Superarse a sí mismo
Por: Luiyith Melo García.
Superarse a sí mismo y, de una vez por todas, hacer añicos el cerco de las propias limitaciones parece ser la misión que le va quedando en esta vida a los hombres y mujeres que hace más de un año venimos atravesando el túnel de la pandemia.
Lo entendimos mejor al zambullirnos en una cuarentena obligada de tres meses que casi nos asfixia, que nos sacudió como un muñeco de trapo y despidió retazos de realidad para todos lados: empleos, empresas, relaciones, amigos, dinero, salud y casi que trapeó el piso con muchos de nosotros.
La vida se nos volvió incierta, como el futuro. El terremoto del coronavirus sacudió los rieles del tren de vida que llevábamos y puso a prueba la templanza del espíritu humano porque se nos volteó el espejo en el que nos veíamos.
De alguna manera esta pandemia que hemos recorrido y de la que ya vemos una luz al final del túnel, no termina de notificarnos que era indispensable hacer un alto en el camino desbocado y fútil que llevábamos para aprender a reconocer el propósito que nos trajo al mundo.
En medio del extravío del consumismo ilusorio y la fugacidad de los placeres, la vida nos está diciendo: su tiempo está avanzado, ya camina por la recta definitiva y el resultado no aparece. ¿Qué va a hacer con el tiempo que le queda?, ¿qué va a hacer con sus cosas, con su realidad, con su vida? Y yo me pregunto si queda el suficiente tiempo para hacer las cosas que no se han hecho durante décadas hasta ahora. Si hay oportunidad, se puede y vale la pena volver a empezar, barajar de nuevo como en la partida de naipes que se lleva perdida. Si volver atrás es la forma de seguir adelante. Si es posible reinventarse realmente, superarse con tanto extravío, limitación y tardanza. Ya muchos, por la fuerza, quedaron en ceros y aún esperan su reactivación.
Tal vez la pandemia ha sido indulgente y nos puso en este espejo ominoso para ver el rostro oculto de la verdad. Tal vez todo esto ocurre como un ejercicio obligatorio de despertar la consciencia para descubrir oportunidades y reelaborar la historia. Para que podamos perdonarnos y pedir perdón. Soltar las ataduras y seguir adelante, remover las piedras y saltar. Saltar sin temor al vacío donde habrá algún piso esperándonos. Saltar a una nueva realidad y terminar los días de mejor manera, pudiendo cuadrar el balance vital para evitar la quiebra. Mejor, saltar bien alto para agarrar el propósito extraviado en el camino y cumplir la meta que debemos cumplir de ser más grandes que nosotros mismos.
Me pregunto si para ello no solo debemos soltar y saltar, sino volver atrás. Volver a lo fundamental. Borrar y contar de nuevo. Volver a caminar con la certeza de la misión que trajimos entre manos, que es la de superarnos a nosotros mismos y trascender. Pero, ¿volver al principio para un nuevo comienzo, sí resultaría oportuno con el camino andado, cuando de lo que se ha tratado todo este ejercicio vital es de derribar limitaciones como una forma de superarse en el intento y disfrutar el esfuerzo mismo como parte de la realización personal?
La respuesta que se me ocurre es la de volver al sentido de la lucha por la superación, partiendo desde adentro; sabiendo que esa victoria interna garantizaría los triunfos que se buscan por fuera, de manera más consistente y sostenible.
Volver -conceptualmente- al principio, que es como retornar a la esencia, con la experiencia de las luchas y las lecciones aprendidas en los triunfos y las derrotas, para continuar -realmente- el camino. Reescribir la historia con mejor letra, de manera más consciente, acatando la liturgia intrínseca que hay en cada acto y lo que va del acierto a la equivocación.
No se trata de ascetismo ni falsos moralismos; de renuncias materiales por el prurito moral. Por el contrario. Tener no implica dejar de ser sencillo o sofisticado, pero sí requiere dejar de ser pedante y vano. Es decir, poseer no debe verse como algo pecaminoso o incompatible con los buenos códigos de conducta si no riñe con la moral y la justicia.
Así que, en esta búsqueda de superación auténtica de los seres humanos, tanto la vida discreta como la provisión generosa son admisibles, no incompatibles y, mejor aún si son el resultado del esfuerzo honesto. Y no resultaría impropio disfrutarlas, siempre que no dañen a otros y observen las leyes de Dios y de los hombres.
Porque ese Dios universal no nos quiere pobres o miserables, tampoco ricos 'per se', sino poderosos y evolucionarios como seres, cada vez mejores. Por eso los talentos y los bienes deben disfrutarse en su justa dimensión y no interferir con el desarrollo espiritual, sino más bien hacer parte de él, así parezca contradictorio.
No
nos queda más que aprender la profunda lección de la pandemia: la misión
fundamental de superarse a sí mismo. De cambiar el mundo con nuestro propio
cambio. De derrotar nuestras propias miserias para alcanzar esa riqueza
proverbial, que es primero del espíritu para que sus conquistas nos den luz,
nos coronen como vencedores frente a las dificultades superadas y nos dejen
disfrutar mejor los esplendores de la vida.
En
realidad, nunca es demasiado
tarde para proponerse un reto interior. Como dijo Mahatma Ghandi: “Vive como si fueras a morir
mañana; aprende como si fueras a vivir toda la vida”.
CALI24HORAS, Agosto 19 de 2021
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