Tú pintas, yo repinto

 

Por Luiyith Melo García

Tú pintas y yo repinto o borro, porque lo que pintas no me gusta. Las palabras que usas no me agradan y tus mensajes son agresivos y afean la ciudad bella que queremos tener. Se ve mejor el gris cemento del puente desnudo que el colorido mural que pintaste, porque no va con la idea de ciudad que tenemos los buenos, que somos más.

Por eso, la ‘pintatón’ es para despintar lo que los otros pintaron y que se ve mal. Esa no es la ciudad que heredamos de don Sebastián, ni la tranquila y casi indiferente villa en la que hemos vivido, ni el vividero que queremos heredar a nuestro hijos y nietos. Porque Cali se respeta.

Repintamos la ciudad de su color natural. Y haremos el desfile de la dignidad, saldremos a desfilar en nuestros carros para conservar el distanciamiento y las medidas de bioseguridad, por la quinta, para que se vea que los buenos somos más. Con la bandera nacional en el capó o izada en la ventanilla, la camiseta blanca y tocando la bocina para hacernos sentir. No con papas explosivas ni murales de quinta y de mal gusto. No. Con el carrusel de la dignidad que corresponde a la gente decente que somos la mayoría.

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En el otro polo de los gustos para los que no hay disgustos, los malos sublevados son los que hacen estallar la ciudad: –Somos minoría, pero unidos somos más, dicen, y claro, quieren llenar la urbe de sus malas ideas y sus murales grotescos que nada bueno le dicen a la gente de bien. Son maleducados porque no entienden las cosas, no respetan los espacios públicos, bloquean las calles y gritan en vez de hablar porque de pronto no los alcanzan a escuchar.

Es gente maluca que invoca el diablo y le construye una villa debajo de un puente para marcar su territorio como las leonas en celo. Que a nadie se le ocurra pasar por allí porque le meten su vacuna de movilidad o su varillazo y le rayan el carro, si le va bien. –No, compañero indiferente, esos son aportes solidarios para la causa, la resistencia no se sostiene sola.

Pero, además – ¡qué guaches! –  se les ocurre construir en mitad de la vía un monumento a la resistencia de 10 metros de alto, de barro y cemento, cuando teníamos nuestro Sebastián de Belalcázar, finalmente tallado en bronce sobre un pedestal en una colina que domina la ciudad y no interfiere el tránsito.  

– Además, si es que friegan mucho y nos quieren joder, plomo es lo que le vamos a dar. Tenemos 25.000 armas para responder y vamos con toda, como nuestro comando Escobar; aquí nos hacemos respetar, sí o no coronel… Así que si bloquean, los desbloqueamos; si pintan lo que despintamos, lo repintamos. Ah, pero si ellos marchan, también marchamos y no tiramos papas, con nuestras bocinas tenemos porque somos gente de bien.

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Gente de bien, gente de mal. Gente educada y maleducada. Unos sensatos que descalifican a los insensatos y al revés. Unos que creen que la ciudad es suya, como su casa, y la deben limpiar de la mugre. Otros que piensan que la casa es de todos y unos murales que ensucien no caen mal. Ni siquiera unos guetos urbanos de rojo o de barro, porque de todo hay en la viña del Señor. Esto es una democracia y todos tenemos derecho. Así que, a aguantar.

Esta es, ni más ni menos, la parodia citadina de hoy. La que explotó en el firmamento caleño con el estallido social del 28 de abril, pero que ese día no se inventó porque (pregúntenles a los sociólogos) la inquina ya existía. Probablemente desde ese día se reinventó en sus formas y expresiones, no aguantó la rabia y salió a combatir en el ring de la ciudad de todos a su manera.

El choque de este par de visiones (para algunos gomelos versus ñeros) que no son más que la expresión de una retrógrada lucha de clases en la que un sector de la población excluye y mira feo al otro, cada uno con su propia justificación, creyéndose poseedores de la verdad y del sentido del deber, es el mayor peligro que enfrenta hoy Cali para ser y avanzar. Un desconocimiento de identidad, una descalificación de la pluralidad de su propia ser, que no es exclusivo de unos ni de otros, sino precisamente su conjugación.

Verdades absolutas no hay y sociedades puras tampoco. Este enfrentamiento que se ha empezado a cocinar con ‘pintatones’ entre unos y otros segmentos de ciudad -diferenciados, tal vez por dinero, condición social o ubicación territorial-, no le está haciendo nada bien a Cali. Por el contrario, puede exacerbar una lucha de clases que no resuelve el problema y más bien tiende a agudizarlo porque polariza y, en vez incluir, excluye.

El propósito es otro y es común. Es la ciudad región ampliada que incluye a blancos, mestizos, negros e indígenas, todos los cuales encuentran aquí un espacio común de trabajo y convivencia, que suman potencialidades y tienen la posibilidad de aprovechar oportunidades de desarrollo como pocas regiones en el país. Una cuenca de desarrollo donde cabemos todos, que se asoma optimista al mundo donde el futuro es hoy y las líneas divisorias de raza, clase y territorio son más bien complementos, puntos de convergencia para la creación y las potencialidades.

Es urgente que trascendamos las líneas, la primera y la última línea, para que nos miremos de forma distinta, sin diferencias abominables, sino reconocidos en ellas como los polos que se atraen, a fin de empezar a gestionar una sociedad más amable e incluyente, que se apresta a dar el salto hacia algo mejor. Porque todos queremos lo mismo.

 

CALI24HORAS, julio 8 de 2021

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