más proactivos para dar respuestas adecuadas. La ANDI que representa el gran capital de este país fue más hábil que el gobierno al proponer castigar algunos de sus propios beneficios económicos en su relación con el Estado para ayudar a financiar el déficit fiscal y mantener programas sociales como el ingreso solidario o el plan de beneficios a las empresas, sin meterle la mano a los que menos tienen grabándoles con IVA los alimentos y la gasolina. Los empresarios sabían lo que se venía pierna arriba si apretaban más a la gente con tributos. El Ministro de Hacienda se mostró sordo y terco frente a esta propuesta y se la jugó por una reforma tributaria que se convirtió en el florero de Llorente de las protestas que tenemos hoy en todo el país. Hoy estamos pagando las consecuencias.

Creo, como los jóvenes, que el modelo de país en el que hoy no se sienten interpretados debe cambiar. Y, al menos, para empezar a revisar el problema, el gobierno debería tratar de salir de esta coyuntura enfocándose en tres cosas: garantizar la vacunación pronta y universal de los colombianos, asegurar ingresos inmediatos para todos y brindar seguridad en campos y ciudades.

Lo último se va consiguiendo con las dos primeras soluciones. Pero la conversación nacional en la que se quiere empeñar de nuevo el presidente Duque con su comisionado de Paz para darle salidas a la coyuntura, no debe ser una estrategia evasiva o el remedo de la conversación que se emprendió en 2019 en el país y que terminó en nada. Esta debe ser genuina, amplia, receptiva, incluyente y concluyente; pero también ágil para que se generen cambios y resultados rápidos porque los problemas no dan espera.

No podemos pasar otros 8 días u 80 más sitiados en nuestros refugios contando muertos y destrucción. Consumidos por un ‘statu quo’ inflexible que ni siquiera entiende que para garantizar su propia supervivencia es necesario primero garantizar la supervivencia de los demás.

 

CALI24HORAS, mayo 5 de 2021

 

 

 

 

 

 

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